Honor Roll

Territorio enemigo

La orden de Wolfe llegó demasiado temprano para un día que ya estaba condenado a ser pesado.

Victoria la leyó mientras caminaba hacia la universidad, esquivando parejas tomadas de la mano y restos de decoración de San Valentín que nadie se había molestado en quitar.

El mensaje era corto, pero el subtexto gritaba castigo.

“Reunión presencial obligatoria fuera del campus.
Sin bibliotecas. Sin cafeterías.
Lugar a elección de la pareja.
Hoy. 6:00 p.m.”

Victoria apretó el celular.

—Genial —murmuró—. Justo lo que necesitaba.
No iba a darle el gusto a Ethan de elegir el lugar.
Y, sin embargo, cuando él escribió más tarde:

Ethan: “Puede ser en mi casa. Es lo más práctico.”

Victoria dudó apenas unos segundos antes de responder.

Victoria: “Está bien.”

No porque quisiera.

Sino porque negarse habría sido admitir que le afectaba.

Ethan limpió antes de que ella llegara.

No una limpieza profunda, obsesiva. Solo lo suficiente para que el espacio no gritara caos universitario. Guardó ropa que no debía verse, acomodó los libros, empujó con el pie una mochila fuera de la vista.

Se detuvo frente a la guitarra.

Pensó en guardarla.
Decidió no hacerlo.

Cuando el timbre sonó, respiró hondo antes de abrir.
Victoria estaba ahí, con el cabello recogido de forma descuidada, mochila al hombro y una expresión que no era hostil… pero tampoco cómoda.

—Hola —dijo.

—Hola.

Silencio.

—Pasa —añadió él, haciéndose a un lado.

Victoria cruzó el umbral con cautela, como si el lugar pudiera atacarla en cualquier momento. Sus ojos recorrieron la sala: el sofá gastado, la mesa con marcas de uso, los discos apilados sin orden aparente.

No era lo que había imaginado.
Y eso la desconcertó.

—Está… —buscó la palabra—. Bien.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te emociones.

Dejaron las mochilas cerca del comedor. La mesa era lo suficientemente grande para que no tuvieran que estar cerca, y ambos lo agradecieron.

—Propongo algo —dijo Victoria, abriendo su laptop—. Dos horas de trabajo real. Sin comentarios innecesarios.

—Acepto —respondió Ethan—. Sin sarcasmo.

—Eso sí es pedir demasiado.

Él sonrió apenas.

Trabajaron.

De verdad trabajaron.

Ideas iban y venían. A veces chocaban, a veces encajaban mejor de lo que cualquiera de los dos habría admitido.

Victoria tomaba notas rápidas; Ethan pensaba en voz alta, caminando alrededor de la mesa.

—Eso podría funcionar —admitió ella en un momento.

Ethan la miró, sorprendido.

—¿Me acabas de dar la razón?

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Pasó casi una hora sin que se dieran cuenta.

El ambiente ya no era hostil, pero seguía siendo tenso. No de enojo. De conciencia constante del otro. De miradas que se cruzaban sin querer. De silencios que no incomodaban… pero tampoco relajaban.

—¿Siempre trabajas así? —preguntó Victoria de pronto.

—¿Así cómo?

—Caminando. Pensando en voz alta.

—Sí —respondió él—. Si me quedo quieto, me distraigo.

—Curioso.

—¿Por qué?

—Porque pareces alguien que no se esfuerza.

Ethan se detuvo.

—¿Y ahora?

—Ahora pareces alguien que no sabe cuándo parar.

No fue un insulto.
Fue una observación.

Ethan se sentó.

—Supongo que es más fácil parecer desinteresado que explicar por qué algo importa.

Victoria cerró su laptop lentamente.

—Eso… lo entiendo más de lo que crees.

Se quedaron en silencio.
No incómodo.
Denso.

—¿Quieres agua? —preguntó Ethan al cabo de un momento.

—Sí.

Mientras él iba a la cocina, Victoria se levantó y caminó por la sala. Se detuvo frente a la guitarra otra vez. Pasó los dedos por las cuerdas sin tocarlas realmente.

—¿Desde cuándo tocas? —preguntó.

—Desde antes de saber qué hacer con mi vida —respondió él desde la cocina—. O sea, hace mucho.

Ella sonrió.

—Eso explica varias cosas.

—¿Qué cosas?

—Que no todo en ti sea caos.

Ethan volvió con los vasos.

—No le digas a nadie. Arruinaría mi reputación.

Se sentaron otra vez. Avanzaron un poco más en el proyecto, pero el ritmo ya era distinto. Más lento. Más humano.
Cuando Victoria se levantó para irse, el sobre cayó de su mochila.

El sonido fue mínimo.

Pero suficiente.
Ethan lo vio.

Ella también supo que él lo había visto.
Victoria lo recogió de inmediato.

—No digas nada —pidió.

—No iba a hacerlo.

Ella dudó.

—Son cartas —dijo, como si necesitara aclararlo—. No sé quién las manda.

—¿Te molestan?

Victoria apretó el sobre.

—Me recuerdan cosas que creí superadas.

Ethan asintió.

—Entonces… lo siento.

Victoria lo miró, sorprendida por la sinceridad.

—Gracias.

Se dirigió a la puerta.

—Ethan.

—¿Sí?

—Hoy no fue un desastre.

Él sonrió.

—Todavía queda semestre.

Ella negó con la cabeza y salió.

La casa quedó en silencio otra vez.
Pero ya no era el mismo.




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