Valeria llegó a Cuarta Pared a las 8:07, cincuenta y tres minutos antes de lo que exigía su contrato y siete minutos después de lo que exigía su conciencia.
La agencia ocupaba el piso once de una torre de la colonia Juárez, con vista a un parque y a otra torre idéntica en la que, presumiblemente, otra gente se quejaba de lo mismo. Las paredes de los pasillos estaban cubiertas de pósteres de películas, la mitad de las cuales Valeria conocía por haberles hecho la campaña, y la otra mitad por haberles hecho la competencia.
Avanzó por el pasillo central con el pantalón sastre de lino, la camisa blanca, el chaleco gris marengo y los zapatos chunky, que sonaban sobre el piso con un ruido de decisión. Era la única persona de todo el piso capaz de usar chaleco sin parecer disfrazada de banquero.
—Buenos días, Vale.
—Buenos días, Memo. ¿Cómo salió lo de tu mamá?
—Bien, ya la dieron de alta.
—Qué alivio. Mándale un abrazo.
—Buenos días, Vale.
—Buenos días, Karen. Te cambié la fecha del brief, ya está en el calendario.
Era algo que la gente notaba aunque no lo dijera: Valeria se acordaba de todo, y todo lo decía en voz alta. No era amabilidad, o no solo. Era, según ella misma, un sistema. Una persona que recuerda una mamá hospitalizada, la fecha de un brief y el nombre de un perro tiene a su favor, en cualquier negociación, una enorme ventaja de capital humano. Que además le cayera genuinamente bien la gente era un efecto secundario, que prefería no analizar.
En su escritorio la esperaban un americano sin azúcar, humeando a la temperatura exacta en que ella dejaba de quejarse, y una nota adhesiva con letra de molde: Éxito hoy. —Pau.
Pau era su analista, veinticuatro años, ojos enormes y una devoción por Valeria que rozaba la fe. Se asomó por encima del separador con cara de haber dormido cuatro horas.
—¿Ya lo repasaste?
—Tres veces.
—¿Y cómo vas?
—Voy en la cuarta.
Valeria colocó sobre el escritorio sus tres únicas posesiones de trabajo: la laptop, un cuaderno de tapa dura y un vaso con tres plumas. Azul para los datos. Verde para las ideas. Roja para lo que no podía fallar. Esa mañana, el cuaderno tenía más rojo que de costumbre.
* * *
A las 9:30 tenía junta con el canal.
Salvador Ibarra, director de adquisiciones, llevaba tres semanas intentando recortar en un treinta por ciento el presupuesto de lanzamiento de La casa del acantilado, una película con un elenco excelente, una historia que a Valeria le había dolido en el lugar correcto y una campaña de estreno que había armado, pieza por pieza, durante dos meses de noches largas. Un treinta por ciento no era un ajuste. Era una amputación con buenos modales.
Antes de entrar, se encerró veinte minutos en la sala de juntas vacía, la que se llamaba Cuarón por una originalidad discutible, y ensayó frente a la pared de cristal. Sin notas. Sin diapositivas. Solo ella y su reflejo.
—Salvador, antes de hablar de números, quiero hablar de riesgo.
Se detuvo. Frunció el ceño.
—Salvador, antes de hablar de números, quiero hablar de oportunidades perdidas.
Lo repitió tres veces. La tercera sonó mejor, porque era más cara. Se anotó en el cuaderno, con la pluma roja, una sola palabra: Pausa.
Esteban asomó la cabeza por la puerta.
Esteban Rivas, gerente de cuenta senior, camisa de lino carísima y sonrisa de contrato, tenía el aspecto de alguien a quien le hubieran explicado el éxito en una cena y hubiera decidido adoptarlo.
—¿Lista para que Salvador te haga pedazos?
—Ya lo intentó en septiembre. Le salió caro.
—Hay quien dice que es rencoroso.
—Hay quien dice muchas cosas, Esteban. Por eso existen los números.
Él sonrió, se acomodó el puño de la camisa y se quedó un segundo más de lo necesario en el marco de la puerta. Valeria lo vio ir hacia la zona de los asociados con una calma de quien camina por su casa. Este año solo había una plaza de asociado, y todos en el piso once lo sabían, aunque nadie lo decía en voz alta.
—Dicen que Lorena lo decide en diciembre —susurró Pau desde la puerta, con las dos manos pegadas al pecho.
—No dicen nada. Respira.
—Estoy respirando.
—Respira más despacio.
A las 9:28, Valeria se puso de pie, se alisó el chaleco y levantó la barbilla un centímetro. Era un gesto que no sabía que hacía. Pau, que sí lo sabía, lo llamaba "el ascensor": el momento en que Valeria subía de piso.
* * *
Salvador Ibarra entró en la sala acompañado por dos asistentes, un café de tamaño industrial y una expresión de quien ya ganó. Tenía cincuenta y tantos años, el pelo gris cuidadosamente descuidado y una voz que había aprendido a hacerse escuchar sin elevarse.
—Valeria. Qué gusto.
—Salvador. Gracias por venir en persona.