San Valentín amaneció con un cielo insultantemente despejado.
La universidad estaba decorada como si alguien hubiera decidido atacar emocionalmente a todos los solteros: globos rojos, corazones de papel, listones rosados colgando de barandales que nadie había pedido. Había una energía incómoda en el aire, una mezcla de azúcar, expectativas y resentimiento.
Ethan lo odiaba.
No porque fuera amargado —no del todo—, sino porque ese tipo de días hacían ruido innecesario. Y el ruido lo ponía de mal humor.
Victoria, en cambio, caminaba por el campus con la mandíbula apretada.
No odiaba San Valentín.
Odiaba lo que representaba este San Valentín.
Era el último semestre. El tiempo se sentía encima. Y encima de todo eso, el proyecto final de la materia de Wolfe —el más importante del año— seguía sin una dirección clara.
Y el culpable, según ella, tenía nombre y apellido.
Ethan Hale.
El aula estaba medio llena cuando Victoria llegó. Wolfe aún no aparecía, pero Ethan ya estaba sentado en su lugar de siempre: última fila, brazos cruzados, audífonos colgando del cuello, expresión de “esto no me importa, pero sí”.
Victoria dejó su mochila sobre la mesa de golpe.
—Tenemos que hablar —dijo, sin rodeos.
Ethan levantó la vista, sorprendido solo por el tono.
—Buenos días también.
—No te hagas el simpático —replicó ella—. El proyecto no está avanzando.
—Sí está avanzando.
—No como debería.
—Según tú.
Victoria apretó los labios.
—No es “según yo”. Es según los criterios de Wolfe. Y si seguimos así, vamos a reprobar.
Ethan soltó una risa breve, incrédula.
—Relájate. No todo tiene que ser perfecto.
—Claro que no —respondió ella—. Pero tampoco puede ser mediocre.
Ahí estuvo el primer choque real.
Ethan se inclinó hacia adelante.
—¿Mediocre? ¿Eso crees que estoy haciendo?
—Creo que no te lo estás tomando en serio.
—Eso es mentira.
—No vienes a las reuniones preparado.
—Porque no me gusta planear todo como si fuera una boda.
Victoria lo miró con frialdad.
—No sabía que comprometerse con algo fuera un problema para ti.
Silencio.
Ethan sostuvo su mirada.
—Cuidado con lo que dices.
—¿Por qué? —retó ella—. ¿Te incomoda que alguien espere algo de ti?
Ethan se levantó.
—Me incomoda que creas que eres la única que se esfuerza.
Varias cabezas se giraron. El murmullo comenzó.
Victoria también se puso de pie.
—Yo no creo eso. Pero alguien tiene que tomar esto en serio, y claramente no eres tú.
—¿Y quién te nombró líder?
—Nadie —respondió ella—. Pero alguien tiene que hacer el trabajo.
Ethan soltó una risa amarga.
—Ah, claro. Victoria Morales, salvadora de proyectos ajenos.
Ella dio un paso hacia él.
—No es ajeno. Es nuestro.
—Pues no lo parece —replicó Ethan—. Todo lo decides tú.
—Porque tú no decides nada.
Wolfe entró justo en ese momento.
—Wow —dijo, mirando la escena—. ¿Interrumpo una ruptura o un asesinato?
Risas nerviosas.
—Si es lo segundo, esperen al final de la clase, que hoy es San Valentín y no quiero papeleo.
Victoria se sentó. Ethan también. Pero el daño ya estaba hecho.
Durante la clase, no se miraron.
Wolfe habló de fechas de entrega, de romanticismo comercial, de cómo San Valentín era “una conspiración capitalista con flores”. Ethan no escuchó nada. Victoria tampoco.
Cuando la clase terminó, ella guardó sus cosas rápidamente.
—Victoria —la llamó Ethan.
Ella se detuvo, pero no se giró.
—No quiero trabajar así —dijo él—. Si vamos a hacer esto, no puede ser una guerra.
Ella finalmente lo miró.
—Entonces empieza por tomártelo en serio.
—Eso hago.
—No lo suficiente.
Ethan respiró hondo.
—¿Sabes qué? Hazlo tú sola.
—Perfecto —respondió ella—. Así no tengo que cargar contigo.
Se alejaron en direcciones opuestas.
Pero ninguno se sintió victorioso.
Porque debajo del enojo había algo más peligroso:
frustración.
orgullo herido.
una atención constante al otro.
Y sin saberlo, acababan de encender la chispa correcta.
No amor.
Pero sí el conflicto que lo haría inevitable.