Horizonte prohibido

Capítulo 4. Y cayó del cielo.

Lux se adentró en la espesa penumbra despacio para hacer el menor ruido posible. Las rodillas le temblaban y el polvo del interior le arañaba la garganta con cada respiración. Solo el eco lejano de las gotas filtrándose entre las grietas de las paredes rompía el sofocante silencio.

Vaciló un instante, la hoz resbaló entre sus dedos, pero apretó los dientes y reajustó el agarre con firmeza. Respiró hondo, esforzándose por recordar alguna enseñanza útil. Pero aquella cosa había caído del cielo, y no tenía ni idea de cómo proceder. ¿Echarse atrás? ¿Atacar? Cada músculo de su cuerpo tiraba en una dirección distinta.

Pensó rápido. Sus ojos le recordaban a los asakiri, de los pantanos del sur, y con ellos, mantener la mirada era crucial si no querías que te arrastrasen a las profundidades. Por lo que mantuvo la mirada sin pestañear, esperando que fuera lo suficientemente intimidante para evitar un ataque.

De pronto, una voz metálica, fría como el acero y resonante como un eco en una cámara vacía, habló:

—Ni un paso más.

Lux se detuvo en seco. Un escalofrío le recorrió la espalda, erizando el pelaje de su cola. Todo el brillo de sus venas se desvaneció queriendo desaparecer. No esperaba que aquello conociera su lengua y mucho menos que la hablara con esa claridad cortante.

—¿Quién eres y cómo sabes mi lengua? —preguntó con toda la firmeza de la que pudo hacer acopio.

—No te importa.

Lux frunció el ceño, inhalando profundamente antes de replicar:

—Claro que me importa. Soy Lux Dashiva, hija del Vigilante de esta isla, y tú eres un intruso. Dame un motivo para que tenga compasión o asume las consecuencias.

Con un chirrido metálico que resonó en el aire, como si sus articulaciones protestaran por cada movimiento, el extranjero se irguió lentamente desde el suelo. Avanzó con paso titubeante hacia la luz que se filtraba por la entrada. A medida que se acercaba, la claridad reveló un cuerpo de metal agrietado, surcado por cicatrices de quemaduras y abolladuras tras la batalla contra Galerna.

Lux alzo la vista y abrió los ojos hasta donde sus párpados se lo permitieron. Lo primero que le vino a la cabeza es que se trataba de una armadura, sin embargo, aquello no podía serlo. Las armaduras eran cascarones vacíos, no tenían ese tictac interno, ni ese jadeo metálico que escapaba de sus costillas rotas como si el aire mismo le ardiera.

Y desde luego, las armaduras no respondían cuando se les hablaba.

—¿Te atreves a amenazarme? —dijo el extranjero chasqueando los dedos, como si intentara invocar algo que no acababa de manifestarse. Pero su mano entera se desprendió, cayendo al suelo en un golpe seco.

Lux parpadeó, confundida. Se preguntó si acaso eso era normal o un truco. Por la inexpresiva cara del extranjero era incapaz de deducirlo, por lo que se mantenía alerta aferrándose a la hoz.

—Se te acaba de caer…

—Lo sé —respondió agachándose para recogerla. Pero otro crujido, esta vez más profundo, retumbó en su estructura, dejándolo doblado a la mitad, como si sus articulaciones hubieran cedido de golpe.

Lux bajó la guardia solo un instante. Con cuidado se agachó hasta quedar en cuclillas frente a él, recogiendo la mano caída y extendiéndosela. En su condición no era una amenaza. Ató la hoz a su cintura con un gesto seguro y esbozó una sonrisa amable, aunque no exenta de ironía.

—¿Quieres hablar?

—No tengo otra opción —admitió él, recolocando su mano con un giro preciso de muñeca, como si fuera algo rutinario.

—Lo tomaré como un sí. Dime qué eres.

La máquina se enderezó despacio, mientras los engranajes en su interior rechinaban, ajustándose con un repiqueteo de piezas mal alineadas.

—Dirás "quién". Soy Byron. Diría que es un placer conocerte, pero mentiría, y me gusta ser sincero.

Lux cruzó los brazos.

—Si te gusta ser tan sincero, ¿por qué no me dices qué pretendes en mi isla?

Byron miro hacia la salida.

Lux apenas tuvo tiempo de notar cómo sus pupilas se contrajeron de golpe, emitiendo un clic casi imperceptible. El reflejo del Sekh en ellas se fragmentó por un instante y luego se amplió. Demasiado para que fuera un gesto inocente. Como si los ojos de Byron fueran lupas capaces de atrapar el resplandor lejano y despedazarlo en astillas brillantes.

Lux se quedó boquiabierta, pues nunca había visto nada igual.

—¿Qué acabas de hacer? —exigió, alzando la barbilla para mirarlo a los ojos.

—No entiendo de qué hablas —dijo girando la cabeza hacia un lado, muy despacio.

Lux se inclinó, siguiendo el movimiento, tratando de atrapar su mirada. La cabeza de Byron continuaba girando igual de lento, pero sin pausa.

Lux dio un paso a la derecha, luego otro, casi bailando alrededor de él mientras su cabeza rotaba en un círculo perfecto, evitando siempre sus ojos. El cuello no se tensaba, no mostraba esfuerzo, solo seguía girando.

—¡Alto! —ordenó ella, saltando hacia un lado en un último intento.

Demasiado tarde. Con un clic final, la cabeza de Byron completó el giro y volvió a su posición original, como si nada hubiera pasado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.