Horizonte prohibido

Capítulo 3. Enkai, la isla de la noche eterna.

Enkai permanecía sumida en un resplandor azulado de su fragmento de La Estrella, Sekh. En la tierra, el hambre azul de este devoraba a Enkai, filtrándose por las ramas del colosal árbol que lo sostenía, escurriéndose por el rugoso tronco grisáceo, hasta las raíces más profundas que estrangulaban la isla. Los bosques se teñían de turquesa, mientras los ríos, atrapados en su fulgor espectral, resplandecían con una luz gélida e implacable.

En el cielo, Tzechi, la luna de círculo perfecto, observaba la isla como un anillo de oro suspendido en una noche eterna. Su luz cálida contrastaba con el frío voraz que teñía la tierra. Derramaba su oro líquido, como si el firmamento fuera un espejo pulido, y ese dorado se reflejaba tenuemente sobre el océano, donde los pescadores arrastraban las redes cargadas de peces de escamas centelleantes hacia sus barcas.

Aquella noche, aunque idéntica a todas las anteriores, no era igual.

Era la noche de la semana, en que los ninsens debían presentar sus ofrendas a Nhiabuk, el dios que sostenía el equilibrio entre la vida y la muerte. Un gigante voraz, cuyo apetito era insaciable.

Lux conocía bien la advertencia, grabada en su memoria por la voz grave de su padre: si Nhiabuk permanecía hambriento, no tardaría en buscar una forma de romper las cadenas con las que sus propios hermanos lo habían aprisionado en el Castillo de las Almas, condenado a custodiar a los muertos.

Descendería para devorar todo a su paso: tanto la carne, que gritaría ante su presencia, como también la tierra, que se resquebrajaría bajo sus pisadas, y el océano, que desaparecería en su insaciable sed. Hasta el vacío mismo sería su víctima.

Aunque siempre había creído que era solo una leyenda exagerada para asustar a los niños, no estaba dispuesta a correr riesgos. Por eso permanecía en su choza, suspendida sobre la rama de un árbol alto cuyas hojas azuladas, con forma estrellada, se agitaban con una leve brisa.

Preparaba un pastel cuya corteza era una gruesa capa de savia dulce y bayas rojas, ocultaba su verdadero núcleo de piedras. Sí, tan pesadas y tan frías como la misma Tzechi flotando en un cielo de estrellas lejanas.

Así, el peso llenaría el estómago del dios sin costarle más que un puñado de bayas, mientras sus vecinos entregaban la mayor parte de sus cosechas, incluso pasando hambre por cumplir con la ofrenda cada semana.

Cuando estaba terminando de decorar con las bayas, vio por la ventana un destello cayendo en la isla e iluminó por un breve instante su mirada celeste.

Una sonrisa traviesa asomó entre sus colmillos puntiagudos. En el poblado, rara vez ocurría algo emocionante; lo más destacable solía ser que una oranja madurara un tono más amarillo que las demás.

Pero eso no impresionaba a una jovencita que recientemente había celebrado su ritual de paso a la adultez. Ella quería algo más… único.

Dejó el pastel sobre la mesa y salió corriendo por el hoyo circular que servía de entrada a su choza. Todas las chozas del poblado eran circulares, poseían tejados prominentes que protegían de las fuertes lluvias y sus paredes estaban decoradas con enredaderas que parecían querer consumir la madera con sus zarcillos hambrientos. Se dirigió a la más cercana a la suya y se asomó por la ventana.

—¡Tami, Tami! ¿Has visto eso? —preguntó a la vecina agitando su voluminosa cola a su espalda de la emoción, incluso se le había erizado.

La mujer, ocupada en desenredar el cabello índigo y enmarañado de sus hijos, apenas alzó la vista.

—Yo no veo nada que provenga más allá de nuestras fronteras —respondió Tami, tironeando del peine mientras los pequeños se quejaban y agachaban las orejas puntiagudas que sobresalían de sus pequeñas cabecitas.

Lux bajó las orejas y la cola con decepción, tan solo de escuchar la anodina respuesta de su vecina. Hasta las delicadas venas luminiscentes, que entretejían su piel negra desde los pies hasta las puntas de sus orejas, palidecieron poco a poco hasta apagarse por completo.

Se despidió con un murmullo desganado y se alejó hacia el puente de cuerdas que conectaba con el siguiente árbol. El crujido de sus pisadas se cruzó en el puente con las risas de los niños, que correteaban haciendo temblar las antorchas que iluminaban el camino.

Al otro lado, un grupo de adultos trabajaba absorto: unos tejían redes con fibras vegetales, otros reparaban las paredes de sus chozas y algunos ensartaban collares de semillas y piedras. Ninguno parecía haber notado el destello.

Frustrada, Lux se acercó al anciano Meluha, quien, reclinado en su butaca, dedicaba toda su atención a alimentar con migajas de pan a las aves de plumas plateadas. Algunas, más audaces, se posaban en su hombro o picoteaban sus manos arrugadas con impaciencia.

—Qué bonitos sefus —murmuró Lux, tomando uno entre sus garras y acariciándole la cabeza suavemente con un dedo. El pájaro emitió un suave gorjeo, inclinándose hacia su tacto. Las palmas de Lux eran cálidas y rugosas, como la corteza de los árboles donde anidaban los sefus en temporada de lluvias y eso le tranquilizaba.

Meluha no alzó la vista.

—¿Qué quieres ahora? —gruñó, arrojando otra migaja al suelo, donde la bandada de pájaros se abalanzó, incluso el que sostenía Lux.

Ella se inclinó hacia él con las manos entrelazadas tras la espalda.
—Nada… Solo saber si tú sí lo viste.




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