La universidad olía distinto cuando se acercaba San Valentín.
No era algo tangible, pero estaba ahí: en los puestos improvisados con flores ridículamente caras, en los globos rojos atados a mochilas ajenas, en los anuncios pegados con cinta que prometían serenatas anónimas y cartas “secretas” que nunca lo eran.
Ethan Cole odiaba esa semana.
No por cinismo romántico ni por trauma oculto, sino porque la encontraba profundamente ineficiente. Una festividad diseñada para forzar emociones en fechas límite. Nada auténtico podía surgir bajo presión.
Caminaba por el campus con los audífonos puestos —Metallica, volumen moderado— esquivando parejas que parecían actuar para un público invisible. Lucas iba a su lado, con una sonrisa divertida.
—¿Sabías que mañana venden rosas a diez dólares? —dijo—. Diez. Por algo que se muere en tres días.
—Capitalismo emocional —respondió Ethan sin quitarse los audífonos.
—Exacto. Me encanta.
Al doblar hacia el edificio principal, vio a Victoria.
Estaba sentada en las escaleras, revisando algo en su tablet, completamente ajena al caos decorado de corazones alrededor. Vestía un suéter oscuro, jeans y esa expresión concentrada que parecía blindarla del mundo.
Ethan se quitó un audífono.
Lucas siguió su mirada.
—¿Vas a saludar o vas a fingir que no existe hasta graduarte?
—No finjo —respondió Ethan—. Prioritizo.
Victoria levantó la vista justo en ese momento.
Lo vio.
No sonrió. No desvió la mirada.
Solo levantó una ceja, como si reconociera su presencia y la archivara mentalmente.
—Hola —dijo cuando se acercaron.
—Hola —respondió Ethan.
Lucas levantó la mano.
—Yo soy el alivio cómico.
—Lo sé —dijo Victoria—. Ya me lo demostraste.
Lucas se llevó la mano al pecho.
—Me hieres.
—Llegan tarde —dijo Ethan mirando el reloj.
—Faltan cinco minutos —replicó Victoria—. Wolfe llega tarde por principio.
—Por incompetencia —corrigió Lucas.
Entraron al aula justo cuando el profesor Wolfe dejaba su café sobre el escritorio. Hombre de mediana edad, camisa arrugada, humor cuestionable y una satisfacción casi infantil por incomodar a sus alumnos.
—Ah, mis víctimas favoritas —anunció—. Llegaron justo a tiempo para sufrir.
Ethan tomó asiento. Victoria se sentó dos filas adelante.
—Antes de empezar —continuó Wolfe—, necesito decir algo importante.
La clase se tensó.
—Odio San Valentín.
Un murmullo recorrió el aula.
—No porque esté solo —aclaró—. Estoy felizmente casado. Lo odio porque es una convención social absurda que romantiza la procrastinación emocional.
Victoria bajó la mirada, intentando no sonreír.
—Si necesitan una fecha específica para demostrar afecto —añadió Wolfe—, probablemente no lo están haciendo bien el resto del año.
Lucas levantó la mano.
—¿Eso significa que podemos faltar el viernes?
—No —respondió Wolfe—. El amor no justifica la mediocridad académica.
Ethan soltó una risa breve antes de poder evitarlo.
Victoria volteó apenas la cabeza.
Lo vio.
Y esta vez, sí sonrió.
Wolfe comenzó la clase hablando de teorías organizacionales, pero cada ejemplo terminaba, inevitablemente, en analogías románticas desastrosas.
—Una mala relación es como una mala estructura jerárquica —explicaba—. Mucho poder concentrado, poca comunicación y todos acaban resentidos.
—Eso explica a mis ex —murmuró alguien atrás.
—Lo escuché —dijo Wolfe—. Y lo lamento.
La clase avanzaba, pero Ethan notaba cosas que no había notado antes. Cómo Victoria tomaba notas rápidas, precisas. Cómo subrayaba solo lo esencial. Cómo levantaba la vista justo cuando Wolfe hacía una pausa significativa.
En un momento, Wolfe los señaló directamente.
—Cole. Hale. Nuestro dúo dinámico.
Ambos alzaron la vista.
—Su proyecto va bien —continuó—. Demasiado bien para dos personas que claramente se toleran apenas.
Silencio.
—Eso es profesionalismo —dijo Victoria.
—Eso es tensión —replicó Wolfe—. Y la tensión vende. No la desperdicien.
Lucas se inclinó hacia Ethan.
—Este tipo debería escribir novelas.
—O jubilarse —susurró Ethan.
Wolfe siguió hablando.
—Recuerden algo —dijo al final—. El conflicto no es el enemigo. La falta de honestidad sí.
La clase terminó entre risas nerviosas y comentarios sueltos.
Al salir, el pasillo estaba aún más lleno. Más flores. Más corazones. Más ruido.
—Qué día tan ridículo —dijo Victoria mientras caminaban juntos hacia la salida.
—Coincido —respondió Ethan—. Todo parece una actuación.
—No todo —replicó ella—. A algunas personas les gusta.
—¿A ti?
Victoria pensó un segundo.
—No especialmente.
Ethan asintió.
—Tiene sentido.
Se detuvieron cerca de las escaleras.
—Mañana —dijo ella—. Biblioteca. Cinco en punto.
—Estaré ahí.
—No traigas comentarios sarcásticos sobre el amor.
—No prometo nada.
Victoria lo miró.
—Ethan.
—Está bien —sonrió apenas—. Haré un esfuerzo.
Ella negó con la cabeza y se fue.
Ethan se quedó mirando cómo se alejaba entre globos rojos y parejas exageradamente felices.
No sentía celos.
No sentía deseo.
Pero sí una curiosidad persistente.
Dos días antes de San Valentín, no sabía que esa fecha iba a significar algo distinto este año.
No por romance.
Sino porque, por primera vez, el conflicto no se sentía como una barrera…
sino como una conversación pendiente.