El departamento de Victoria Hale estaba en un tercer piso sin elevador, en una calle ruidosa pero bien ubicada. No era grande ni especialmente bonito, pero tenía algo que ella valoraba por encima de todo: independencia.
Cerró la puerta con el pie, dejó las llaves en el gancho de siempre y caminó directo a la ventana para abrirla apenas. El aire frío de finales de febrero entró de golpe, llevándose el olor a encierro.
—Sobreviví —anunció al aire.
—Milagro —respondió alguien desde la cocina—. Pensé que hoy ibas a asesinar a alguien con una libreta.
Victoria sonrió.
Mia apareció con una taza en la mano, el cabello recogido de cualquier forma y una sudadera demasiado grande. Vivían juntas desde segundo año, lo suficiente como para no necesitar explicaciones largas.
—¿El proyecto? —preguntó Mia.
—Una tragedia anunciada.
—¿Es guapo?
Victoria se quitó la chamarra.
—No estamos hablando de eso.
—Eso es una respuesta.
Victoria abrió el refrigerador.
—Es… irritante.
—Clásico.
—Competitivo.
—Predecible.
—Metódico.
Mia levantó una ceja.
—Eso no suena mal.
Victoria cerró el refrigerador.
—No me gusta.
—Ajá.
Se sentaron en el sofá. La televisión estaba encendida sin sonido, una costumbre que compartían desde siempre. Mia la observó de reojo.
—Nunca te había visto así por alguien del salón.
—No estoy “así”.
—Estás más tensa de lo normal.
—Es el último semestre.
—Siempre es el último semestre —replicó Mia—. ¿Qué tiene él?
Victoria tardó en responder.
—No improvisa.
—¿Y eso te molesta?
—No —dijo—. Me incomoda.
Mia sonrió.
—Te gusta el caos controlado. Él parece… demasiado ordenado.
Victoria no respondió.
Porque en su cabeza apareció la imagen de Ethan acomodando sus cosas en la biblioteca. La forma en que corregía sin alzar la voz. Cómo no intentaba dominar la conversación, pero tampoco ceder.
—Es solo un proyecto —dijo finalmente—. Nada más.
—Claro.
Mia no insistió. Sabía cuándo hacerlo.
Más tarde, Victoria se encerró en su habitación. Era su espacio más personal: escritorio lleno de notas, libros subrayados, una planta que sobrevivía por pura terquedad.
Abrió su laptop.
El documento del proyecto estaba ahí, esperándola.
Leyó lo que habían avanzado juntos. Notó las correcciones de Ethan, limpias, precisas. No invasivas.
Eso le molestó más de lo que debería.
—No tienes derecho a hacerlo tan bien —murmuró.
Cerró el archivo y abrió otro. Uno que no usaba para la universidad.
Escribía ahí cuando necesitaba pensar.
No puso fecha. Nunca lo hacía.
No es arrogante. Es seguro.
Eso no es lo mismo.
Se detuvo.
Borró la línea.
Se recostó en la cama, mirando el techo. Afuera, alguien reía. Un auto pasaba con música alta. El mundo seguía, indiferente.
Su celular vibró.
Mensaje nuevo.
Ethan:
Revisé el enfoque que propusiste. Funciona. Mañana te mando una versión ajustada.
Victoria lo leyó dos veces.
Respondió casi de inmediato.
Victoria:
Bien. No cambies la estructura.
Tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
Ethan:
No lo haré.
Victoria dejó el celular sobre la mesa.
Se giró de lado, cerrando los ojos.
No sentía mariposas.
No sentía emoción.
Sentía algo peor: interés sostenido.
En otro departamento, no tan lejos, Ethan Cole releía el mensaje que acababa de enviar.
Lucas lo observaba desde la puerta.
—Sonríes —dijo.
—No.
—Estás pensando demasiado.
—Es estrategia.
Lucas negó con la cabeza.
—Amigo… eso nunca termina bien.
Ethan cerró el celular.
—Es solo un proyecto.
En dos lugares distintos, ambos pensaron lo mismo.