Horizonte de Pecado

Capítulo 12—Líneas de fuego

El Coronel Garza no bajó la mano de inmediato; la retiró despacio, acomodándose el puño del saco con una parsimonia que solo aumentó la furia contenida de Caleb.

​—Estás muy tenso, Sterling. Cualquiera diría que tienes miedo de que tu esposa recuerde cómo es la vida con un hombre que sabe usar los cubiertos —soltó Héctor, con un tono arrastrado que buscaba herir el orgullo del vaquero.

​—Sé usar las manos para lo que hace falta, Garza. Y aquí fuera, eso suele ser más útil —le devolvió Caleb, dando un paso más, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaron.

​Elena intervino antes de que la sangre llegara al río. No podía permitirse un tiroteo en medio de la cena de ganaderos si quería usar esa noche para conseguir aliados o información. Con un movimiento grácil, deslizó su mano sobre el hombro de Caleb, sintiendo los músculos de su espalda duros como la cantera.

​—Agradezco el interés profesional, Coronel —interfirió Elena, inyectando un frío refinamiento en su voz que hizo que ambos hombres se detuvieran—. Pero mi prioridad absoluta en este momento es el diseño y la reconstrucción de "La Quebrada". Como comprenderá, mi esposo y yo tenemos agendas muy apretadas.

​Héctor la observó fijamente, buscando alguna grieta en la fachada de la señora Sterling. Al no encontrarla, hizo una breve inclinación con el sombrero.

​—Una lástima. Pero la construcción en este desierto requiere materiales que no se consiguen con facilidad, Elena. Si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme.

​Con una última mirada calculadora dirigida a Caleb, el Coronel se dio la vuelta y avanzó hacia la zona preferencial, dejando tras de sí un rastro de agua de colonia cara que se disipó de inmediato bajo el olor a tabaco de la taberna.

​Martina, que había presenciado toda la escena con los labios apretados, soltó un bufido despectivo.

​—Disfruta tu noche de reina, mosquita muerta —le siseó a Elena al pasar por su lado, arrastrando a su padre hacia otra sección del local—. El desierto siempre termina tragándose lo que no pertenece aquí.

​Cuando por fin se quedaron relativamente solos en la periferia de la barra, Caleb se giró hacia Elena. Su mirada seguía oscura, cargada de una adrenalina que no se había enfriado. Le tomó la mano con firmeza, guiándola hacia una mesa en el rincón más apartado de la taberna, lejos de las luces principales.

​—Estuviste bien con Martina —admitió él, su voz bajando a ese tono áspero que a ella siempre le erizaba la piel—. Pero con Garza jugaste con fuego. Te advertí que ese imbécil no da pasos sin huarache.

​—Hice lo que me pediste, Caleb. Actué —replicó ella en un susurro, acomodándose la seda verde del vestido al sentarse—. Además, tiene razón en algo. Si Montoya tiene bloqueados los accesos al pueblo, Garza es el único que mueve trenes de carga con acero y cemento desde la capital. Necesitamos sus materiales si queremos que "La Quebrada" vuelva a tener muros.

​Caleb se inclinó sobre la mesa rústica, obligando a Elena a mantener el contacto visual. Su cercanía volvió a encender esa corriente eléctrica que los consumía en la intimidad de la pensión.

​—Yo me encargo de los materiales, jefa. Tú encárgate de buscar esa libreta de tu padre. Porque si Garza o Montoya descubren lo que realmente oculta esa herencia antes que nosotros, ni mi apellido ni mis armas van a poder salvarte.

​Antes de que Elena pudiera replicar, el murmullo de la taberna disminuyó notablemente. En el extremo opuesto del salón, custodiado por tres hombres con las manos sospechosamente cerca de las chaquetas, un hombre mayor, de rostro surcado por los excesos y ojos implacables, acababa de hacer su entrada.

​Era Montoya. Y traía la mirada fija en la mesa de los recién casados.




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