El amanecer en la frontera no tenía nada de poético. Era una explosión de luz violenta que obligaba a cerrar los ojos y que prometía una jornada de calor implacable. Elena se despertó con el cuerpo dolorido por el suelo de piedra, pero lo que la puso en alerta máxima no fue el dolor, sino el silencio.
Caleb ya no estaba frente a ella.
Se puso en pie de un salto, con el corazón martilleando, pero al salir a la boca de la cueva lo vio. Él estaba terminando de cinchar al caballo, vistiendo solo unos jeans desgastados bajo el sol incipiente. Sin camisas ni distracciones, la luz del desierto destacaba la rudeza limpia de su torso: los músculos de su espalda se contraían con fuerza con cada movimiento y su piel, curtida y perfecta, brillaba con el inicio del día. El único rastro de tinta se concentraba en sus brazos, donde los tatuajes oscuros enmarcaban la fuerza de sus manos mientras ajustaba las riendas. Elena se quedó sin aliento; ese hombre era una fuerza de la naturaleza.
—Sube —dijo él sin volverse, como si tuviera ojos en la nuca—. El viento está cambiando. Los perros de presa ya deben estar oliendo el rastro de tu Mercedes.
El viaje hasta "La Quebrada" duró dos horas más de silencio tenso. Cuando finalmente coronaron una colina de piedra rojiza, Elena vio su herencia. Se le cayó el alma a los pies. No era el rancho próspero que recordaba de las fotos antiguas. Eran hectáreas de tierra cuarteada, cercas caídas y una casona de piedra y madera que parecía sostenerse solo por pura voluntad.
—Bienvenida a casa, jefa —masulló Caleb con una ironía que cortaba como un cuchillo.
Pero antes de que pudieran acercarse a la casa principal, un brillo metálico desde el porche los detuvo. Un hombre robusto, con una camisa impecable que desentonaba con el entorno y escoltado por dos tipos armados, los esperaba recostado en una camioneta blindada.
—Vaya, vaya... pero si es la pequeña heredera —dijo el hombre, soltando una nube de humo de su cigarro—. Llegas tarde, Elena. Tus abogados ya deberían haberte dicho que estas tierras tienen dueño antes de que pusieras un pie en ellas.
Elena sintió que Caleb se tensaba detrás de ella. La mano del vaquero bajó lentamente hacia la culata de su arma, un movimiento tan fluido que resultó aterrador.
—La señora está en su propiedad, Montoya —la voz de Caleb bajó una octava, volviéndose peligrosamente letal—. Y tú estás invadiendo. Tienes diez segundos para subirte a esa basura de coche antes de que decida que tu cabeza combina mejor con el suelo.
—¿Vas a morir por ella, Sterling? —se burló Montoya, aunque dio un paso atrás—. Sabes perfectamente lo que hay bajo este polvo. Sabes lo que significa "La prueba de fuego". Esta gente tiene un poder inmenso y no tiene escrúpulos. No vas a poder protegerla para siempre.
Montoya hizo una señal a sus hombres y se subieron al vehículo, levantando una cortina de polvo mientras se alejaban. Elena se giró hacia Caleb, temblando de furia y confusión.
—¿De qué estaba hablando? ¿Qué es la "Prueba de fuego"? —le espetó, agarrándolo del brazo—. Tú sabes algo que yo no, Caleb. Me sacaste de la carretera, me trajiste aquí... ¡Dime la verdad!
Caleb la miró, y por primera vez, la frialdad en sus ojos fue sustituida por algo parecido a la advertencia. La tomó por los hombros, apretando lo justo para que ella no pudiera apartarse.
—La verdad es que tu padre no te dejó una propiedad, Elena. Te dejó una sentencia. En algún lugar de esta casa hay un documento que tu familia llamó "La prueba de fuego". Es el título real de estas tierras, pero también la prueba de un crimen que ocurrió hace veinticuatro años. Un crimen que involucra a personas muy poderosas que están dispuestas a todo.
La acercó más, hasta que sus narices se rozaron. El calor del desierto no era nada comparado con la combustión interna que se generó entre ellos en ese segundo.
—Ahora tienes dos opciones —susurró él contra sus labios—. O me das las llaves de lo que quede de esa casa y te largas mientras todavía puedo cubrirte las espaldas... o entramos ahí y aceptamos que a partir de hoy, seremos el objetivo de cada bala en este estado.
Elena miró la casa en ruinas y luego los labios de Caleb. La adrenalina de la persecución se había transformado en algo más pesado, más oscuro. Un deseo de posesión que no tenía sentido, pero que era inevitable.
—No voy a huir —respondió ella, clavando sus dedos en los músculos de sus brazos—. Entremos.