La taberna central de San Ignacio parecía un hervidero esa noche. El repiqueteo de las espuelas, el olor a tabaco fuerte, el destilado de agave y el murmullo denso de los terratenientes inundaban el aire bajo las pesadas vigas de madera. Para la Asociación de Ganaderos, esa cena no era un festejo; era el termómetro de poder de la frontera. Y todos los ojos apuntaban a la entrada.
Cuando las puertas dobles se abrieron, el bullicio flaqueó por un segundo.
Elena entró colgada del brazo de Caleb, sosteniendo la respiración pero con la barbilla en alto. Se había esmerado en su apariencia; vestía un vestido de seda entallado de color verde esmeralda que rescató de su equipaje, una prenda que contrastaba brutalmente con el ambiente rústico, delatando su procedencia de la capital. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros y sus ojos avellana brillaban con una fijeza dorada.
A su lado, Caleb se veía imponente. Llevaba una camisa negra de algodón de alta calidad ajustada a su anatomía y un sombrero oscuro de copa baja. Las mangas, enrolladas con precisión hasta los codos, dejaban a la vista la tinta oscura de sus brazos, rompiendo la sobriedad de su porte con ese aire de peligro que siempre lo acompañaba.
—Sonríe, jefa —susurró Caleb cerca de su oído, su aliento rozándole la mejilla mientras apretaba el brazo de ella contra su costado—. Hay al menos cinco hombres de Montoya mirándonos desde la barra. Hazles creer que te mueres por mí.
Elena forzó una sonrisa perfecta, ladina, y lo miró a los ojos con una intensidad que, de no ser por la desconfianza que los dividía, habría parecido adoración pura.
—Sé hacer mi trabajo, esposo —le devolvió en el mismo tono bajo—. Asegúrate de hacer el tuyo.
Caleb guio a Elena hacia una de las mesas principales, abriéndose paso entre la multitud que se apartaba con una mezcla de respeto y recelo. Sin embargo, antes de que pudieran tomar asiento, una risa estridente y conocida rompió la música de fondo.
Martina Alvarenga apareció desde el sector VIP, del brazo de su padre, el viejo cacique de "El Relicario". Martina lucía un vestido de satén rojo, botas altas de cuero labrado y joyas de plata que tintineaban con cada movimiento. Su mirada verde se clavó en el vestido de Elena con un desprecio inmediato.
—Pero miren qué delicadeza —soltó Martina, deteniéndose a un par de pasos, alzando su copa de cristal—. Pensé que veníamos a una reunión de negocios de campo, Sterling, no a un desfile de modas de la capital. Ten cuidado de no derramar el aguardiente sobre esa seda, preciosa. Sería una lástima que arruinaras lo único valioso que trajiste contigo.
Elena no retrocedió. Sosteniendo la copa que un mesero le acababa de ofrecer, dio un paso al frente, liberándose sutilmente del brazo de Caleb para encarar a la mujer.
—El valor de una persona no lo define la ropa, señorita Alvarenga, sino la capacidad de mantenerse firme en cualquier terreno —replicó Elena con una voz gélida, modulada y perfecta—. La seda se limpia con facilidad, pero la mala educación suele dejar manchas permanentes. Buenas noches.
Un murmullo de sorpresa recorrió las mesas cercanas. El padre de Martina carraspeó, incómodo, mientras el rostro de la rubia se encendía de una furia roja. Caleb dio un paso detrás de Elena, cruzando los brazos sobre su pecho, observando la escena con una chispa de fría diversión y orgullo mal disimulado en sus ojos oscuros.
Antes de que Martina pudiera replicar, la silueta impecable del Coronel Héctor Garza emergió de la penumbra, vistiendo un traje de lino oscuro que denotaba su estatus superior. Su mirada ignoró por completo el drama de Martina y se posó directamente en Elena, iluminándose con un interés desmedido.
—Elena... estás espectacular. Sabía que tu presencia iluminaría este lugar, pero esto supera cualquier expectativa —dijo Héctor, dándole la espalda a Martina y deteniéndose frente a la arquitecta. Se quitó el sombrero con elegancia y le tendió la mano—. El desierto te sienta bien, aunque sigo pensando que es un desperdicio que no estés diseñando los planos de "Las Cruces". Mi oferta de trabajo sigue en pie. Y mi mesa está disponible para ti toda la noche.
El ambiente se volvió instantáneamente eléctrico.
Elena sintió la violenta mutación en el aire detrás de ella. Caleb avanzó, interponiéndose de inmediato en el espacio entre Héctor y Elena. Su enorme estatura obligó al Coronel a levantar la mirada. La mandíbula del vaquero estaba tan rígida que la cicatriz de su pómulo se tensó por completo, y una furia primitiva, puramente territorial, emanó de su cuerpo.
—Ya te lo advertí ayer, Garza —masulló Caleb, su voz bajando a un susurro tan áspero y letal que los hombres de la barra guardaron silencio—. Mi esposa no va a tu hacienda, no necesita tus contratos y no va a sentarse en tu mesa. No me obligues a resolver esto de otra manera frente a toda la Asociación.
Héctor Garza sostuvo la mirada furiosa del vaquero, manteniendo una sonrisa desafiante que demostraba que el pasado que compartía con la capital no iba a ser fácil de borrar. El triángulo de tensión estaba cerrado, y la cena apenas comenzaba.