Horas suspendidas

Página 112

El libro durmió esa noche encima del refrigerador.

No fue una decisión. Valeria llegó a su departamento a las diez, dejó la maleta junto a la puerta, alineó los tenis en el tapete con las puntas hacia la pared y buscó un lugar para el libro que no fuera la mesa, ni la repisa, ni la cama. Lo puso arriba del refri, entre la caja de las pilas y un frasco de lentejas que no pensaba cocinar, y lo miró desde abajo, como se mira a un perro que se ha portado bien y al que todavía no se le concede nada.

Puso las tres alarmas. Se lavó los dientes. Se acostó. A las once y cuarto estaba en la cocina, en calcetines, bajando el libro del refrigerador con las dos manos.

—Por orden —dijo en voz alta, a nadie—. Nada de brincos.

Sacó el sobre de azúcar de entre las páginas, sin mirar el dorso, y lo dejó sobre la mesa con el plumón hacia abajo. Después fue por una tarjeta blanca, de las que usaba para sus presentaciones, y la deslizó sobre la primera página para taparle el margen derecho. Lo que ella iba a leer era el texto. Lo demás era de otra persona.

Duró once páginas.

* * *

Mesa para seis empezaba con un niño bajo una mesa.

Se llamaba Mateo, tenía doce años, y desde allí abajo, entre las piernas de los adultos, contaba una comida de domingo: las pantorrillas de la tía Chela con sus medias color carne, los zapatos del abuelo, que no se quitaba ni para dormir, el pie de un hombre que golpeaba el piso con el compás de una canción que nadie cantaba. Ana Lilia Vargas escribía sin adjetivos de más. Decía el mantel olía a plancha y no decía nada más, y el lector tenía que hacerse cargo del resto.

Valeria leyó diez páginas con la tarjeta puesta, sin una trampa.

En la once, la tarjeta resbaló.

Fue por el codo. Apoyó el codo sobre la mesa para sostenerse la cabeza, el cartón se corrió dos centímetros y apareció, al borde del papel, una frase a lápiz, en letra redonda y apretada, de mano que todavía no sabía cuánta fuerza había que hacerle a un lápiz:

Mi casa huele así los domingos. Pero sin la canción.

Valeria cerró el libro. Se levantó. Fue al fregadero, se sirvió un vaso de agua que no tenía sed de beber, y lo bebió de pie, mirando la ventana.

Nada más había afuera que el cableado de la calle, un letrero de neón apagado y un camión de basura aparcado sin prisa.

Se sentó. Acomodó la tarjeta de nuevo. La tarjeta duró otras cuatro páginas, que ella leyó con la nuca tensa de quien lee una carta que no le llegó, y en la quince, junto a la descripción de un plato de melón con chile y limón, la tarjeta se fue al suelo sin que nadie la empujara.

Melón con chile. Rodrigo dice que es asqueroso. Rodrigo está equivocado.

Se rio. Fue una risa corta, que le salió por la nariz, y que se tragó de golpe, como se traga la tos en el cine.

—Ay, no manches —dijo.

No levantó la tarjeta.

* * *

Leyó hasta las dos de la mañana y se detuvo en la página cuarenta y siete, no por cansancio, sino porque había llegado a la zona en que el lápiz dejaba de comentar y empezaba a confesar.

Hasta ahí, las notas eran de lector: una flecha, una raya bajo un verbo, un signo de exclamación cuando la tía Chela decía una grosería con la boca llena. De pronto, junto a un párrafo en el que el padre de Mateo le decía a su hijo eres igualito a mí, el lápiz había escrito NO, en mayúsculas, con tanta presión que el trazo se sentía desde el otro lado de la hoja. Valeria pasó el pulgar por el reverso y lo encontró hundido, como una cicatriz en relieve.

Veinte páginas después, alguien con las mismas manos pero un poco más de calma había anotado: Hoy leí en voz alta en el salón y me temblaba la hoja. Aquí no tiembla.

Y más adelante, junto a una escena en que el niño no sabía qué hacer con las manos durante una comida de adultos, el lápiz había dibujado una mano sola, abierta, con el contorno repasado tres veces, y debajo: Yo tampoco.

Valeria dejó el libro abierto sobre la mesa y se alejó dos pasos, como de un animal dormido.

Pensó que debería parar. Pensó con claridad, sin alboroto, que estaba entrando por una puerta lateral a la cabeza de alguien de quince años, y que ese alguien, veintiún años después, le había prestado el libro con la misma mano con que le había apretado la suya. Un libro prestado no incluye el permiso de leer los márgenes.

Del otro lado de la ventana, en la calle, se oyó el silbato del camotero.

Era un chiflido largo, agudo, de vapor, que subía por la calle como una pregunta y se perdía en la esquina. Lo oyó pasar. Lo oyó irse. Y de pronto, sin querer, recordó la voz de Daniel diciendo en un aeropuerto, con la seriedad de quien confiesa una deuda, que a sus treinta y tantos años seguía sin saber silbar.

Dio vuelta a la hoja. Y siguió leyendo.

* * *

Para el jueves había llegado a la mitad.

Había leído en la oficina, en el camión, en la fila del banco, y en cada lugar había hecho lo mismo: abrir el libro con la tarjeta en la mano, dejar que la tarjeta cayera. Lo que encontraba bajo ella no cabía en ningún informe. Daniel a los quince años escribía en los márgenes como quien deja recados en el refrigerador: breve, de prisa, para alguien que no iba a contestar.




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