Horizonte de Pecado

CAPÍTULO 12 - EL PESO DE LA FRONTERA

Montoya avanzó por el centro de la taberna con la parsimonia de un terrateniente que se sabe dueño de las vidas y las tierras de San Ignacio. El ruido de sus botas pesadas marcaba un compás siniestro en el repentino silencio del lugar. Vestía una chamarra de cuero desgastada y un sombrero tejano que le ensombrecía la mitad del rostro, dejando al descubierto una sonrisa torcida, llena de una malicia calculadora. Sus tres escoltas se abrieron en abanico detrás de él, manteniendo las manos firmes sobre las culatas de sus armas.

​Caleb no se movió de su silla, pero Elena sintió la transformación instantánea en su postura. Sus hombros se ensancharon bajo la camisa negra y sus dedos se cerraron alrededor del vaso de aguardiente con una fuerza contenida. La tensión que había dejado la disputa con el Coronel Garza se evaporó, reemplazada por un frío letal.

​Montoya se detuvo a dos pasos de la mesa, apoyando ambas manos en el respaldo de una silla vacía. Miró a Caleb y luego desvió sus ojos amarillentos hacia Elena, barriendo la seda verde esmeralda de su vestido con un descaro que la hizo tensar la mandíbula.

​—Sterling —saludó el viejo cacique, su voz ronca sonando como grava arrastrada por el viento—. Escuché que hubo ruido en "La Quebrada" anoche. Un colapso de techumbre, me dijeron. Qué lástima. Esas estructuras viejas no aguantan el peso del desierto.

​—La techumbre aguantó lo suficiente para enterrar a las alimañas que intentaron meterse por detrás, Montoya —devolvió Caleb, su voz bajando a un tono tan liso y carente de emoción que cortaba el aire—. Y la casona sigue en pie. Al igual que yo.

​Montoya soltó una carcajada ronca que no llegó a sus ojos.

​—Siempre tan rudo, muchacho. Igual que en tus tiempos de uniforme —el viejo inclinó el cuerpo hacia el frente, clavando la mirada en Elena—. Pero veo que el accidente no les quitó las ganas de celebrar. Todo el pueblo habla de la boda express en el juzgado. No sabía que las mujeres de la capital se conformaran con tan poco, señorita Vance.

​—Señora Sterling —corrigió Elena de inmediato, sosteniéndole la mirada con una frialdad que sorprendió al mismísimo Caleb. Sus ojos avellana brillaron bajo la luz de los candiles de la taberna—. Y en la capital apreciamos el valor de las propiedades legítimas, señor Montoya. Mi padre me enseñó que lo que se hereda con derecho de sangre no se cede ante los ladrones de caminos.

​Los hombres de Montoya dieron un paso al frente, pero el viejo los detuvo con un leve gesto de la mano. La sonrisa de su rostro desapareció, dejando al descubierto las líneas duras de la crueldad.

​—El derecho de sangre no sirve de nada si la tierra se traga los cuerpos, muchacha —siseó Montoya, su tono perdiendo toda la falsa cortesía—. Disfruten su noche de bodas. Pasen tiempo en el pueblo, gasten su dinero en la pensión. Porque les juro por la memoria de tu padre que no van a levantar un solo muro en "La Quebrada". Esa cantera me pertenece, y nadie en esta frontera va a cruzar mis líneas para venderles un saco de cal.

​Caleb se puso en pie con una lentitud tortuosa. Su imponente estatura obligó a Montoya a dar un medio paso atrás. El vaquero no buscó su arma, pero la forma en que sus brazos tatuados se mantuvieron listos a los costados de su cuerpo dejó claro que estaba a un segundo de romperle el cuello al viejo.

​—Ya firmé los papeles, Montoya —sentenció Caleb, cada palabra cayendo como un golpe de mazo—. La mitad de esa tierra es mía por ley. Si tus hombres vuelven a pisar el perímetro de mi rancho, no usaré balas de advertencia. Te los voy a mandar de regreso en la parte trasera de tus propias camionetas. Ahora, lárgate de mi mesa.

​Montoya sostuvo la mirada de Caleb durante un instante eterno. Sabía que un enfrentamiento directo en medio de la Asociación de Ganaderos destruiría la tregua política que mantenía con el Coronel Garza y el padre de Martina. El viejo dio un paso atrás, ajustándose el sombrero con un movimiento seco.

​—Nos vemos en los caminos, Sterling —amenazó el cacique antes de dar la vuelta y salir de la taberna escoltado por sus hombres.

​El bullicio de la estancia tardó en regresar. Elena soltó el aire, sintiendo que el pulso le rebotaba en las sienes. Caleb se giró hacia ella, su rostro de piedra iluminado por la urgencia. Le tomó la mano con un agarre que ya no tenía nada de ficticio.

​—Nos vamos —ordenó el vaquero—. El juego de las apariencias terminó por hoy. Ahora saben que estamos juntos en esto, y la noche se va a poner peligrosa.

​Elena asintió de inmediato, dejando que Caleb la guiara a paso rápido hacia la salida, sintiendo las miradas de Martina y del Coronel Garza grabadas en sus espaldas mientras cruzaban el umbral hacia la oscuridad del pueblo.




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