Lucas estaba nervioso.
Eso, por sí solo, ya era un acontecimiento digno de mención.
Caminaba de un lado a otro frente a la cafetería de la universidad, celular en mano, revisando el perfil de Tinder como si fuera un documento legal a punto de firmarse. Ethan lo observaba desde una banca cercana, con el café intacto entre las manos.
—No entiendo —dijo Ethan finalmente—. Si estás tan inseguro, ¿por qué aceptaste la cita?
Lucas levantó la vista, dramático.
—Porque soy valiente.
—No —corrigió Ethan—. Porque eres impulsivo.
—Eso también —admitió—. Pero escucha esto.
Se dejó caer a su lado y le mostró la pantalla.
—Se llama Ava. Va en la universidad. Dice que estudia comunicación. Le gusta el cine indie y odia el chocolate de menta.
—Eso último no prueba nada —dijo Ethan.
—Claro que sí. Nadie finge odiar el chocolate de menta.
Ethan tomó un sorbo de café.
—¿La has visto en persona?
—No.
—¿Video llamada?
—No.
—¿Redes sociales reales?
Lucas dudó apenas un segundo.
—Tiene Instagram.
—¿Activo?
—Más o menos.
—Lucas.
—¡Mira! —interrumpió—. Existe una posibilidad real de que sea un señor de cuarenta años.
Ethan se atragantó un poco.
—¿Por qué dices eso con tanta calma?
—Porque ya lo procesé —respondió—. Puede ser un señor divorciado, con barba rara, que usa fotos de cuando tenía veinticinco.
—¿Y aun así vas a ir?
—Mañana es San Valentín —dijo Lucas—. El día perfecto para descubrir traumas nuevos.
Ethan negó con la cabeza.
—No entiendo tu lógica.
—Eso es porque tú necesitas garantías para respirar.
Antes de que Ethan respondiera, los altavoces del campus emitieron un leve pitido. La mayoría de los estudiantes se detuvo con fastidio automático.
—Atención, comunidad de St. Rowland University —anunció una voz firme—. Les habla el director Thompson.
Lucas rodó los ojos.
—Siempre aparece cuando estoy teniendo una crisis existencial.
Ethan se enderezó un poco.
—Les recordamos que mañana, catorce de febrero, se celebrarán las actividades correspondientes al Día de San Valentín —continuó el director—. A partir de las nueve de la mañana, el patio principal contará con eventos organizados por el consejo estudiantil.
Un grupo de estudiantes aplaudió. Otro grupo gimió.
—Habrá música en vivo, intercambio de cartas anónimas, dinámicas recreativas y, por la noche, el tradicional baile temático en el auditorio —añadió—. La asistencia es voluntaria, pero altamente recomendada para fomentar la convivencia universitaria.
—Eso sonó a amenaza pasiva —murmuró Lucas.
—Recordamos —prosiguió Thompson— que las clases se mantienen con normalidad. El romance no exime del cumplimiento académico.
Ethan casi sonrió.
—Y finalmente —cerró—, disfruten el día con respeto, responsabilidad y sentido común. Nos vemos mañana.
El murmullo regresó como una ola.
—¿Vas a ir al baile? —preguntó Lucas de inmediato.
—No.
—Ni a los eventos.
—No.
—¿Nada relacionado con San Valentín?
—Trabajo.
Lucas lo miró con atención.
—¿Con quién?
—Con nadie.
Lucas sonrió de lado.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada —respondió—. Solo que tu “nadie” últimamente tiene nombre y apellido.
Ethan frunció el ceño.
—No empieces.
—Solo digo —continuó Lucas—. Tú evitas cosas cuando empiezan a importarte.
Ethan se levantó de la banca.
—Mañana tienes una cita con una desconocida que podría ser un señor de cuarenta años y ¿te preocupa mi agenda?
—Porque mi desastre es probable —respondió Lucas—. El tuyo es silencioso.
Caminaron hacia el edificio de derecho. Carteles de San Valentín cubrían las paredes. Corazones de papel. Frases cursis. Promesas exageradas.
—¿Dónde es la cita? —preguntó Ethan, resignado.
—Café cerca del campus. Público. Iluminado. Con salida de emergencia —enumeró Lucas—. Si no regreso en dos horas, llamas a la policía.
—¿Y si regresas con trauma?
—Eso es parte de crecer.
Antes de separarse, Lucas se detuvo.
—Oye.
Ethan lo miró.
—Si resulta ser increíble… —sonrió— …te voy a odiar un poco por no creer en la magia.
—Y si resulta ser un señor de cuarenta años —replicó Ethan—, te voy a decir “te lo dije”.
—Trato hecho.
Se separaron.
Ethan subió las escaleras rumbo a su clase siguiente. Pensó en el proyecto. En la biblioteca. En Victoria.
No pensaba en San Valentín.
Eso se dijo.
Pero cuando vio el auditorio decorado a lo lejos y escuchó risas nerviosas, algo se acomodó incómodamente en su pecho.
No era deseo.
No era celos.
Era la sensación de que mañana no iba a ser un día cualquiera.
Y que, le gustara o no, el caos ya estaba en marcha.