Victoria odiaba los domingos.
No por pereza ni por melancolía barata, sino porque los domingos tenían memoria. Eran días que pedían balances, llamadas pendientes y visitas que no se podían posponer eternamente.
Por eso estaba frente a la casa de su madre a las once de la mañana, con un café frío en la mano y una expresión cuidadosamente neutra.
—Respira —se dijo—. Solo respira.
La casa seguía igual que siempre. Blanca, ordenada, con el jardín demasiado cuidado para alguien que decía no tener tiempo. Victoria tocó el timbre una sola vez.
—¡Victoria! —la voz llegó antes que la puerta se abriera.
Su madre la abrazó con esa mezcla de orgullo y evaluación constante que nunca había aprendido a separar.
—Estás más delgada.
—Hola, mamá.
—Pasa, pasa. Tu hermana ya llegó.
Eso explicaba la tensión en el ambiente.
En la sala, Clara estaba sentada con las piernas cruzadas, revisando su celular. Levantó la vista y sonrió con naturalidad.
—Hey.
—Hey.
Se abrazaron. Sin rencor. Sin demasiada emoción.
—¿Cómo va la universidad? —preguntó su madre desde la cocina—. ¿Sigues en primeros lugares?
Victoria dejó su bolsa en una silla.
—Sí.
—Sabía que no bajarías el ritmo. Siempre tan constante.
Clara rodó los ojos.
—No todos vivimos para competir, mamá.
—No es competir —respondió Victoria automáticamente—. Es mantener estándares.
El silencio fue inmediato.
Su madre apareció con tres tazas de café.
—Eso lo dices igual que tu padre.
Victoria apretó la mandíbula.
No respondió.
Comieron juntas. Hablaron de cosas pequeñas: trabajo, vecinos, un primo lejano que nadie recordaba bien. Todo correcto. Todo medido.
—¿Y después de graduarte? —preguntó su madre—. ¿Ya decidiste?
—Aún no.
—Deberías aplicar al programa de Boston —intervino Clara—. Te vendría bien salir de aquí.
Victoria la miró.
—No necesito huir.
—Nadie dijo huir.
Pero lo pensaron todas.
Más tarde, cuando Victoria ayudaba a lavar los platos, su madre habló en voz baja.
—Eres muy dura contigo.
—Funciona.
—Funciona hasta que no.
Victoria levantó la vista.
—Estoy bien.
Su madre la observó con esa mirada que conocía demasiado.
—No tienes que demostrar nada todo el tiempo.
Victoria secó un plato con más fuerza de la necesaria.
—Eso no es verdad.
Esa noche, de regreso en su departamento, Victoria se quitó los zapatos y se dejó caer en el sofá.
Mia la miró desde la mesa.
—Familia.
—Familia.
—¿Todo bien?
—Normal.
—Eso no suena bien.
Victoria cerró los ojos un segundo.
—Estoy cansada.
—No del semestre —dijo Mia—. De cargar cosas.
Victoria no respondió.
Su celular vibró.
Ethan:
Avancé en el análisis. Si mañana tienes tiempo, lo vemos.
Victoria escribió:
Después de las cinco.
Envió el mensaje y dejó el celular boca abajo.
No sabía por qué, pero pensar en verlo al día siguiente no le generaba presión.
Le daba… estabilidad.
En otro punto de la ciudad, Ethan estaba sentado a la mesa con su padre.
—¿Sigues obsesionado con las calificaciones? —preguntó el hombre sin dureza, pero sin suavizarlo tampoco.
—No es obsesión.
—Lo era cuando yo tenía tu edad.
Ethan apretó los labios.
—Es mi último semestre.
—Eso dijiste el año pasado con las prácticas.
Silencio.
—Solo no te olvides de vivir —añadió su padre.
Ethan asintió, aunque no estaba seguro de saber cómo se hacía eso.
Más tarde, solo en su habitación, abrió el archivo del proyecto… y luego lo cerró.
Pensó en Victoria.
En cómo sostenía la mirada.
En cómo nunca pedía permiso para ser competente.
Tal vez por eso chocaban.
Tal vez por eso se entendían más de lo que admitirían.