El Akmir se sacudía detrás de la enorme nave enemiga.
—Capitán, debemos hacer que disminuya la velocidad —dijo Werllin.
—Dispara a los motores —ordenó Gilian.
—No —intervino Thayana—. A esta velocidad la explosión nos alcanzaría también a nosotros y nos dejaría sin escudos. Además, no sabemos qué armas tenga.
—¿Qué harás entonces? —preguntó Jhan.
—Mierda… Ely tiene razón. Aquí somos inútiles, no podemos ayudar en nada —murmuró Sasha.
—Calma. Ya tendrán su momento —respondió Thayana—. Teniente, dispare las bombas de gravedad.
De la proa del Akmir salieron dos misiles planos y alargados, cargados de una energía oscura, a velocidad sublumínica. Explotaron cerca de la nave enemiga y provocaron una fuerte sacudida en aquella bestia de metal.
—¿Qué fue eso? —preguntó Thomas, sorprendido.
—Son cargas de gravedad —explicó Hutan—. Generan una onda gravitatoria tan intensa que pueden absorber naves pequeñas o arrastrar una de gran tamaño.
—Obligamos a la nave a reducir la velocidad, como si una ola la empujara hacia atrás —añadió Uran.
Una segunda explosión sacudió incluso la cabina donde Nergel pilotaba.
—¡Zetaw! ¿Qué pasa? —exclamó en su lengua.
Una tercera detonación obligó a la nave enemiga a frenar hasta quedar casi a la par del Akmir.
—¡Zetaw, Wofir Nak! ¿Qué pasa? ¿Qué han hecho?
Al darse cuenta de la situación, Nergel activó los cañones de la parte trasera. Sabía que debía reaccionar.
—¡Nos disparan! ¡Activar escudos! —gritó Werllin.
—Si quieres acabar con él, es ahora. Haz explotar sus motores —insistió Gilian.
Thayana estaba a punto de ordenar el disparo definitivo cuando recibió un mensaje con la voz de Nergel:
—Si quieres respuestas… o al menos tenerme en tus manos, ven a mi nave.
En la pantalla apareció un mapa con un punto marcado sobre el casco enemigo. Thayana detuvo el disparo y salió del puente.
—Ya regreso —dijo con voz firme.
—Espera, ¿en serio? —preguntó Gilian.
—Piénsalo bien —advirtió Uran.
Ambos caminaron detrás de ella, intentando convencerla de que no fuera.
—Basta. Tengo que ir. Llevaré el traje para vacío y estaré bien.
—Esta vez es diferente. No sabemos qué está pensando. Al menos uno de nosotros debería acompañarte —insistió Uran.
—No. Si me pongo en riesgo, seré solo yo.
—Pero… —empezó Gilian, pero ella lo interrumpió.
—Pero nada. No sabemos si hay más como él ahí fuera, ni qué planea. Es una oportunidad para responder algunas dudas.
—¿Y si hay más como él?
—Puedo cuidarme sola. Si algo pasa, Gilian, quedas al mando. Ya conoces el protocolo. Y no me sigan.
Con paso firme, la capitana Ger entró en un caza, se colocó el traje especial para el vacío y salió por una escotilla.
—Gilian… ¿Fylwir Kal-en Zarek? ¿La dejarás ir sola? —preguntó Uran en su idioma.
—Hutan Hodor Kaler Helg Gidash. Regresa con Hutan al puente y avísame si algo pasa —respondió Gilian.
Le dio una palmada en el hombro a Uran y se dirigió a su propia nave, preparándose por si era necesario intervenir.
La nave de Thayana aterrizó de forma forzada sobre una superficie plana de láminas metálicas oscuras. Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que ambas naves seguían avanzando una detrás de la otra. Nergel había activado un escudo de energía leve, una especie de burbuja que mitigaba la velocidad y el vacío del espacio, como si solo hubiera un viento fuerte.
Bajó del caza y caminó unos metros hasta encontrarse frente a frente con Nergel, quien estaba sentado sobre una estructura metálica, siempre vestido con su traje oscuro.
—Usa el idioma de los brill. Quiero que ellos también sepan por qué estoy aquí —dijo él.
—¿Brill? ¿Así les llamas a los humanos que nos acompañan?
—Tengo mis motivos —respondió con voz desafiante.
Uno frente al otro, con el espacio como único escenario.
—¿Quién eres?
—Mi nombre es Nergel Xodan, del extinto clan Xodan, claro está.
—¿Qué quieres? —preguntó Thayana con voz firme, conteniendo la ira.
—Si te unieras a mí, tu genética podría mejorar a mis hermanos. Señora Ger, le doy una última oportunidad para unirse a mí. ¿Qué le parece?
Nergel se acercó desafiante. Ella le respondió con frialdad:
—Jamás. No eres más que una amenaza, y voy a detenerte. Responde de una vez: ¿qué quieres?
—Como quieras. Verás… como ya te diste cuenta, no soy un ser normal. Soy lo mejor de dos razas: lo mejor de un naru y lo mejor de un xarnai. Al igual que los brill, soy un bastardo… un hijo bastardo de los Uldran Sarith. Pero, a diferencia de esos humanos, mi único objetivo es acabar con la amenaza naru.
—Es tu gente también. ¿Qué pretendes hacer?
—No, no te equivoques. No soy un monstruo como ustedes. Solo busco purgar el universo de su plaga para que nadie más sufra lo que yo he sufrido.
—Eso fue hace mucho. Hemos mejorado.
—Mentira —contestó molesto—. Los vi convertir otros mundos en copias de NIM. Siguen siendo lo mismo, y lo peor es que ahora los humanos los acompañan en su viaje.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—Ya te lo dije. Dentro de poco liberaré a mis hermanos y limpiaré toda la existencia de la enfermedad que ustedes representan.
—Dime cómo —exigió ella con voz fuerte.
—Si quieres más información, deberás sacármela a la fuerza —la retó, golpeando el casco que protegía su cabeza.
—Como quieras.
Thayana tomó impulso y, usando su superfuerza, intentó embestirlo. Para su sorpresa, Nergel no cayó. Logró detenerla y solo fue arrastrado unos centímetros. Quedaron cara a cara.
—¿Cómo…? —murmuró ella, sorprendida.
—Sorpresa —dijo él con tono burlón.
Nergel la empujó de una patada en el vientre, lanzándola lejos.
—Hay mucho que no conoces de mí, Ger.
Saltó con fuerza e intentó aplastarla, pero ella se apartó a tiempo. Se enfrascaron en una pelea cuerpo a cuerpo, demostrando una potencia brutal. Nergel arrancó del casco de la nave una barra gruesa de metal e intentó golpearla. Thayana detuvo el golpe con una mano, dobló el metal y lo empujó con fuerza.
—Eres más fuerte de lo que pensé —admitió él mientras se levantaba.
—¿Qué eres? ¿Por qué tienes tanta fuerza?
—Ya te lo dije. Soy producto de los malditos experimentos de tu raza. No tienes ni idea de cuánto he sufrido durante tanto tiempo —respondió con voz baja, llena de rabia, apretando los dientes.
—Seas lo que seas, acabaré contigo.
Thayana cargó energía en sus brazos e intentó golpearlo, pero él detuvo el impacto con el antebrazo derecho. Una especie de microescudo de energía envolvía sus brazos.
—¿Qué es eso? —se preguntó ella al ver que la energía irradiaba de un guantelete que le cubría desde los nudillos hasta el codo.
—Es una lástima que no decidieras unirte a mí —respondió él con frialdad.
Thayana siguió atacando con energía pura en los puños, pero Nergel esquivaba los golpes hasta que el cansancio la hizo caer de espaldas.
—¿Te rindes?
De pronto, la batalla se interrumpió por una fuerte sacudida. La nave aceleró bruscamente. Thayana se giró y vio que el Akmir estaba siendo arrastrado.
Dentro de la nave aliada, Uran se dio cuenta de que las arrastraban hacia un cúmulo de escombros rocosos, cerca de una estrella enana blanca.
—¡Werllin, cambia el curso o detén la nave!
—Lo intento, pero su peso y el motor de gravedad nos atraen. Incluso si destruyo los motores, chocaríamos de frente con ellos.
—¡Hiperespacio! ¡Vamos! —gritó Hutan.
—No es buena idea. El golpe de la salida lanzaría a Thayana lejos. Incluso el campo que la protege se desbarataría —advirtió Gilian desde su nave.
Gilian salió del hangar del Akmir para ayudar a Thayana mientras sonaban las alarmas.
—Uran, te envié un mensaje. Haz lo que te digo —ordenó mientras se dirigía a rescatar a la capitana.
—Entendido.
De vuelta en la nave enemiga, Thayana comprendió lo que ocurría.
—¡Maldito! ¿Qué has hecho?
—¿Que no te diste cuenta, capitana? Los atraigo a su muerte.
—¡Tú también morirás, idiota!
—Grave error. Mejoré el motor de gravedad para usarlo como un imán. Luego los dejaré caer al campo de escombros mientras yo escape cambiando de curso en el último momento.
—Vas a fallar, idiota.
—A diferencia de ti, llevo mucho tiempo observándolos. He pensado en todo.
Una escotilla se abrió a su lado.
—Hasta nunca, Thayana. Morirás con muchas dudas —rió mientras desactivaba el campo de fuerza que los protegía del espacio.
Nergel logró entrar por la escotilla con esfuerzo. Thayana intentó aferrarse a lo que pudo, pero solo pudo ver cómo su caza era expulsado. Luchó con todas sus fuerzas para no salir despedida al vacío, pero no lo logró. El traje la protegió de la abrasión y del vacío del espacio.
—No… no voy a morir aún.
Como un rayo de esperanza, detrás de ella apareció la nave de Gilian.
—¿Ya te olvidaste de mí, cariño?
Usando un sistema de atracción energética, la acercó hasta la nave.
—¡Gilian!
—Descuida, también llevo el traje. Abriré la escotilla. Entra.
—¿Y el resto? ¡Van a chocar con los escombros!
—No si mis cálculos son correctos.
En el Akmir, Werllin intentaba frenar sin éxito. De pronto, una señal se activó: se había detectado una enorme nave saliendo del hiperespacio frente a ellos.
—¡Nave saliendo del hiperespacio! ¡Es enorme!
—Su masa es colosal… quizás sea posible que sea… —murmuró Hutan.
Ante los ojos de todos, un devastador de tamaño planetario emergió de un destello de energía. La nave era tan grande y viajaba a tal velocidad que logró posicionarse sobre la de Nergel, quien sintió la sacudida dentro de los pasillos por los que caminaba.
—¿Qué pasa? ¿Qué han hecho? —se preguntó desconcertado, quitándose el casco.
—Saludos, general Gefrid —dijo Gilian.
En la pantalla apareció el general Gefrid, un hombre de mediana edad y actitud amable.
—Es un gusto de nuevo, capitán Neresh. Descuide, recibimos sus indicaciones.
—Gracias, señor.
—¡Miren esa cosa! ¡Es enorme! —exclamó Ely.
—Carajo, eso sí da miedo —añadió Sasha.
—¿En serio son tan grandes? —preguntó Thomas.
—Es un devastador clase Titán. Nada escapa de esos —explicó Hutan.
—¡La puta madre que lo parió! —gritó Nima.
El devastador activó su propio motor gravitatorio y atrajo la nave de Nergel.
—¡Hollmir! ¡Disparen! —ordenó Gefrid en naru.
Los cañones del devastador empezaron a destrozar la nave enemiga. Nergel gritó de ira:
—¡Haaaaaaaa!
Logró escapar en una nave de emergencia, evitando la muerte por poco. Su nave principal perdió el control y chocó contra los enormes escombros de los planetas que habían existido en aquel sistema solar antes de que su estrella explotara.
Desde la nave de escape, Nergel solo pudo contemplar la explosión que destruía su nave. Esta vez había evitado la muerte… por muy poco.