Solo un día después, Ely, Uran y su grupo llegaban a NIM. Un cambio de planes los había obligado a dejar la nave humana cuidando las instalaciones atacadas, y ahora viajaban en una nave de vigilancia naru conocida como El Akmir, cuyo nombre se traducía como “Guardián” o “Guardia”.
Al descender sobre la superficie de aquel planeta, los humanos quedaron asombrados. No habían logrado bajar de la nave en Próxima Centauri, y ahora Uran les entregaba un dispositivo con forma de brazalete.
—Pónganse esto —dijo Uran—. Evitará que la gravedad los aplaste y les permitirá respirar y vivir en nuestro mundo sin problemas.
—¿Pero el implante no nos protege ya? —preguntó Jhan, curioso.
—Créeme, es mejor así. Rápido, bajemos. Tenemos que ir por Thayana al palacio imperial. Gilian ya se adelantó.
Al bajar, los humanos notaron la extraña atmósfera violeta de NIM, los dos soles y las montañas detrás de aquella ciudad futurista y enorme. El asombro se les dibujaba en el rostro.
—Es bonito —murmuró Sasha—. Me imagino lo que el general Steel dijo al venir.
—Sí —respondió Uran—. Tuvo el honor de hacer historia: el primer humano en pisar un planeta fuera de su sistema solar… y el primer humano en NIM.
Al bajar de la nave, su asombro no cesaba. Tomaron otro transporte más pequeño, similar a un autobús terrestre, pero mucho más moderno y con tecnología que no reconocían.
—Mira esos edificios tan grandes… y cuántos como tú, Uran —dijo Artur.
—Hasta da miedo ver personas tan grandes por todas partes —añadió Mina con tono bromista—. Digo, contigo nos acostumbramos, pero aquí me siento pequeña.
—Ese es el palacio… es enorme —comentó Thomas, sorprendido.
—Sí, y allá vamos —respondió Uran.
—Siento que estoy cuidando niños en una excursión de colegio —dijo Ely.
—Ya somos dos —le respondió Jhan.
Después de entrar al palacio, llegaron hasta una habitación… o más bien una especie de oficina. Dentro se encontraba Thayana, quien se había quitado la camisa del uniforme para hacer ejercicio.
—Vaya, de verdad que tardaste —dijo ella.
Dejó caer una enorme pesa rectangular que sacudió la oficina.
—¿Cuánto pesa esa cosa? —preguntó Jhan, sorprendido.
—Ahhh… pues no es nada. Solo unos 130 riknal —respondió Thayana mientras estiraba los brazos.
—¿Cuánto es eso? —preguntó Jhan, confundido.
—Como 27 toneladas humanas —tradujo Uran.
—¿En serio? —dijo Ely.
—¡Carajo! —exclamó Thomas.
—Vamos. Ya el emperador nos espera… y el idiota de Gilian —dijo Thayana.
—¡Aaaak! —se quejó Uran al recibir un golpe en el brazo por parte de ella.
—Llorón. Que no se te olvide que aún tengo que terminar de entrenarte. No me gustó que ese bastardo de Artharis casi te matara en Brill —añadió Thayana, usando el nombre que los naru daban a la Tierra.
—Pero…
—¡Ukwar va Druna! —exclamó ella en su idioma (Peleas como niña).
—Aunch… eso dolió más —murmuró Jhan.
—¿En serio les enseñaste nuestro idioma? —preguntó Thayana.
—Lo básico. Pero aprenden muy rápido —respondió Uran.
—Ok. Ya vamos —dijo ella mientras recogía la camisa del uniforme del suelo.
Al llegar a una sala muy decorada y rodeada de guardias reales, la enorme puerta se abrió y fueron recibidos por Gilian.
—¡Akton Winar Dru! —saludó él (Cariño, viniste, en su idioma).
—¡Olvidad , saven nuestro idioma! —respondió Thayana, apartándolo y empujándole la cara.
—Sí, claro… debí suponerlo. Pasen.
Fueron recibidos por un grupo de narus de mayor edad, que parecían consejeros. Entre ellos se presentó uno:
—Es un gusto. Soy Brall Nimur, Supremo Capitán de la Guardia Real y guardia personal de Su Majestad.
Tratando de apartarse de aquellos ancianos, un joven naru un poco mayor que Hutan se presentó ante ellos lleno de emoción y curiosidad. Su traje con los colores de su pueblo y el medallón con el logo imperial lo delataban.
—Hola. Soy Alban Zor-en, señor del Imperio Naru.
Uran, Thayana y Gilian se inclinaron en reverencia, al igual que los humanos.
—Tranquilos, no era necesario —les dijo Alban, sonriendo.
—Su Majestad, técnicamente usted también es emperador de los humanos—añadió Brall.
—Es verdad —dijo Ely—. Nuestro mundo… digo, la galaxia donde estamos, también es su territorio.
Algunos de los ancianos detrás de él le reprocharon por no cubrir su rostro, como dictaba la costumbre.
—Shulwir No Kwanbir di Sutak ni faset, Berfowir lafir —dijo un consejero (Su Majestad, su rostro debe cumplir con las costumbres).
—Fases Berfowir Kula —respondió Alban con la actitud propia de un joven o un adolescente (Costumbres viejas… olvídalas).
—¿Sabían que Thayana es una heroína para nuestra gente, igual que el señor Uran? —añadió.
—No es para tanto, Su Majestad —respondió Uran.
Ely no podía dejar de mirar las marcas en la parte baja del rostro del joven emperador. Se extendían por toda la mandíbula y el mentón, con un color azul.
—Señor… ¿qué significado tienen las marcas en su rostro? —preguntó Ely.
—Ah… es por eso que mis consejeros se molestan. Verán: es en honor al fundador de nuestro imperio. Creo que Uran les contó en el camino sobre la invasión Xarnai que casi nos extingue.
—Ya lo hizo. Fue algo terrible —respondió Ely.
—Pues verán… en una de esas batallas, el Alban Zor-en original perdió la mandíbula y los doctores le colocaron una prótesis para que pudiera seguir peleando. Desde entonces, todos mis antepasados que han ocupado el trono han llevado estas marcas como símbolo de respeto… y del peso que cargamos sobre los hombros.
—Y ahora es su turno —dijo Ely.
—Sí. El peso de dirigir un imperio que apenas empieza a levantarse de nuevo… el de corregir el error de mi padre… y el de cuidar y ser un ejemplo para mis hermanos menores —su rostro denotaba tristeza y cansancio.
—Lo siento, señor. Pero veo que su carga es mucha para su edad… sin ofender, claro. Yo sé lo que se siente.
—Pero todo estará bien. Thayana está con nosotros. Ella es un Wormir… la heroína y la luz de NIM —dijo Alban, lleno de optimismo.
Al escuchar aquellas palabras, Thayana bajó la mirada, sintiéndose mal. Uran se dio cuenta, pero prefirió callar.
—Su Majestad, estamos aquí para solicitar un permiso especial —intervino Gilian—. Necesitamos acceso a todos los recursos del imperio. Entiendo que ya revisó el informe y sabrá la urgencia de esto.
—Le di los detalles a Su Majestad —añadió Brall—. Es necesario saber qué es este ser y qué es lo que quiere. Además, tiene un rehen y no ha pedido rescate ni nada a cambio de liberarlo.
—Por mí no hay problema —respondió Alban—. Tiene mi permiso. Pueden ir y venir donde sea necesario y tendrán accesos privilegiados a donde consideren necesario.
Hizo una pausa y continuó con firmeza:
—No dejaré que un Xarnai… o sea lo que sea… detenga nuestro nuevo progreso. No esperaré sentado. No cometeré el mismo error de mi padre.
Al salir de la habitación real, Uran le dirigió unas palabras a Thayana:
—No eres así. ¿Qué te pasa?
—Ellos creen que soy su salvadora… cuando ni siquiera sé si puedo ayudarlos o destruirlo todo, como los que ya fracasaron —respondió ella, llena de temor y duda.
—Tú no eres como ellos. Yo te voy a ayudar.
—¡Vamos, deprisa! Son tan lentos como un bornak… —gritó Gilian desde la entrada de la nave.
—Maldición… será un viaje largo —murmuró Thayana.