Elena no lo pensó. Se arrastró por el suelo de madera, apretando la pistola semiautomática contra su pecho mientras el polvo flotaba a su alrededor. El rugido de las camionetas en el frente continuaba, un truco táctico para mantener su atención ahí mientras los hombres de Montoya avanzaban por detrás.
Caleb se deslizó hacia el pasillo que conectaba la estancia con la cocina vieja y el porche trasero. Sus movimientos eran felinos, silenciosos; la luz de la luna que se filtraba por las rendijas de las paredes de madera iluminaba la tensión de sus hombros y la línea perfecta de su espalda limpia, brillante por el esfuerzo. Sus brazos tatuados sostenían el rifle con una fijeza letal.
—Están cerca —susurró Caleb, deteniéndose justo antes de la puerta de madera que daba al patio trasero—. Van a tumbar esa puerta en tres segundos. Prepárate.
Elena miró la entrada trasera, pero sus ojos de arquitecta se desviaron de inmediato hacia la estructura del techo del pasillo. Notó las vigas maestras expuestas, desgastadas por el tiempo, y el pesado puntal de pino que sostenía el marco superior de la puerta de la cocina.
—Caleb, espera —le tomó del antebrazo tatuado, sintiendo la dureza de sus músculos—. No dispares a la puerta. Si entran todos a la vez, nos superarán en número. Mira arriba.
El vaquero alzó la vista, con la mandíbula tensa.
—Esa viga de carga está podrida en la base —explicó Elena a toda velocidad, la adrenalina agudizando su mente técnica—. Si disparas al puntal de apoyo del marco izquierdo, toda la sección de la techumbre colapsará sobre la entrada. Bloquearás el acceso por completo.
Caleb la miró de reojo. Una chispa de fría admiración cruzó sus ojos oscuros. No había tiempo para dudar. La madera de la puerta trasera crujió bajo el primer golpe de una bota desde el exterior.
—Atrás —ordenó él.
Elena se cubrió la cabeza mientras Caleb apuntaba hacia el techo. Dos estallidos ensordecedores sacudieron el pasillo. El impacto de las balas destrozó el puntal debilitado y, de inmediato, un crujido ensordecedor recorrió la estructura. Con un estrépito de rocas, adobe y madera vieja, el techo de la entrada trasera se desplomó en una densa nube de escombros, justo cuando la puerta se venía abajo.
Los gritos de dolor y las maldiciones de los hombres de Montoya quedaron sepultados al otro lado de la barricada de escombros. El acceso trasero estaba completamente sellado.
Al verse atrapados y sin la ventaja del factor sorpresa, los motores de las camionetas todo terreno rugieron en el frente. Los neumáticos derraparon sobre la tierra seca y el ruido de los vehículos empezó a desvanecerse en la inmensidad del desierto. Se retiraban. Habían perdido el primer asalto.
El silencio volvió a instalarse en "La Quebrada", interrumpido solo por el siseo del viento y la respiración agitada de ambos. Elena soltó el aire que contenía, sintiendo que las piernas le fallaban. Se dejó caer sentada contra el muro de piedra de la cocina.
Caleb bajó el rifle, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo. Caminó hacia ella y se acuclilló, invadiendo su espacio con esa presencia imponente que a ella le aceleraba el pulso por motivos muy distintos al miedo. Su torso desnudo estaba a centímetros de su rostro.
—Tienes buen ojo para destruir cosas, arquitecta —dijo él, con una voz baja que vibró en el espacio cerrado.
—Para construir algo fuerte, primero hay que saber dónde están las debilidades —replicó Elena, sosteniéndole la mirada, aunque por dentro temblaba.
Caleb extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, le quitó la pistola de las manos. Sus dedos callosos rozaron los de ella, enviando una descarga eléctrica por su piel. Guardó el arma en su cinturón, pero no se alejó. Se inclinó un poco más, y sus ojos oscuros descendieron a los labios de Elena antes de fijarse en su mirada.
—Hiciste que se tragaran el polvo hoy, pero Montoya va a volver con herramientas pesadas. Ha bloqueado los caminos al pueblo; nadie te va a vender materiales para levantar lo que tiramos.
Elena enderezó la espalda, negándose a mostrarse indefensa ante el hombre que, a pesar de haberla salvado, seguía siendo un misterio absoluto. Sabía que su ex-prometido la buscaba en la ciudad y que Caleb ocultaba sus propias cartas.
—Entonces usaremos las piedras del cañón y la madera que queda, Caleb. Reconstruiremos esta casa como una fortaleza. Y si Montoya quiere "La prueba de fuego", va a tener que derribar mis muros primero.
Caleb la observó durante un largo segundo. Una sonrisa tensa, cargada de peligro y un deseo latente, asomó en su rostro.
—Empezamos al amanecer, jefa. Espero que tus manos de ciudad aguanten el peso de la piedra.