Horizonte de Pecado

CAPÍTULO 2 - EL LENGUAJE DE LAS SOMBRAS

La noche en el desierto no llegó con suavidad; cayó como un manto pesado y gélido. Dentro de la cueva, el único alivio contra la oscuridad era una pequeña fogata que Caleb había encendido con una eficiencia casi mecánica. Elena estaba sentada sobre una manta raída, abrazándose las piernas, observando cómo las llamas bailaban en las paredes de roca y se reflejaban en el metal del arma que el vaquero limpiaba con parsimonia.

​Caleb estaba sentado frente a ella, con las piernas abiertas y la espalda apoyada en la piedra. Se había desabotonado los dos primeros botones de la camisa, dejando ver el inicio de un tatuaje que subía por su pecho hacia la clavícula: una calavera de bisonte rodeada de espinas.

​—Deja de mirarme como si fuera a morderte —dijo él sin levantar la vista del cañón de su rifle. Su voz, en el silencio de la cueva, sonaba más profunda, más íntima.

​—No te miro así —mintió ella, aunque sentía que el corazón le martilleaba en las costillas—. Solo intento entender por qué un hombre como tú vive escondido en agujeros de piedra.

​Caleb dejó el arma a un lado y, por primera vez en toda la noche, le sostuvo la mirada. Sus ojos oscuros brillaban con la luz del fuego, cargados de una intensidad que hacía que el aire en la cueva se sintiera escaso.

​—No vivo escondido. Vivo libre. Hay una diferencia que una mujer que usa relojes de mil dólares nunca entendería.

​—Este reloj tiene un rastreador —soltó ella, buscando recuperar algo de poder—. Si no llego a mi destino, alguien vendrá a buscarme.

​Caleb soltó un bufido que casi fue una carcajada. Se puso en pie con la elegancia de un depredador y se acercó a ella. Elena se tensó, pero no retrocedió. Él se acuclilló frente a ella, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel. Extendió la mano y, con una lentitud tortuosa, le tomó la muñeca. Sus dedos eran ásperos, callosos, y el contraste con la suavidad de la piel de Elena fue como una descarga eléctrica.

​—Tu rastreador murió en el momento en que cruzamos el arroyo seco —susurró él, recorriendo con el pulgar la parte interna de su muñeca, justo donde el pulso de ella estaba desbocado—. Aquí fuera, Elena, no eres nadie. No tienes apellido, ni dinero, ni señal de satélite. Solo tienes lo que yo decida darte.

​La cercanía era asfixiante y excitante al mismo tiempo. Elena podía ver cada poro de su piel, el rastro de la cicatriz en su rostro y la forma en que sus labios se apretaban en una línea dura. Por un segundo, el tiempo se detuvo. El deseo, crudo y sin pulir, vibró entre ellos. Elena sintió una urgencia desconocida de inclinarse hacia él, de descubrir si sus labios eran tan duros como sus palabras.

​Pero Caleb rompió el contacto bruscamente. Se levantó y le lanzó un pedazo de cecina y una cantimplora.

​—Duerme —ordenó, dándole la espalda—. Mañana llegaremos a "La Quebrada". Y reza para que los tipos de la carretera sean más cobardes de lo que sospecho, porque una vez que pongas un pie en esa casa, el desierto dejará de ser tu mayor problema.

​Elena se quedó en silencio, con el sabor de la adrenalina aún en la lengua. Observó la espalda ancha de Caleb mientras él se acomodaba cerca de la entrada de la cueva, vigilando la noche. Sabía que estaba jugando con fuego, y por primera vez en su vida, no tenía ninguna intención de apagarlo.




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