Horizonte de Pecado

CAPÍTULO 8 — EL JUEGO DE LAS APARIENCIAS

El amanecer en el pueblo fronterizo de San Ignacio no aliviaba el calor, solo lo vestía de un polvo dorado que se pegaba a la garganta. El juzgado local era una estructura de adobe y madera crujiente que olía a papel viejo y tabaco amargo.

​Elena firmó el acta matrimonial con un pulso extrañamente firme para alguien que acababa de entregarle la mitad de su único patrimonio a un hombre que apenas conocía. El juez, un anciano de bigote ralo y mirada aburrida, selló el documento con un golpe seco que retumbó en las paredes.

​—Felicidades, señor y señora Sterling —dijo el viejo sin una pizca de entusiasmo—. Que el desierto les tenga piedad.

​Elena miró el papel y luego al hombre a su lado. Caleb vestía una camisa de mezclilla oscura que ocultaba la rudeza limpia de su torso, pero cuyas mangas enrolladas dejaban al descubierto sus brazos tatuados. La tinta negra parecía brillar bajo la luz mortecina de la oficina. Él no sonrió; se limitó a doblar el documento, guardarlo en el bolsillo de su pecho y clavar sus ojos oscuros en ella.

​—Ya está hecho, jefa. Ahora viene la parte difícil —susurró, tomándola del brazo con una firmeza posesiva que pretendía ser afectuosa para cualquiera que los viera desde fuera.

​Al salir a la calle principal, el contraste fue inmediato. San Ignacio no era una ciudad; era un hervidero de arrieros, camionetas todo terreno y miradas curiosas. Caleb la guio hacia la "Pensión del Norte", una gran casona de dos plantas con un patio central que servía de hostal para los terratenientes que bajaban de las colinas. Era el único lugar seguro mientras planeaban cómo reconstruir "La Quebrada" sin ser acribillados en el intento.

​—Nos quedaremos en la suite del segundo piso —anunció Caleb al encargado del registro, levantando la voz lo suficiente para que los hombres que bebían café en la entrada escucharan—. Mi esposa necesita descansar después del susto de anoche.

​Elena contuvo el aire. El perfume caro que traía de la ciudad se mezclaba con el olor a sudor y cuero de la calle, haciéndola sentir como un cisne en un estanque de fango. Se mantuvo erguida, con la barbilla en alto, ignorando los murmullos de las mujeres del pueblo que la devoraban con la mirada.

​—Vaya, vaya. Así que los rumores eran ciertos.

Una voz femenina, melodiosa, pero cargada de un veneno sutil, cortó el aire desde el porche de la pensión.

​Elena se giró y se topó con una mujer de cuerpo voluptuoso, piel perfectamente bronceada por el sol de campo y una gruesa trenza de cabello rubio oscuro que caía sobre su hombro. Vestía jeans ajustados, una camisa de lino impecable y botas de piel de cocodrilo. Se movía con la absoluta seguridad de quien es dueña del suelo que pisa.

​La desconocida ignoró por completo a Elena y clavó sus ojos verdes en Caleb, avanzando con una familiaridad que le revolvió el estómago a la arquitecta.

​—Caleb, querido. Todo el pueblo habla de que defendiste "La Quebrada" a tiros anoche, pero no pensé que el pago por tus servicios fuera una boda de urgencia —la mujer soltó una risa seca, barriendo a Elena de arriba abajo con una mirada de absoluta superioridad—. ¿Esta es la famosa heredera de la ciudad de la que todos hablan? Ten cuidado, Caleb. Esas manos tan blancas no sirven para sostener las riendas de este lugar, y mucho menos para mantener a un hombre como tú. En el desierto, la seda se rasga muy rápido.

​Elena tragó saliva, sintiendo el impacto del desprecio extranjero, pero antes de que pudiera abrir la boca, la voz áspera y baja de Caleb cortó la distancia. Su brazo tatuado se tensó alrededor de la cintura de Elena.

​—Mide tus palabras, Martina —advirtió Caleb, con una frialdad que congeló el ambiente. Luego, miró de reojo a Elena, con la mandíbula apretada—. Elena, ella es Martina Alvarenga. La hija del dueño de "El Relicario". Crecimos juntos antes de que yo me fuera al ejército.

​Martina sonrió con malicia, disfrutando el momento.

​—Así es, preciosa. Sé perfectamente qué tipo de mujer necesita Caleb, y te aseguro que una que se asusta con el polvo no está en la lista.

​Elena sintió que el orgullo le ardía en las venas. Ahora que sabía exactamente contra quién estaba lidiando —una rival del pasado que intentaba marcar territorio—, dio un paso al frente, zafándose sutilmente del agarre de Caleb, pero invadiendo el espacio de Martina con la elegancia innata de su educación de clase alta.

​—La seda puede ser delicada, señorita Alvarenga, pero tiene una resistencia que el cuero común nunca entenderá —replicó Elena, con una sonrisa gélida y unos ojos avellana que brillaron como el oro bajo el sol—. Y como arquitecta, le aseguro que sé perfectamente qué cimientos son los que valen la pena sostener. Mi esposo y yo tenemos mucho trabajo que hacer en nuestras tierras. Así que, si nos disculpa...

​Caleb entornó los ojos, sorprendido por la lengua afilada de su ahora esposa. Un destello de fría diversión cruzó su rostro de facciones duras. Con un movimiento lento, volvió a rodear la cintura de Elena, pegando el cuerpo esbelto de ella contra su costado, haciéndole frente a Martina.

​—Dile a tu padre que "La Quebrada" ahora tiene dos dueños, Martina —sentenció el vaquero—. Y que yo no comparto lo que es mío.

El rostro de Martina se mudó por completo, sus labios dibujando una línea tensa.




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