Horizonte de Pecado

CAPÍTULO 1— POLVO Y PÓLVORA

El aire acondicionado de la camioneta Mercedes-Benz emitió un último suspiro agónico antes de rendirse ante los cuarenta grados de la frontera. Elena golpeó el tablero con frustración, pero lo único que obtuvo fue el reflejo de su propio rostro sudoroso en la pantalla táctil del GPS, que ahora solo mostraba una flecha azul flotando en un vacío gris. No había señal. No había civilización. Solo una carretera de asfalto agrietado que parecía derretirse bajo el sol de mediodía.

​—Maldita sea la hora en que decidí venir sola —susurró, sintiendo que el nudo en su garganta se apretaba.

​Había huido de la ciudad con lo puesto y una carpeta de documentos que eran su bendición y su condena. Según el mapa de papel que descansaba en el asiento del copiloto, "La Quebrada" estaba a menos de veinte kilómetros, pero en ese desierto, la distancia no se medía en kilómetros, sino en resistencia.

​El estallido fue seco, violento.

​El volante le dio un latigazo en las manos mientras la camioneta se inclinaba bruscamente hacia la derecha. Elena luchó contra la dirección, frenando en seco mientras una nube de polvo rojizo envolvía el vehículo. El silencio que siguió fue casi ensordecedor.

​Bajó del coche y el calor la golpeó como un martillo. El neumático delantero derecho no estaba pinchado; estaba destrozado. Al agacharse para inspeccionar el daño, algo le heló la sangre. No había clavos ni piedras afiladas. Había un surco limpio en el caucho. Una bala.

​Su instinto de supervivencia, ese que había pasado años dormido bajo capas de protocolo y cenas de gala, le gritó que se moviera. Pero antes de que pudiera regresar a la cabina, el sonido de cascos golpeando la tierra seca la dejó paralizada.

​No era un coche. No era la ayuda que esperaba.

​De entre la calima del horizonte emergió una silueta que parecía arrancada de una pesadilla antigua. El caballo era un ejemplar imponente, de un negro azabache que absorbía la luz del sol. Sobre él, un hombre la observaba.

​Elena retrocedió hasta chocar con la puerta de su camioneta. El hombre vestía una camisa de mezclilla descolorida con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos poderosos y cubiertos de tatuajes: una mezcla de alambre de espino y símbolos negros que se retorcían con cada movimiento de las riendas. No llevaba máscara, pero la sombra de su sombrero de ala ancha ocultaba sus ojos, dejando a la vista solo una mandíbula cuadrada, cubierta por una barba de varios días.

​—Estás en el lugar equivocado, forastera —dijo él. Su voz era áspera, con una vibración baja que Elena sintió en la boca del estómago—. Y tienes exactamente cinco minutos para dar la vuelta antes de que este lugar te devore.

​—¿Me estás amenazando? —Elena intentó que su voz no temblara, aunque sus piernas fueran de gelatina—. Alguien le disparó a mi neumático. Podría haber muerto.

​El hombre espoleó suavemente al caballo, acercándose tanto que Elena pudo oler la mezcla de cuero, sudor y tabaco. Él se inclinó sobre la silla de montar, y por primera vez, ella vio sus ojos. Eran oscuros, implacables, pero con un destello de algo que no pudo identificar.

​—Si yo te hubiera disparado, no estarías hablando conmigo —respondió él con una frialdad absoluta—. Los tipos que te vienen siguiendo no tienen mi puntería. Ni mi paciencia.

​Elena miró hacia la carretera desierta, pero antes de que pudiera preguntar quiénes eran, el hombre bajó del caballo con una agilidad sorprendente. Era mucho más alto de lo que parecía. Al caminar hacia ella, el tintineo de sus espuelas marcó un ritmo que aceleró su pulso.

​Él se detuvo a centímetros de ella, invadiendo su espacio personal sin pedir permiso. Elena pudo ver una cicatriz fina que le cruzaba el pómulo izquierdo y la forma en que su camiseta se ajustaba a un pecho ancho. La tensión entre ellos era física, una corriente eléctrica que el calor solo intensificaba.

​—¿Quién eres? —preguntó ella, casi sin aliento.

​El desconocido extendió una mano y, antes de que ella pudiera protestar, le arrebató el mapa de papel que asomaba por la ventana. Lo leyó con desprecio antes de arrugarlo y lanzarlo al suelo.

​—Soy el hombre que va a evitar que te maten antes del atardecer —dijo, clavando su mirada en la de ella—. Me llamo Caleb Sterling, y si quieres vivir, vas a tener que dejar de hacerme preguntas y subirte a ese caballo. Ahora.

​Elena miró el caballo, luego la camioneta inútil y finalmente a Caleb. Sus tatuajes parecían brillar bajo el sol, y la promesa de peligro que emanaba de él era tan aterradora como atrayente. Sabía que subir a ese caballo era cruzar un punto de no retorno, pero en los ojos de Caleb, vio que el desierto ya había decidido por ella.

Elena dudó solo un segundo. El estruendo de un motor a lo lejos, rugiendo como una bestia hambrienta sobre el asfalto, tomó la decisión por ella. Eran ellos. Los hombres que habían convertido su viaje en una cacería.

​Caleb no esperó una respuesta verbal. La tomó por la cintura con una sola mano y la alzó como si no pesara nada. Elena soltó un jadeo cuando sus muslos rozaron el cuero de la silla y la calidez del animal, pero sobre todo, cuando sintió el cuerpo de Caleb posicionándose justo detrás de ella.

​—Sujétate de la crin si no quieres besar el polvo —le ordenó él cerca del oído. Su aliento cálido le erizó el vello de la nuca.




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