Horas suspendidas

Sal en el borde

El sábado, Valeria se despertó antes de la primera alarma, la apagó antes de que sonara y se quedó mirando el techo con la satisfacción pequeña y un poco enferma de quien le gana al reloj.

Después se vistió tres veces.

La primera fue la de siempre: pantalón de lino beige, blusa blanca, el cinturón de la hebilla discreta. Se vio en el espejo y vio una junta. La segunda fue un vestido azul que reservaba para bodas ajenas; se vio y vio un compromiso. La tercera, mezclilla ancha, una camisa de lino que arrugó a propósito con las dos manos, frente al espejo, con la concentración de una cirujana, y los tenis verdes. Dobló los puños dos veces, parejos. Se miró. Desdobló uno. Lo volvió a doblar.

—Ay, Valeria —dijo.

La agenda estaba en la mochila. La sacó, la metió en el cajón de la cómoda, junto a los calcetines, y cerró el cajón con las dos manos. Llegó a la puerta. Regresó. Abrió el cajón, miró la agenda, le dijo que no, y lo cerró otra vez. En el elevador no se dio la vuelta, aunque el cuerpo se lo pedía como la lengua pide el diente que falta.

* * *

El bosque de Chapultepec olía a tierra mojada y a eucalipto, y a las doce del día tenía esa luz que se cuela entre las ramas y cae en el piso en monedas. Había familias con globos, un señor que vendía cacahuates japoneses en una canasta, una ardilla que cruzaba el camino con el aire de quien llega tarde a una junta. Sarai la siguió con la mirada: "Sobrepeso", diagnosticó. "Le dan Cheetos."

El restaurante era una terraza de madera bajo unos fresnos, a cinco minutos a pie de la Cineteca, con mesas desparejas y una vitrina de pasteles que nadie iba a pedir. Valeria oyó a Sarai antes de verla.

—¡Llegó!

Se había parado en su silla. Agitaba los dos brazos, con los aretes de aro bailándole en las orejas y tres rayones paralelos de gato en el antebrazo, de los que se ganan en el trabajo, como quien detiene un tren.

—Siéntate, mi reina, que tu copa lleva diez minutos sudando por ti.

—Son las doce y cuarto.

—Son las doce y cuarto en el lugar donde los demás ya van por la segunda.

En la mesa había cuatro copas con el borde escarchado de sal y chile. Tres estaban a la mitad. Una, intacta, tenía un trozo de limón apoyado en el filo, y esperaba su silla.

Santi la abrazó sin soltar el teléfono. Era un hombre largo, con sombrero de paja y camisa de botones de colores que ningún otro hombre habría podido usar sin disculparse. De día diseñaba marcas, de noche ponía discos, y había llegado temprano para criticar la tipografía del menú y conectar su bocina a la mesa, de donde salía, bajito, un bolero con bajo de cumbia.

—Vale. Siéntate. Respira. Te falta una margarita y una confesión.

—Tengo hambre.

—Eso también.

Marijo, la tercera, no dijo nada. Marijo exprimía el limón de su copa sobre la sal, despacio, con los ojos en la fruta, y le dio a Valeria un beso en la mejilla sin interrumpirse. Siempre hacía lo mismo: llegaba a todo cinco segundos después de haberlo notado. Daba clases de idiomas a señores con corbata y había aprendido a esperar a que alguien terminara su frase para corregirla.

Valeria se sentó. La margarita estaba helada, y la sal del borde, en el primer sorbo, le hizo un favor en el labio. Del altavoz de Santi salió, de pronto, un arreglo lento y raro, con una guitarra que apenas se atrevía, de una canción que ella conocía por el título y por nada más.

—¿Qué es eso?

—Café Tacvba. "Eres". Una versión de gente que no existe.

Valeria sostuvo la copa en el aire.

Escuchar: Café Tacvba, "Eres". Con el lápiz apretado de los quince años, junto a una escena de lluvia.

—¿Qué? —dijo Santi.

—Nada. Está bonita.

Marijo, que había terminado con el limón, la miró un segundo sin parpadear y volvió a su copa.

* * *

Del aeropuerto sabían lo que se sabe cuando alguien cuenta una anécdota y la corta a la mitad: un señor, una niebla, una noche larga con buena plática, algo de azúcar. Lo que no sabían era el resto, y Sarai, que podía oler un resto a tres cuadras, esperó a que llegaran los chilaquiles para decirlo.

—A ver. Cuéntanos del hombre.

—¿Cuál hombre?

—Valeria.

—No hay un hombre. Hay un cliente.

—Hubo un aeropuerto —dijo Marijo, mirando su limón—. Y un audio de cuatro minutos once segundos, que dejaste a medias porque te quedaste dormida en el taxi.

—Fue un día largo.

—Dijiste "es un señor muy simpático" nueve veces.

—Esas no son nueve.

—Las conté.

Santi dejó el teléfono boca abajo, que en él era un acto solemne.

—¿Cómo se llama?

—Daniel.

—¿Daniel qué?

—Montalvo.

—Montalvo —repitió Sarai, y ya tenía su teléfono en la mano, y Valeria vio venir la búsqueda como se ve venir un camión por un espejo retrovisor—. Montalvo, Montalvo, Casa Montalvo. ¡No manches! ¿Es el de la película de la cocina? ¿La de la campaña?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.