Horas suspendidas

La revisión

A las ocho y diez de la mañana del lunes, Valeria estaba en el pasillo del piso once, hablándole a un cartel.

—Necesito visitar la locación —dijo.

El cartel, que era el cuatro, estaba recargado contra la pared con la cara hacia ella. Tenía una franja naranja en la parte de abajo, del color de las mandarinas de un puesto de camión, que Valeria había conseguido mezclando tres pantones y una acuarela. No contestó.

—Quisiera proponer una visita a la locación.

Tampoco.

—Voy a ir a la cocina.

—¿Qué cocina? —preguntó Pau, que había llegado por detrás con un cartón de leche de almendras y cara de testigo.

—Ninguna. Estoy ensayando.

—¿A un cartel?

—Es un público muy exigente.

Pau asintió, sin saber qué hacer con la información, y siguió hacia la cocina de verdad, la de la oficina, con un andar de quien ha oído algo que no le toca.

Valeria se quedó sola con la franja naranja. El domingo, a las once y diez de la noche, antes de que terminara el día en blanco, le había contestado a Daniel el correo de la dirección. Gracias. Lo hablamos el lunes en la junta. V. Tardó cuarenta minutos en escribir seis palabras. La reseña se la había mandado el miércoles, y desde entonces no había recibido de él nada: ni acuse, ni gracias, ni una coma. Era el silencio más profesional que había conocido en su vida, y le tenía un poco de rabia.

Ensayó la frase una cuarta vez, con las manos en los bolsillos.

—Necesito visitar la locación.

La primera era la buena. Siempre era la primera.

Lorena pasó por el pasillo con el abrigo al brazo, sin detenerse.

—El señor Montalvo llega a las tres. Dice que prefiere no comer antes.

—Qué bien.

—Sí. —Se detuvo dos pasos más allá, de espaldas—. Lo que sea que le estés diciendo al cuatro, díselo a él con la misma cara. Pero con menos mandíbula.

—No le estoy diciendo nada.

—Entonces sigue con ese tono.

Y siguió caminando, y el pasillo se quedó con el eco de sus tacones y una sensación de haber sido auditada.

* * *

La sala de juntas del piso once tenía una mesa de cristal para doce y una ventana al parque donde, a las tres de la tarde, un hombre paseaba a tres perros que en realidad lo paseaban a él.

Valeria llegó con veinte minutos de ventaja. Pegó con cinta los doce carteles en la pared del fondo, de izquierda a derecha, y retrocedió hasta el borde de la mesa para mirarlos a la distancia en que los iba a ver el mundo. Corrigió el cuarto con medio centímetro. Apagó la luz de arriba y encendió la lámpara de pie, y volvió a apagarla. Los carteles la miraron de vuelta con las líneas tachadas en negro, y en cada uno, tres palabras sueltas, como las que sobreviven a una mudanza.

A las tres menos cinco llegó Esteban Rivas, sin laptop, con el teléfono en una mano y una sonrisa de patrocinador en la otra.

—Vale. ¿Todo en orden?

—Todo en orden.

—Qué bueno. A mí me encanta que todo esté en orden. —Eligió una silla al centro, con vista a los carteles y a la puerta, y la giró un cuarto de vuelta para que no se notara que había elegido—. Dicen que el productor vino en persona.

—Dicen.

—Debe ser una muestra de cariño.

—Es una muestra de método —dijo Valeria, y cerró el plumón.

A las tres en punto se abrió la puerta y entró Lorena, con el corte de pelo y el paso de quien nunca ha llegado tarde porque nunca ha esperado a nadie. Detrás de ella entró un hombre alto, con saco gris y una carpeta bajo el brazo, que se detuvo en el umbral para dejar pasar a Pau, que cargaba una charola con cafés como quien lleva una ofrenda.

—Señor Montalvo —dijo Lorena—. Esteban Rivas, nuestro gerente senior. Y a Valeria ya la conoce.

—Ya —dijo Daniel.

Una sílaba. Valeria tenía el plumón entre los dedos. Le había quitado la tapa y se la había vuelto a poner tres veces, sin sacarle una sola raya a nada.

Pau, junto a la puerta, tomó nota con la mirada.

* * *

Los primeros veinte minutos fueron de trabajo, y el trabajo, hay que decirlo, fue limpio. Valeria explicó el recorrido de los doce carteles, de qué manera iban a aparecer en paradas de camión, en el metro y en las salas, y por qué ninguno repetía una palabra. Daniel escuchaba de pie, con las manos en los bolsillos, caminando despacio de un extremo a otro de la pared, como quien recorre un pasillo de museo con la certeza de que el vigilante lo ha dejado solo.

Se detuvo frente al siete.

Perdón. Verano. Mesa.

Reconoció la tercera palabra antes que las otras, porque la mesa estaba en todas las páginas. Después las otras dos le dieron la dirección: sesenta y tres, ochenta y ocho. Las había subrayado un muchacho de quince años con un lápiz del número dos, en un cuarto de Guadalajara, y llevaban veintiún años sin que nadie las viera. Ahora estaban a metro y medio de altura, rodeadas de tachaduras, a la espera de un camión.




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