Horizonte de Pecado

CAPÍTULO 9 —EL PRECIO DEL RECLAMO

El silencio que cayó sobre la calle principal de San Ignacio fue tan denso que el crujido de las botas del Coronel Héctor Garza sobre la tierra seca sonó como una provocación directa. Elena sintió la rigidez absoluta en el cuerpo de Caleb. El brazo del vaquero se cerró en torno a su cintura con una fuerza de acero, pegando el cuerpo esbelto de ella contra su costado. Su pecho, amplio y tenso, vibraba contra el hombro de Elena con cada respiración contenida, como un depredador a punto de atacar.

​Héctor Garza acortó los últimos metros de distancia, sosteniendo su sombrero de alta gama contra el pecho. Sus ojos claros devoraban el rostro de Elena con una mezcla de sorpresa y fascinación refinada, ignorando por completo la mirada de piedra que Caleb le clavaba desde la sombra.

​—¿Elena? —repitió Héctor, con esa voz modulada y educada que a ella le evocó de inmediato los exclusivos eventos benéficos y las cenas de gala de la capital—. Todavía me cuesta creerlo. Cuando escuché los rumores de que una arquitecta de la ciudad había heredado "La Quebrada", pensé en cualquier persona menos en ti. No imaginé encontrarte tan lejos de la comodidad de la ciudad... y mucho menos bajo el sol de esta frontera.

​Elena tragó saliva, sintiendo que el pasado la alcanzaba en el lugar menos pensado. Ella recordaba a Héctor; se habían cruzado un par de veces en reuniones de negocios en la capital debido a las influencias de su ex-prometido, aunque nunca habían llegado a entablar una amistad. Pero ver un rostro conocido de su antigua vida, justo ahora que venía huyendo de un fraude legal, la descolocó por completo.

​Antes de que pudiera articular palabra, sintió la violenta reacción del hombre que la sostenía.

​Caleb dio un medio paso hacia el frente, interponiendo la anchura de sus hombros entre el Coronel y Elena, rompiendo la línea de visión de Héctor de forma abrupta. La cercanía física de Caleb la envolvió en su aroma a cuero, tabaco y esa calidez ruda que emanaba de su piel limpia bajo la camisa de mezclilla.

​—Garza —masulló Caleb. Su voz bajó a una octava tan fría y áspera que helaba la sangre—. No estás en tus tierras. ¿Qué te trae por el pueblo?

​El Coronel no se inmutó ante la evidente amenaza. Con una sonrisa ladina, regresó el sombrero a su cabeza y miró a Caleb con una cortesía gélida, manteniendo la distancia.

​—Solo negocios, Sterling. Aunque veo que tú has hecho el mejor negocio de tu vida —Héctor ladeó el cuerpo sutilmente para esquivar el bloqueo de Caleb, buscando de nuevo los ojos avellana de Elena—. Elena... o debería decir, señora Sterling, según lo que murmuran en el juzgado. Es una verdadera lástima que hayas cambiado los salones de la capital por el polvo de este lugar. Precisamente estoy buscando a alguien con tu brillante mente arquitectónica para rediseñar el casco principal de mi hacienda, "Las Cruces". Un proyecto imponente, digno de alguien de tu clase.

​Héctor dio un paso más, extendiendo su mano hacia ella, ignorando la barrera física del vaquero.

​—Me gustaría mucho que aceptaras una cena en mi propiedad para discutir los planos, Elena. Por los viejos tiempos en la ciudad. Por supuesto, tu... capataz puede acompañarte si le preocupa la seguridad del camino.

​El insulto sutil, rebajando al nuevo esposo a la categoría de un simple guardaespaldas de campo mientras presumía conocerla de antes, cayó como una chispa en un barril de pólvora.

​Elena sintió el pulso acelerado de Caleb golpear con fuerza contra su propia costilla. La provocación de Héctor, al hablarle con tanta familiaridad a su mujer, desató los celos más primitivos y territoriales del vaquero. Los músculos de sus brazos tatuados se tensaron al máximo y dio un paso completo hacia el frente, acortando la distancia con el Coronel hasta quedar a un suspiro de iniciar una tragedia en plena calle. La mandíbula de Caleb estaba tan apretada que la cicatriz de su pómulo izquierdo se volvió blanca.

​—Ella no es mi empleada, Garza. Es mi esposa —sentenció Caleb, su voz vibrando con una violencia contenida que hizo que los arrieros que observaban desde el porche de la cantina se enderezaran de golpe—. Y no necesita tus contratos, ni tus cenas, ni tus malditos recuerdos de la ciudad. Todo lo que ella vaya a diseñar y construir, lo va a hacer en mis tierras. Ahora, quítate del camino antes de que decida enseñarte cómo resolvemos las cosas los hombres de campo.

​Héctor Garza sostuvo la mirada oscura de Caleb por tres segundos eternos, midiendo fuerzas en un silencio electrizante, antes de dar un paso atrás, manteniendo esa sonrisa impecable que no presagiaba nada bueno.

​—El desierto es grande, Sterling, pero los caminos siempre se cruzan —dijo el Coronel, mirando a Elena por última vez con una inclinación de cabeza—. Nos veremos pronto, arquitecta. Disfruta el pueblo.

​Caleb no esperó a que terminara de hablar. Tomó a Elena de la mano con un agarre firme, casi posesivo, y la arrastró literalmente hacia el interior de la "Pensión del Norte", azotando la pesada puerta de madera tras de ellos con un golpe que sacudió los cristales del vestíbulo.

​La guio escaleras arriba a pasos rápidos, sin soltarla, ignorando al encargado que los miraba con los ojos abiertos de par en par. Cuando cruzaron el umbral de la suite del segundo piso, Caleb cerró el cerrojo y se giró hacia ella con una furia ciega.

​Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa de mezclilla, revelando el inicio de su pecho limpio y bronceado, agitado por la rabia. Sus ojos negros ardían.




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