Horizonte prohibido

Capítulo 1. Herida Abierta.

Año 1248 tras la Fragmentación.

Desde el fin de la Fragmentación, cada noche Galerna revivía en sueños el instante en que La Estrella se desvaneció en un último estallido de fulgor. Sentía de nuevo el temblor del suelo bajo sus pies, idéntico al de aquel día, y el eco de aquel latido final seguía vibrando en sus oídos, como un zumbido atrapado en lo más hondo de sus tímpanos. A veces, en la oscuridad de sus pensamientos, se preguntaba si alguna vez escaparía de aquel espectro o si cargaría con el peso del desastre por toda la eternidad.

Y, como cada día al amanecer, un destello interrumpió su tormento: Raimei, uno de los fragmentos de La Estrella, iluminaba Xishen desde lo alto de la pirámide. Su luz era tenue, pero suficiente para consolar a su angustiado corazón. Sabía que sin estos fragmentos, las islas no podrían sustentar vida y se descompondrían lentamente.

Galerna inspiró hondo, llenando sus pulmones del aire frío de la montaña, como si pudiera ahogar en él los pensamientos que la asediaban. No. No podía permitirse pensar en el colapso, no un segundo más. Exhaló para calmarse.

El sonido de su respiración se fundió con el eco de sus pasos entre las columnas del templo y las paredes grabadas que quedaban atrás. Salió a la terraza y al asomarse desde lo alto de la montaña contempló con orgullo Xishen.

La capital era como un océano, donde los tejados de porcelana azul, cálidos bajo la luz proveniente de la pirámide central, se ondulaban hasta perderse en el horizonte. El aire, denso y perfumado, llevaba consigo el dulzor maduro de las frutas apiladas en los puestos, el picante de las especias tostándose en algún horno lejano, y ese tenue aroma a salitre que ascendía de los canales.

Las calles no eran simples caminos; eran arterias palpitantes llenas de vida, donde sus habitantes, los tahares, fluían como la sangre misma. Entre el bullicio, las voces de mercaderes pregonando sus productos con gargantas ásperas se enredaban con las de niños riendo mientras se perseguían entre los puestos del mercado, mujeres murmurando historias a media voz y, de vez en cuando, el susurro furtivo de una promesa entre jóvenes parejas.

Galerna prestaba atención a la sinfonía de gritos y murmullos, de rezos y maldiciones. Su mirada seguía a las embarcaciones que surcaban el canal central, cuyas aguas verdes chapoteaban contra los muelles con un ritmo perezoso.

Y rodeando la ciudad, se extendían campos de grano como tapices dorados sobre tierras inundadas.

Todo en Xishen olía, sonaba, palpitaba y Galerna sonreía por ello.

Deslizó con elegancia la flauta desde la manga de su túnica celeste, bordada en reluciente oro. Al alzar el instrumento hasta el borde de sus labios, sus brazos quedaron expuestos. Su piel, cubierta hasta la muñeca por escamas de un azul marino tan profundo que rozaba la negrura, culminaba en el reverso de sus palmas. Allí, hacia sus dedos, la piel era limpia, de un blanco níveo, casi translúcido, con la delicadeza de la porcelana que cubría el suelo de las calles de la ciudad.

La melodía que brotó de su pericia era el roce de la brisa en los trigales, el murmullo de un arroyo atrapado bajo el hielo, el primer aliento de un recién nacido y, al mismo tiempo, el último suspiro de una vida que se apaga.

El cielo, en respuesta, se rasgó como un velo, despejándose ante aquel arrullo.

Los aldeanos, con las gargantas apretadas por la emoción, murmuraron agradecimientos al viento que llegaba a los oídos de la diosa. Quien decidió descender la montaña para recibir aquellos en persona, volando.

Su largo cabello negro se mecía suavemente sobre su espalda. Desde sus sienes, dos robustos cuernos se alzaban y se ramificaban hacia atrás, evocando las retorcidas raíces de los árboles haki que dominan los pantanos del norte.

En su rostro las escamas nacían en su frente y se extendían hasta el puente de su nariz, resaltando con un marcado contraste sobre la blancura desnuda del resto de su piel. Bajo ellas, sus ojos, dos pozos de tinta viva, acechaban con la intensidad de un kazehebi al borde de la emboscada.

Tras ella resonaba el delicado tintineo de los cascabeles que adornaban la punta de sus siete colas, serpenteando con gracia en el aire.

Al pisar la plaza, el bullicio cesó y todos, en un acto instintivo de reverencia, se apartaron para abrirle paso. Galerna bendijo a los recién nacidos con palabras de valor y fuerza, y consoló a los afligidos con gestos suaves, rechazando siempre los regalos que le ofrecían. Le bastaba con saber que le eran agradecidos.

Mientras recorría las angostas calles, los farolillos colgantes sacudían sus llamas a su paso, como si las almas de los muertos, que alimentaban aquellas luces, celebrarán ver a su diosa caminando entre ellos.

Por otra parte, era vitoreada por los jóvenes de cuernos pequeños y escamas de un azul blanquecino a quienes todavía les faltaban algunas colas por crecer. Y los ancianos, con cuernos retorcidos y agrietados, y escamas grisáceas, la reverenciaban con profunda devoción, inclinándose ante ella mientras sus colas lánguidas se arrastraban por el suelo.

Permaneció en la ciudad durante largas horas, saludando con una sonrisa serena y bendiciendo a cada uno de los que se acercaban. Incluso acompañó a aquellos que recientemente habían perdido a sus seres queridos, ofreciéndoles un hombro sobre el que apoyarse en su dolor. Pero el día avanzaba inexorablemente; y la luz de Raimei se iba tiñendo de un matiz anaranjado que anunciaba la inminente llegada de la tarde.




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