Horas suspendidas

Función privada

El hotel Jacaranda era una casona colonial del siglo XIX convertida en cinco estrellas, con zaguán de madera tallada, un patio con fuente de cantera y un vestíbulo que olía a flores frescas y a dinero antiguo.

—Bienvenida, licenciada Valeria —dijo la recepcionista, con una sonrisa perfecta—. La habitación 207, en el segundo piso, con vista al patio. Su equipaje ya… —Miró la mochila—. Ah. Con gusto la acompañamos.

—Yo la llevo. Gracias. —Valeria hizo una pausa—. ¿Hay jacaranda? Por el nombre.

—Una de ciento veinte años, en el patio. No florea hasta marzo, pero es muy puntual.

—Qué disciplina.

—Es tapatía —dijo la recepcionista, como si eso lo explicara todo—. Desayuno de siete a once. Que descanse.

Valeria subió por una escalera de piedra, con la mochila al hombro y el paso firme de siempre. La habitación 207 era amplia, de paredes claras y techos altos, con una cama enorme de sábanas blancas, un escritorio de madera, un sillón junto a un ventanal con vista al patio y un silencio de hotel caro. Dejó la mochila sobre la silla, se sentó en la orilla de la cama y, durante un momento muy corto, se quedó mirando la pared, que no le dijo nada.

—Guadalajara. Jueves. Habitación 207.

Se sintió ridícula, pero sirvió.

A las cuatro y diez de la tarde le llegó un mensaje de un número desconocido. Buenas tardes, licenciada. Soy Mariana, de Casa Montalvo. Es costumbre de la casa cenar con quienes vienen de fuera. Don Daniel pregunta si le gustaría acompañarnos esta noche. Somos pocos y es informal. ¿A las ocho?

Valeria leyó el mensaje tres veces. La primera, con alivio. La segunda, con desconfianza. La tercera, con la cara de quien trata de encontrar la trampa en una oferta que dice "gratis".

Es una cena de trabajo, se dijo. Con Mariana. Y el equipo. Y es costumbre de la casa.

Contestó: Con gusto. Ahí estaré. Y se echó a la cama, boca arriba, con el teléfono sobre el pecho, a mirar el techo alto y blanco, que era demasiado bonito para pensar en algo tan poco bonito como una trampa.

A las siete y media estaba lista. Se había lavado la cara, se había retocado el labial y se había peleado diez minutos con la idea de cambiarse de ropa. No había nada más en la mochila: un pantalón de repuesto, una camiseta de dormir, el cargador y el otro cargador. Se miró en el espejo del baño.

—Qué más da —le dijo al espejo—. Ya se vio todo.

Pero al decirlo, algo muy pequeño se le encogió en el pecho, y prefirió no averiguar qué.

* * *

El restaurante ocupaba la planta baja de una casona del siglo XIX, en la colonia Americana, con un patio de cantera, velas en cada mesa, mantelería blanca, meseros de saco y una carta corta, de las que presumen de saber lo que hacen. Entre dos platos de nombre largo, en letra pequeña, decía: Carne en su jugo, receta de la casa. Olía a cilantro, a tocino y a madera vieja. En una mesa del fondo, junto a un ventanal que daba al patio, ya estaban Daniel y Mariana.

Daniel se puso de pie en cuanto la vio, con un movimiento tan rápido que el vaso de agua se tambaleó, y ella tuvo el buen juicio de no mirar el vaso.

—Licenciada.

—Señor Montalvo.

—Daniel.

—Señor Montalvo está mejor delante de Mariana.

—Ah, no se preocupe por mí —dijo Mariana, con la serenidad de una mujer que ha visto cosas peores—. Yo ni oigo ni veo. Es parte del contrato.

Se sentaron. Valeria quedó frente a Daniel; Mariana, a un lado. La cuarta silla se quedó vacía, con un letrero invisible que decía Rodrigo.

—Mi hermano no va a poder venir —dijo Daniel, con una naturalidad un poco demasiado ensayada—. Cena con unos proveedores. Cosas de mi papá.

—Qué pena —dijo Valeria, y se dio cuenta de que Daniel no había dicho qué pena ni nada parecido, solo había apretado la mandíbula un milímetro, y que ella, que se pasaba la vida detectando milímetros en la cara de los clientes, se lo había guardado en la memoria sin querer.

Los meseros llegaron con una canastilla de tortillas recién hechas, frijoles de la olla en un tazón de barro, cebolla, rábanos y limones en platitos de porcelana, y tres cazuelas individuales en las que hervía, a fuego lento, lo que Valeria supuso que era el famoso caldo.

—Carne en su jugo —explicó Mariana—. Es el platillo oficial de la ciudad. Aquí lo hacen como lo haría una abuela con una estrella Michelin. No se pide con prisa.

—Se pide con servilleta —dijo Daniel, y le acercó la suya, de tela, con una solemnidad de médico.

—Ah, qué detalle.

—No es un detalle. Es una advertencia.

Valeria miró su blusa blanca, las mangas abullonadas, el chaleco negro, y luego la cazuela hirviendo, y luego a Daniel. Tuvo una intuición muy clara de que esa noche iba a terminar mal para su ropa.

—Antes de que llegue la comida —dijo Daniel, enderezándose en la silla, con el aire de quien va a hacer un anuncio de Estado— quiero decir una cosa.




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