Ethan Cole no recordaba un solo día de su vida sin música.
No como fondo, no como acompañamiento casual, sino como una presencia constante, casi estructural. La música no llenaba silencios: los organizaba.
Esa tarde de domingo, el cielo estaba cubierto y la luz entraba por la ventana de su habitación con un tono apagado, honesto. Ethan se sentó en el borde de la cama, se quitó los tenis y dejó caer la mochila en el suelo. El departamento estaba en silencio. Lucas había salido temprano, algo raro en él.
Ethan agradeció la quietud.
Se levantó, fue directo a su escritorio y abrió el cajón inferior. Ahí estaban los audífonos grandes, viejos, con el acolchado un poco desgastado. No eran bonitos. Eran suyos.
Conectó el cable a la tornamesa pequeña que había heredado de su padre. No era un objeto decorativo. Era funcional, preciso. Como casi todo lo que Ethan conservaba.
Colocó el vinilo con cuidado.
Pink Floyd — The Dark Side of the Moon.
Cuando la aguja tocó el disco, el sonido no fue inmediato. Hubo un segundo de estática suave, como una respiración previa. Luego, el pulso.
Ethan cerró los ojos.
Para él, Pink Floyd no era nostalgia ni pretensión. Era estructura emocional. Capas. Orden dentro del caos. Música que no pedía atención, pero la exigía si decidías escucharla de verdad.
Se recostó en la cama, con las manos cruzadas sobre el pecho.
Pensó en su padre, en las tardes largas cuando era niño, sentado en el suelo mientras aquel sonido llenaba la casa. No hablaban mucho. No hacía falta.
La música era suficiente.
Cuando el lado A terminó, Ethan se levantó para cambiar el disco. Dudó un segundo y luego eligió otro.
Iron Maiden.
El contraste era evidente, pero no contradictorio. Donde Pink Floyd construía atmósferas, Iron Maiden imponía energía.
Precisión. Disciplina envuelta en ruido.
Ethan se sentó en el escritorio y abrió un cuaderno que no usaba para la universidad. No tenía títulos ni fechas. Solo ideas sueltas. Pensamientos que no encajaban en trabajos académicos.
Escribió mientras la música sonaba.
No sabía exactamente qué estaba escribiendo, pero sabía por qué lo hacía. Porque había cosas que no se decían en voz alta. Porque el último semestre lo tenía más consciente del tiempo. Porque había alguien que se le estaba colando en la cabeza sin permiso.
Victoria Hale.
No escribió su nombre.
Pero estaba ahí.
La música cambió otra vez.
Nirvana.
Ethan sonrió apenas. Nirvana le recordaba que no todo tenía que ser perfecto para ser verdadero. Que la imperfección también era una forma de honestidad. Era el sonido que escuchaba cuando estaba cansado de pensar demasiado.
Cuando Lucas volvió, encontró a Ethan sentado en el suelo, con la espalda contra la cama, los audífonos puestos y la mirada perdida.
—¿Estamos en modo introspectivo o existencial? —preguntó.
Ethan se quitó un audífono.
—Ambos.
—Clásico.
Lucas se dejó caer en la silla.
—¿Qué escuchas?
—Metallica.
—Ah —dijo Lucas—. Entras en fase reflexiva seria.
Ethan no respondió. Nothing Else Matters llenaba el espacio entre ellos.
—Te cambia el humor —continuó Lucas—. Cuando escuchas esto, te vuelves… menos insoportable.
—Gracias.
—Es un cumplido.
Lucas lo observó con atención.
—¿Ella sabe esto?
Ethan frunció el ceño.
—¿Saber qué?
—Que no eres solo el tipo que corrige trabajos y llega temprano.
Ethan volvió a ponerse el audífono.
—No es relevante.
—Claro que lo es —insistió Lucas—. La música dice cosas que tú no dices.
Ethan no contestó.
Pero algo en esa frase se quedó resonando.
Más tarde, esa misma noche, Victoria estaba sentada en su escritorio, revisando notas del proyecto. El documento avanzaba bien. Demasiado bien para dos personas que se suponía no se soportaban.
Su celular vibró.
Mensaje nuevo.
Ethan:
Pregunta fuera del proyecto.
Victoria levantó una ceja.
Victoria:
Eso suena peligroso.
Pasaron unos segundos.
Ethan:
¿Escuchas música cuando estudias?
Victoria se quedó mirando la pantalla.
No era lo que esperaba.
Victoria:
A veces. Depende.
Los tres puntos aparecieron.
Ethan:
¿Qué tipo?
Victoria pensó un momento antes de responder.
Victoria:
Nada que distraiga.
Ethan sonrió, solo un poco, en su habitación.
Ethan:
Yo necesito justo lo contrario.
Victoria leyó el mensaje dos veces.
No preguntó más.
Pero esa noche, mientras intentaba concentrarse, abrió una lista de reproducción que no usaba desde hacía tiempo.
La música empezó.
Y sin entender muy bien por qué, pensó en él.
En cómo alguien podía parecer tan controlado y, al mismo tiempo, necesitar tanto ruido para mantenerse en equilibrio.
El semestre avanzaba.
Los trabajos se acumulaban.
Las fechas se acercaban.
Y entre libros, familias, noches largas y canciones que decían más de lo que ambos admitirían, la distancia entre ellos comenzaba a cambiar de forma.