El patio del hotel amanecía con la cantera clara y la jacaranda, sin una sola flor, repartía su sombra sobre las mesas del desayuno con la puntualidad de un reloj de sol.
Valeria bajó a las siete y dos. El buffet abría a las siete. A las siete y dos ella era la única persona en el patio, y no tenía hambre. Lo que sí necesitaba, con una urgencia casi administrativa, era su café negro: esa gasolina oscura que le inyectaba vida todas las mañanas.
Eligió la mesa del rincón, con la espalda a la pared, como siempre elegía. Pidió café negro, un plato de papaya con limón y dos conchas: era aficionada al pan y no pensaba desaprovechar la oportunidad de comer pan de provincia. Abrió la laptop. Tenía veintidós correos de Pau, uno de Lorena y una carta de intención que redactar antes de las diez. Escribió Estimado señor Montalvo y la borró. Escribió Estimado Daniel y la borró más rápido. Escribió Casa Montalvo: y se quedó con los dos puntos, como quien deja una puerta abierta a propósito.
—Licenciada.
La voz llegó de frente, desde la altura de la mesa. Una voz sin prisa, de las que no necesitan subir para llegar. Valeria tenía los ojos en la pantalla, y cuando los levantó, la sombra de dos hombres ya estaba tendida sobre el mantel.
El señor de la fotografía en blanco y negro, el de los brazos cruzados frente a una cámara antigua, estaba de pie al otro lado de su mesa, con un bastón de madera que no usaba y un saco de lino color arena. Treinta años más tarde, tenía el pelo del color de la plata sin pulir y la misma mirada de no haber pedido permiso nunca. A un paso, un hombre de unos cuarenta años, traje azul, camisa sin corbata, sostenía un teléfono con la mano izquierda y el ceño de quien acaba de terminar una llamada que no era buena ni mala.
Con la pared a la espalda y dos Montalvo enfrente, Valeria entendió el defecto de las mesas defendibles: no tenían salida.
—Augusto Montalvo —dijo el señor, y no extendió la mano; la ofreció, que es distinto—. Mi hijo Rodrigo. Mariana me dijo que usted se hospedaba aquí.
—Valeria. De Cuarta Pared.
—Lo sé. —Miró la laptop, la papaya, las dos conchas enteras—. Los viernes desayunamos en esta casa desde 1993. Es la única superstición que tengo. En esta mesa nadie desayuna solo.
—Es muy amable, pero estoy terminando unos pendientes…
—No era una invitación —dijo Augusto, con una sonrisa muy cortés—. Era una explicación.
—Lleve los alimentos de la licenciada a nuestra mesa, por favor —le dijo Rodrigo a un mesero que pasaba, sin esperar la opinión de ella.
El mesero retiró la papaya, la taza y las dos conchas en un solo viaje de charola, y los depositó en la mesa grande del centro del patio, la que tenía mantel blanco, cuatro sillas y una cafetera de plata. Valeria cerró la laptop. Contó los pasos hasta la mesa. Fueron once.
* * *
—Me dicen que mi hijo le aprobó la campaña —dijo Augusto, cuando todos estuvieron sentados.
—Anoche. En cena.
—Con carne en su jugo.
—Con carne en su jugo —confirmó Valeria.
—Es mala idea decidir con carne en su jugo. Le sube la sangre a la cabeza. —Augusto partió un pan dulce con las dos manos, sin prisa, y le ofreció la mitad a su hijo mayor, que la tomó sin mirarla—. Pero mi hijo ha rechazado a todos los gerentes de cuenta que le han presentado, y a usted le aprobó la campaña antes de que llegara la comida. Eso me impresiona, licenciada. Quiero ver lo que lo impresionó. El concepto completo, como se lo presentó a él.
—Aquí —dijo Valeria.
—Antes de que se enfríe el café.
Abrió la laptop, giró la pantalla hacia los dos hombres y pasó las láminas con el ritmo de quien no necesita leer lo que muestra: las cartas tachadas, el tráiler mudo de cuarenta segundos, un rojo de pared de cocina. Augusto miró cada una sin moverse. Rodrigo miró el reloj dos veces.
—El silencio no llena salas, licenciada —dijo Augusto, cuando llegó a la última—. Yo las he visto vaciarse con menos.
—Y se ve como un expediente —dijo Rodrigo, con el teléfono bocabajo junto al plato—. Cartas tachadas, un tráiler casi mudo. ¿Se puede saber cuántas butacas llena el silencio?
Lo dijo sin hostilidad. Como quien pregunta la hora de un tren que ya sabe que va a llegar tarde.
Valeria dejó la servilleta sobre las rodillas. En su cabeza, durante un segundo muy corto, dos hombres se sentaron al mismo tiempo: uno que le había enseñado a decir pésima negociación con un tenedor en la mano, y otro, de traje azul, que parecía haber nacido para cobrar la cuenta de lo que otros inventaban.
—Tres números —dijo.
—¿Perdón?
—Tengo tres números. Cuarenta segundos de tráiler. Doce carteles. Tres palabras visibles por cartel. —Tomó la taza con una mano que no le tembló—. El cuarenta es porque la mayoría de las personas que verán ese tráiler lo verán en el teléfono, en un camión, sin audio. La película que ustedes hicieron se entiende sin sonido. No es casualidad: es lo que tienen. Es la única campaña de este año que no necesita pagar por ruido.
—Y el doce —dijo Augusto.