Mientras la nave terrestre se aproximaba, en la estación de avanzada de Próxima Centauri reinaba la rutina habitual. Ingenieros humanos y naru trabajaban codo con codo. Algunos, asomados a las escotillas, contemplaban perplejos el cielo alienígena, fascinados por su velada belleza y el misterio que envolvía aquel mundo.
Gracias a la ingeniería de sus nuevos aliados naru, los humanos habían logrado un hito sin precedentes en su historia. Por unos breves instantes, una sensación de calma y esperanza llenó la estación.
Pero esa paz se rompió en un instante.
Una alerta ensordecedora resonó en la cabina de mando. El mayor Ortega, oficial a cargo, y el científico en jefe naru, Halmitak Imir, reaccionaron de inmediato.
—Sistemas de defensa activados —ordenó Ortega.
—Mayor, los escudos no responden —informó Imir con urgencia—. Tampoco los sistemas de armas. Es como si nos hubieran desactivado desde dentro.
Una violenta explosión sacudió las instalaciones. Un pasillo entero se abrió al vacío del espacio. Entre el humo y los escombros, una enorme silueta emergió de las llamas. Medía un poco más de tres metros, y su armadura negra como el carbón recordaba a las de los antiguos soldados del Segundo Reino, aunque sin emblemas.
El intruso levantó el visor de su casco. Entre el humo apareció el rostro de un naru… pero distinto. Su ojo izquierdo brillaba con un rojo intenso atravesado por vetas amarillas, y en esa misma mitad del rostro se distinguían escamas grises de aspecto amenazante.
Soldados humanos y naru intentaron detenerlo, pero su fuerza era abrumadora. Los derribó en cuestión de segundos, dejando un rastro de cuerpos inconscientes.
Ortega e Imir salieron a su encuentro.
—¡Alto! —gritó Ortega, apuntándole con su arma—. No sé qué eres, pero detente o morirás.
Imir, con voz firme, habló en su idioma natal:
—Drakna monfir… ¿Quién eres?
El ser respondió en perfecto humano, con una voz grave y calmada:
—Me llaman Nergel.
—Bien, Nergel —dijo Ortega—, quedas bajo arresto.
El mayor intentó capturarlo, pero Nergel lo lanzó por el aire como si no pesara nada.
—¡Basta! —rugió Imir.
—Deberían agradecer que aún están vivos —respondió Nergel con frialdad.
Desde su antebrazo disparó un rayo paralizante que inmovilizó a Imir. Con un pequeño láser abrió una bodega cercana. Varios soldados más intentaron detenerlo, pero fracasaron. Nergel tomó varios dispositivos de tecnología avanzada y, al girarse para marcharse, reparó en un humano inconsciente en el suelo.
Se agachó con curiosidad y leyó el nombre en su gafete: Memphis Campbell, ingeniero de la Tierra.
—Vaya… qué curioso —murmuró para sí—. ¿Será posible?
Una señal luminosa en su brazo derecho le advirtió que las naves de vigilancia se acercaban. Sin perder tiempo, cargó los objetos robados y se echó al humano sobre el hombro.
Salió por el agujero abierto en la estación y abordó una pequeña nave de unos siete metros de longitud. Despegó justo cuando la nave de los héroes llegaba al lugar.
Uran amplió una pantalla frente a él.
—¿Qué ha pasado? Veo daños en la estructura…
Ortega, visiblemente furioso, respondió:
—¿Dónde estaban? ¡Nos atacaron y apenas sobrevivimos!
Tras aterrizar y ayudar a los heridos, Uran recibió el informe completo de daños.
—Se llevó algunas herramientas y componentes de alta tecnología —explicó Imir—. Y, por algún motivo, también se llevó a uno de nuestros ingenieros: Memphis Campbell, de Tennessee.
—Se parecía a uno de ustedes —añadió Ortega—, pero la mitad izquierda de su rostro era… diferente.
Mostró una imagen capturada en los pasillos. Al verla, Uran palideció.
—Esos ojos… —susurró, visiblemente nervioso.
Ely se acercó.
—Uran, ¿qué ocurre?
—Hombre, no nos asustes —dijo Jhan.
—Mierda… Tengo que hablar con Thayana —murmuró Uran, agitado.
Minutos después, frente a la pantalla principal de la sala de control, apareció la imagen de una joven y hermosa naru de cabello largo con una corta cola de caballo. Vestía un uniforme militar más elegante que el del resto de los soldados.
—Capitana Thayana Ger, de la Guardia Real —se presentó con formalidad—. Es un gusto conocerlos.
—Thayana —dijo Uran sin preámbulos—, según la imagen que te envié, ¿mis sospechas son ciertas?
—Sí. Tuve que recurrir a otra persona que… no me agrada demasiado —refunfuñó ella.
—¿El capitán Gilian? —preguntó Hutan, emocionado.
La pantalla se dividió y apareció otro joven naru de cabello corto y uniforme impecable.
—Hola a todos. Capitán Gilian Neshk de las Fuerzas Especiales reportándose —saludó con una sonrisa alegre.
—Ya vas a empezar… Würkar fedir —gruñó Thayana.
—Tranquila, no es necesario insultar. Además, no van con una mujer tan elegante y hermosa como tú —coqueteó Gilian.
—Solo quería tu opinión —continuó Thayana, molesta—. Esa cosa se parece a un Ojo Ralnai, ¿verdad?
—Cariño, esas cosas se extinguieron… o más bien, las extinguimos hace miles de años —respondió Gilian.
—Miles de años antes de la Gran Guerra —aclaró Uran.
—Pero ¿cómo es posible? —insistió Thayana—. Además, su nave era similar a las naves pequeñas de carga del Segundo Reino.
—Y por eso acepto con gusto darles asistencia —dijo Gilian, sonriendo—. Estaré con ustedes en un par de días.
—¡Nooooo! —protestó Thayana.
—¡Siiii! —celebró Hutan al mismo tiempo.
—Hutan, no te metas —advirtió Thayana—. Uran, dile algo.
—Prefiero no meterme en asuntos personales —respondió Uran.
—¿Qué dijiste? —reprochó Thayana.
—No te enojes conmigo. Yo solo pedí tu ayuda… fuiste tú quien llamó a Gilian.
—Uran, no seas llorón.
—¡Pero…!
—No seas llorón. Desde pequeño has sido un llorón —insistió Thayana.
Sasha, sorprendido, intervino:
—Un momento… ¿eres menor que ella?
—En edad humana, él tendría unos 28 años y yo unos 31 —explicó Thayana—. Así que sí. Y tú no te rías, Gilian.
—Bien, como sea —concluyó Gilian—. Prepararé mis cosas y les daré apoyo.
—Maldición… creo que no me queda de otra —aceptó Thayana a regañadientes.
—Descuide, capitana. Estaremos esperándolo —dijo Ortega.
—Vaya forma de iniciar —comentó Artur.
—Ya te acostumbrarás —respondió Jhan con resignación.