Horizonte de Pecado

CAPÍTULO 10 —LA LÍNEA INVISIBLE

La cercanía de Caleb era un castigo físico. Elena podía sentir la vibración de su rabia contenida en cada milímetro de la madera contra la que estaba atrapada. Las manos del vaquero, apoyadas a los lados de su cabeza, cercaban cualquier ruta de escape, mientras su pecho agitado subía y bajaba, rozando casi el encaje de su blusa de seda.

​Ella obligó a sus ojos avellana a sostenerle la mirada, negándose a parpadear, aunque el olor a desierto, tabaco y piel caliente que emanaba de él le estaba nublando el juicio.

​—¿Me estás reclamando por un hombre al que apenas saludé en la capital, Caleb? —preguntó ella, forzando una voz firme que ocultara el galope salvaje de su corazón—. Te recuerdo que firmamos un papel para salvar mi pellejo y darte a ti el control legal que necesitabas contra Montoya. No te firmé mi libertad.

​Caleb entornó los ojos, y la fina cicatriz de su pómulo izquierdo se tensó de una manera peligrosa. Se inclinó un poco más, rompiendo la última barrera de espacio personal entre los dos. Su aliento rozó la comisura de los labios de Elena, provocándole un escalofrío que recorrió toda su columna.

​—En esta frontera, jefa, la libertad es un lujo que se paga con plomo —susurró él, su voz áspera vibrando como un rugido sordo—. Garza no es un simple niño rico de la ciudad. Juega a ser un caballero, pero maneja las rutas de contrabando de la mitad del estado. Si te miró de esa forma, no es por cortesía del pasado; es porque vio tu debilidad. Sabe que estás huyendo y vio la oportunidad de usarte para meterse en mis tierras.

​Elena tragó saliva, procesando la información. La mente estratégica de la arquitecta se activó de inmediato, analizando el nuevo plano del tablero. San Ignacio no era solo un pueblo hostil; era un nido de víboras donde cada hombre tenía un precio y una agenda oculta.

​—¿Y tú? —desafió ella, plantando sus manos sobre el pecho del vaquero para mantener una mínima distancia. La dureza de sus músculos bajo su palma la quemó—. ¿Me defiendes de él por el rancho... o porque te dolió el orgullo ver que alguien de mi mundo me hablaba con una familiaridad que tú no tienes?

​Caleb se quedó helado por un segundo. Sus ojos negros descendieron a las manos de Elena sobre su pecho, y luego regresaron a sus labios con una fijeza que hizo que la tensión erótica en la habitación se volviera casi insoportable. Una sonrisa ladina, cargada de una posesividad oscura, asomó en sus facciones duras.

​—Tu mundo ya no existe, Elena —sentenció él, bajando una de sus manos desde la madera de la puerta para delinear la línea de su mandíbula con la yema del pulgar, un toque áspero y deliberadamente lento—. Ahora estás en el mío. Y en mi mundo, cuando un lobo marca su territorio, los demás dan un paso atrás.

​Él se alejó de golpe, rompiendo el hechizo que la mantenía sin aliento. Caminó hacia la ventana de la suite, apartando la cortina vieja para vigilar la calle principal del pueblo. La luz del mediodía bañaba la rudeza de su espalda, destacando el contraste con la tinta negra que bajaba por sus brazos.

​Elena respiró hondo, acomodándose la ropa, sintiendo que el aire de la habitación volvía a sus pulmones.

​—Si Garza es tan peligroso como dices, rechazar su oferta de trabajo de forma tan violenta solo nos pondrá una diana más grande en la espalda —dijo ella, cruzándose de brazos—. Como arquitecta, reconstruir "La Quebrada" va a requerir materiales que Montoya tiene bloqueados. Garza me ofreció un contrato en su hacienda. Podríamos usar eso a nuestro favor... jugar su juego para conseguir lo que necesitamos.

​Caleb se giró despacio. Su mirada ya no era de furia pura, sino de una evaluación fría y calculadora.

​—¿Quieres meterte en la boca del lobo por unos sacos de cemento, arquitecta?

​—Quiero sobrevivir, Caleb. Y para construir una fortaleza, a veces hay que usar las piedras del enemigo.

​Caleb la observó en silencio durante un largo pasaje, miendo la audacia de la mujer que tenía enfrente. Había dejado de ser la chica asustada de la cueva; el desierto ya empezaba a endurecer sus bordes.

​—Mañana por la noche es la cena de la Asociación de Ganaderos en la taberna central del pueblo —anunció Caleb, guardando las manos en los bolsillos de sus jeans—. Montoya estará ahí. Martina y su padre estarán ahí. Y Garza también. Todo el mundo espera ver si nuestro matrimonio es real o una farsa legal para proteger tus tierras.

​Caleb caminó hacia la mesa donde descansaban las llaves de la suite y la miró de reojo.

​—Consigue un vestido que esté a la altura de esa seda que tanto defiendes, jefa. Porque mañana por la noche vas a tener que colgarte de mi brazo y convencer a esta frontera de que te mueres por mí. Y si Garza se acerca... más vale que tu actuación sea perfecta.




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