Horizonte de Pecado

Capítulo 7—EL PACTO DE LA CANTERA

El eco de las últimas palabras de Caleb se desvaneció en el aire espeso de la cocina vieja, pero la tensión entre los dos se quedó flotando, pesada y magnética. Elena sostuvo la mirada del vaquero, con la espalda apoyada contra el muro de piedra, sintiendo el calor que el torso desnudo de él seguía desprendiendo a escasos centímetros de su rostro. Sus brazos tatuados, aún tensos por el manejo del rifle, enmarcaban una presencia que la hacía sentir acorralada, pero extrañamente viva.

​Caleb se incorporó con lentitud, rompiendo la cercanía física pero sin apartarle los ojos de encima. Caminó hacia la estancia principal, donde la luz de la luna se filtraba de manera caótica a través de los agujeros que los proyectiles de Montoya habían dejado en la fachada de madera. Elena lo siguió, pisando con cuidado las astillas y el polvo de adobe que cubrían el suelo.

​Al ver la casona bajo la fría claridad de la noche, la magnitud del desastre la golpeó en el pecho. El porche estaba semi destruido y el humo blanco de la pólvora aún flotaba en los rincones. Su mente de arquitecta, acostumbrada a la pulcritud de los planos y el orden de la gran ciudad, intentó buscar una estructura lógica en medio de la ruina, pero la realidad era brutal: "La Quebrada" era vulnerable.

​—No vamos a llegar al amanecer para picar piedra, Elena —soltó Caleb de golpe, dándole la espalda mientras limpiaba el cañón de su rifle. La rudeza limpia de su musculatura se contrajo con el movimiento—. Te lo dije para probar tu orgullo, pero la verdad es que si nos quedamos aquí a jugar a los albañiles, Montoya nos va a quemar vivos en la próxima emboscada. Tiene el pueblo comprado y los caminos bloqueados. No vas a conseguir cemento, ni vigas, ni hombres que quieran morir por un salario.

​Elena se cruzó de brazos, negándose a mostrar el miedo que le recorría las venas. Recordó por qué había huido de la ciudad tres días antes de su boda; su ex-prometido la había utilizado para firmar contratos falsos y la policía de la ciudad la buscaría tarde o temprano si salía de la frontera. Estaba atrapada entre dos fuegos.

​—No me voy a rendir, Caleb —replicó, con una dignidad de hierro que hizo que el vaquero se girara despacio para mirarla—. Mi vida en la ciudad está destruida y este rancho es lo único que me queda. Sé que "La prueba de fuego" está escondida en estas paredes, y ese documento es lo único que puede demostrar mi inocencia y hundir a mi ex. Si no podemos construir una fortaleza con piedras hoy, dime qué cartas tienes tú en este juego. Porque sé que no estás aquí solo por la promesa que le hiciste a mi padre.

​Caleb entornó sus ojos oscuros, y la fina cicatriz de su pómulo izquierdo se tensó. Dejó el arma a un lado y avanzó hacia ella con pasos pausados, felinos, obligando a Elena a retroceder hasta que sus caderas chocaron contra la mesa de madera de la estancia. Él se inclinó, acorralándola con sus brazos tatuados apoyados a cada lado de su cuerpo. El aroma a cuero, sudor y desierto que emanaba de su piel limpia la envolvió por completo, acelerándole el pulso por motivos que no tenían nada que ver con el peligro exterior.

​—Hay una sola salida legal para frenar a Montoya, ganar el tiempo que necesitas para buscar esa libreta y reconstruir este imperio —susurró Caleb, su voz áspera rozando los labios de ella—. En esta frontera, las leyes de propiedad son viejas y brutales. Si un terrateniente local con mi historial de armas se declara dueño de la mitad de estas tierras, Montoya no puede expropiarlas ni atacarlas sin desatar una investigación federal que destruiría sus negocios.

​Elena parpadeó, intentando asimilar sus palabras en medio de la neblina de deseo y desconfianza que los envolvía.

​—¿Y cómo vas a ser el dueño si la herencia es mía?

​Caleb esbozó una sonrisa de lado, tensa y peligrosamente posesiva.

​—Casándote conmigo, arquitecta —soltó sin rodeos—. Un matrimonio express en el juzgado del pueblo mañana a primera hora. Tú me firmas el cincuenta por ciento del rancho y el acceso a lo que descubras de "La prueba de fuego" para cobrarme mis propias cuentas con Montoya. A cambio, yo te doy mi apellido, mi protección y mis armas.

​La propuesta cayó como una bomba entre los escombros. Elena sintió un vuelco en el estómago.

​—¿Un matrimonio de conveniencia? —preguntó en un susurro, buscando alguna grieta en la máscara indescifrable del vaquero—. Tendríamos que fingir ante todos.

​—Frente al pueblo seremos los recién casados más apasionados de la frontera —aseguró Caleb, sus ojos negros fijos en los de ella—. Nos mudaremos temporalmente al pueblo o al rancho de algún aliado mientras limpiamos este desastre. Tendremos que dejarnos ver juntos, convivir, actuar como si estuviéramos locos el uno por el otro. Pero en privado... tú te quedas de tu lado de la cama y yo del mío. No confío en ti, Elena, y sé que tú no confías en mí. Pero nos necesitamos para sobrevivir. ¿Tenemos un trato, jefa?

​Elena miró la madera quemada, el metal de la pistola en el suelo y luego el pecho imponente de Caleb, sintiendo una atracción tan oscura como el peligro que los acechaba. Extendió su mano clara hacia la mano tatuada del vaquero.

​—Tenemos un trato, esposo —sentenció.

​Caleb le apretó la mano con fuerza, sellando el pacto. El juego de apariencias en el pueblo acababa de comenzar.




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