Horas suspendidas

El archivo adjunto

Valeria abrió los ojos a las 3:51, nueve minutos antes de la primera alarma, y esta vez no hubo ni un segundo de desorientación.

Techo blanco. Cortina gris. El zumbido del refrigerador al otro lado de la pared. Su casa, su cama, su ciudad. Se quedó mirando el techo con una especie de gratitud ridícula, como quien vuelve a tener su propio idioma después de una semana de gestos.

—Ciudad de México. Jueves. Vuelo a Guadalajara a las 6:50. —Se sentó en la cama—. Habitación: la mía.

Nadie le contestó, pero lo dijo igual. Los rituales no se cancelan nada más porque ya no hacen falta.

Se bañó en seis minutos, se secó el pelo en cuatro y se hizo la coleta con la precisión de quien arma una bomba de utilería. Después fue hasta el clóset, donde la ropa del día colgaba de una sola percha, planchada desde la noche anterior, esperándola como un uniforme.

Había tardado cuarenta minutos en decidirla. No era un conjunto que se escogiera rápido, y menos para una reunión en la que había que verse seria, competente y con una ligera amenaza de elegancia. Todo había pasado por la plancha y por tres rondas de revisión crítica, y colgaba de una sola percha, en orden de aparición.

Se vistió. Se puso las gafas, el reloj en la muñeca izquierda y, al final, los tenis.

La razón de su existencia era estrictamente práctica: vuelo a las seis y media, cuarenta minutos de caminata entre terminal y terminal si algo salía mal, y una reunión de la que ella pensaba salir caminando, no cojeando. Los zapatos de tacón iban en la mochila, en su bolsa de tela, como plan B. Se los pondría en el baño del aeropuerto, en Guadalajara, antes de llegar. Siempre se los ponía en el baño.

Se miró en el espejo del pasillo, de arriba abajo, con ojo de editora.

—Contraste —se dijo—. Es contraste. Es una decisión estética.

Le gustó. No lo iba a admitir en voz alta, pero le gustó.

Revisó la mochila (la laptop, el cargador, el otro cargador, el proyector portátil, el itinerario subrayado en tres colores, las gafas de repuesto, el cuaderno de los tres rojos, dos verdes y un azul) y, al final, la agenda. La metió en el compartimento de enfrente, el que se cerraba con un solo cierre, y no la volvió a abrir.

Se subió al taxi. Dijo "Aeropuerto, Terminal 1" con una seguridad total, y fue en el semáforo de Reforma, a las 5:02, cuando pensó que lo único que le faltaba para sentirse una mujer completamente en control era abrir el adjunto del correo.

Lo hizo en la sala de espera, a las 6:05, con un café en una mano y el teléfono en la otra.

* * *

La puerta de abordaje era la 14. El cielo de la Ciudad de México, afuera de los ventanales, estaba despejado como si nunca hubiera tenido la menor intención de causar problemas, y Valeria, que lo miraba de reojo, pensó que el universo no tenía derecho a ser tan diáfano a esa hora.

Abrió el correo de Lorena. Ahí estaba el itinerario, la lista de contactos y el archivo adjunto: Ficha de producción – Todo lo que no dijimos.pdf.

Lo abrió.

Tres páginas. Sinopsis, reparto, equipo técnico. En la segunda, un recuadro con la información de la casa productora: Casa Montalvo. Guadalajara, Jalisco. Fundada en 1989 por Augusto Montalvo. En el tercer renglón, bajo Productor, un nombre que no le dijo nada, y luego, bajo Productor ejecutivo del proyecto, otro.

Daniel Montalvo.

Valeria se quedó muy quieta.

Había millones de Daniels en el mundo, razonó. Era un nombre común. Un nombre de tío, de contador, de primo de alguien. Siguió bajando por la página con el pulgar, con la actitud de quien busca una excusa en el último párrafo de un contrato. En la tercera página, abajo a la derecha, había una foto pequeña de cuatro por cinco, de esas que se ponen en los dossiers de prensa.

Cabello castaño, ondulado. Sonrisa discreta, aprendida.

Ojos verde olivo.

—No —dijo en voz alta.

Un señor sentado dos asientos más allá levantó los ojos del periódico. Valeria le sonrió con todos los dientes, como si hubiera dicho "no" a una conversación en su cabeza y no a un hombre real, y bajó el teléfono hasta el regazo, con la pantalla hacia abajo.

Y entonces hizo lo que hace cualquier gerente de cuenta con un cliente nuevo, que es lo que habría hecho de todos modos: buscarlo.

Escribió Daniel Montalvo productor y el buscador le devolvió, en tres décimas de segundo, todo lo que el aeropuerto no le había dado. Una entrevista en una revista de cine. Una nota sobre el premio del festival. Un perfil en el que lo describían como "el hijo discreto de la dinastía Montalvo". Y, en la quinta fila de imágenes, una fotografía de una alfombra roja: él de traje oscuro, con la sonrisa aprendida, y a su lado una mujer que le rodeaba la cintura con un brazo y que no miraba a la cámara. Lo miraba a él, riéndose de algo que acababa de decir. El pie de foto empezaba con Daniel Montalvo y su esposa.

Valeria no leyó el nombre.

No supo por qué. Fue un reflejo, como retirar la mano de un hornillo. Ponerle nombre a la mujer de la foto la volvería una persona, y una persona era más difícil de ignorar que un pie de foto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.