Mientras el humo se disipaba, la pirámide se reveló ante ella. Construida con piedra blanquecina, su estructura esbelta casi rozaba el cielo, y unas escaleras empinadas conducían a su cúspide, donde se encontraba Raimei. Y es en estas escaleras donde, horrorizada, vio la figura del extranjero subiendo lenta pero incansablemente. No podía permitir que le sucediera nada al fragmento, y menos por un error suyo, por lo que fue rauda a detenerle.
A su llegada, descubrió que los guardias que la custodiaban yacían inconscientes y, cerca de ellos, se encontraba el Vigilante de la isla, Xion, entumecido por sus heridas. Se arrastraba con dificultad hacia las escaleras de la pirámide, con las manos ensangrentadas y temblorosas. Apenas lograban aferrarse a la piedra, mientras intentaba ponerse en pie. Galerna se acercó rápido a él.
—Te he fallado, mi diosa…me ha robado las Arenas Preciosas…no he cumplido mi deber…
—No, no. Tu deber ahora es vivir. Te ordeno que descanses. Yo me ocupo de ese ser.
Xion dejó que su cuerpo se desplomara sobre la fría piedra, vencido por el dolor.
Galerna lanzó un último vistazo hacia el Vigilante antes de tocar de nuevo su flauta. La melodía que surgió era un estruendo tembloroso que provocó que las ráfagas de viento se arremolinaran con furia, transformándose en un huracán que azotó las escaleras de la pirámide con la fuerza de un mar embravecido.
Sin embargo, el extranjero no cedió. Permaneció imperturbable, aunque tratara de derribarlo. El vendaval hizo jirones su túnica, y los harapos al viento revelaron un cuerpo de metal devorado por el óxido, con placas faltantes y cables retorcidos como venas secas. Sus engranajes, expuestos en las articulaciones, giraban con un quejido áspero, y en su pecho, runas casi borradas por el tiempo brillaban débilmente bajo la costra de tierra y salitre. En cambio, su brazo derecho pulido, contrastaba con el resto de su estructura, como si hubiera sido arrancado de otra máquina y encajado a la fuerza, al igual que la mayor parte de su cráneo, que era lo único que había mostrado hasta ese preciso momento.
Galerna sintió que le faltaba el aliento. Sus labios, antes tensos, se entreabrieron en un gesto de incredulidad. Habían pasado siglos desde la última vez que había visto una de aquellas abominaciones. No desde la Fragmentación. Creía que todas habían sido reducidas a chatarra, enterradas y olvidadas. Pero allí estaba una de ellas, desafiándola.
La máquina alzó su brazo con un chirrido metálico, y, desde su palma, lanzó una ráfaga de fuego hacia ella. La diosa, giró en el aire, esquivando el ataque. Tocó la flauta y las estridentes notas se convirtieron en gotas de lluvia que terminó por congelar con su propio aliento y sopló para enviarlas contra la máquina. Estas atravesaron el cuerpo metálico del intruso con un sonido cristalino, clavándose en sus juntas y engranajes. La máquina, sin embargo, continuó peldaño tras peldaño.
Galerna, con los ojos muy abiertos y un leve temblor en la mano alzándose instintivamente, se interpuso ante este, obligándolo a detenerse un instante.
—¡Es un lugar sagrado! ¡Retrocede!
La máquina guardó silencio. Solo el crujir de sus articulaciones rompía el mutismo mientras continuaba avanzando, implacable.
Galerna, sudando de la propia desesperación, envolvió al intruso entre sus colas, apretando con una fuerza que habría quebrantado los huesos de cualquier mortal. Pero el metal no cedió. Con un movimiento brusco, la máquina se liberó y, con un empujón, lanzó a Galerna lejos.
En el aire, se repuso y le envió los mayores rayos que podía invocar con la melodía de su flauta. El estruendo del impacto sacudió los cimientos de la pirámide. Nada lograba detener al intruso.
A través del humo y los escombros que se levantaron, la silueta de la máquina emergió, tambaleante pero imparable. Con un último empuje titánico, ascendió los escalones finales. Sus dedos metálicos se cerraron alrededor de Raimei y en ese instante…
La noche cayó como una losa ahogando la isla hasta que no quedó ni el más leve susurro. Las únicas luces que quedaban eran los farolillos, donde las almas de los muertos iluminaban los rostros horrorizados de los tahares.
Galerna notó cómo sus escamas se volvían pálidas, quebradizas. Al igual que los jardines y los campos que se deshacían al roce de una brisa. Mientras la tierra se agrietaba, seca y yerma.
A medida que el paisaje se marchitaba, el pánico se extendía entre los habitantes. Las madres acunaban a sus hijos, susurrando palabras de consuelo; los padres resguardaban sus hogares, y velaban porque los animales no huyeran. Algunos tahares socorrían a los más débiles que caían desfallecidos en las calles, mientras otros aprovechaban el caos para robar. Muchos, en cambio, simplemente no tenían fuerzas para levantarse.
Los tahares lloraban, y ella lo sentía. Cada sollozo era como una descarga eléctrica recorriendo sus venas. Quería arrancarse la piel, gritar hasta que su voz se quebrara. Hasta que vio un resplandor.
Un destello surcó el cielo estrellado, alejándose hacia una isla lejana: Enkai.
Intuyó que se trataba del extranjero, seguramente había usado las Arenas Preciosas del Vigilante para viajar y se había llevado consigo a Raimei. Debía ir a buscarlo, no podía dejarle escapar.
Galerna sobrevoló las calles desoladas hasta llegar a la playa, donde los extranjeros seguían paralizados por el horror. La diosa, con la mente nublada por la ira, dejó caer su flauta sobre la arena. Esta vez no necesitaba instrumentos porque no quería contener su poder; quería liberarlo por completo.