El impacto del proyectil astilló la pesada madera del porche, enviando una lluvia de esquirlas que golpeó contra la ventana. Elena ahogó un grito, pero antes de que el pánico congelara sus músculos, Caleb ya la había derribado al suelo. El cuerpo del vaquero la cubrió por completo, protegiéndola con su propia anatomía mientras el eco de un segundo disparo retumbaba en el cañón.
—Quédate abajo y no te muevas —le ordenó Caleb contra el oído. Su voz ya no era la del hombre que la besaba con urgencia hacía unos segundos; ahora era una orden militar, fría y precisa.
El contacto de su torso desnudo y tenso contra ella se interrumpió de golpe. Elena se quedó presionada contra las tablas del suelo, respirando el polvo que flotaba en el aire, mientras veía a Caleb deslizarse con una agilidad felina hacia la esquina de la ventana. Sus brazos tatuados se movieron con una rapidez milimétrica para tomar el rifle de repetición que descansaba junto a la entrada.
A través del cristal, los faros de dos camionetas todo terreno cortaban la oscuridad del desierto, iluminando el frente de la casona. El motor de los vehículos rugía, manteniendo la presión. Montoya no había venido a dialogar; venía a sitiar su propia casa.
—¡Sterling! —gritó una voz áspera desde el exterior, amplificada por el megáfono de una de las camionetas—. Sabes que la chica no va a salir viva de aquí. Entréganos la libreta y el documento, y tal vez te dejemos montar tu caballo y desaparecer.
Caleb no respondió. Cortó cartucho con un sonido seco que heló la sangre de Elena. Se giró apenas lo suficiente para mirarla a los ojos. En la penumbra, la cicatriz de su pómulo parecía más marcada y su mirada oscura brillaba con una resolución letal.
—¿Sabes usar un arma, Elena? —preguntó en un susurro bajo.
—No... nunca he tocado una —confesó ella, sintiendo que el pasado de la ciudad, sus planos de arquitectura y sus cenas de gala se desvanecían como un espejismo inútil ante la realidad del plomo.
—Entonces vas a aprender el lenguaje del desierto muy rápido.
Caleb se estiró y le tendió una pistola semiautomática de nueve milímetros que sacó de la parte trasera de su cinturón. El metal estaba caliente por el contacto con su piel.
—Si la puerta se abre y no soy yo, apuntas al centro del pecho y presionas esto. No pienses. No dudes. Aquí fuera, el miedo es lo primero que te mata.
Antes de que ella pudiera replicar, Caleb se puso en pie de un salto, utilizando la sombra del marco para asomarse. El rifle en sus manos cobró vida. Dos disparos rápidos y certeros rompieron el parabrisas de la camioneta principal. Los faros se apagaron de golpe tras el estallido, devolviendo la escena a una penumbra caótica iluminada solo por la luna.
Un coro de maldiciones y disparos de respuesta acribilló la fachada de "La Quebrada". Elena se encogió, apretando el arma entre sus manos, sintiendo cómo la adrenalina le encendía las venas. Miró la libreta de su padre sobre la mesa, el detonante de toda esa violencia, y entendió el peso del legado que defendía. Su prometido la había vendido, Montoya quería enterrarla, pero el hombre que disparaba a su lado estaba dispuesto a desafiar al desierto entero por mantenerla a salvo.
Caleb se agachó de nuevo para recargar, los músculos de su espalda limpia moviéndose con una cadencia perfecta, brillantes por el sudor de la batalla. Se giró hacia ella con una sonrisa tensa y peligrosa en los labios.
—Están intentando flanquearnos por el porche trasero —dijo, sus brazos tatuados firmes sobre el arma—. Es hora de ver si esa herencia tuya vale la pena, jefa. Nos movemos ahora.