Los poblados se habían internado en el bosque, protegidos por los guardianes, quienes escoltaban la procesión con la mirada atenta.
Los aldeanos avanzaban en fila, cargando sus ofrendas con reverencia: cestas de frutas recién cosechadas, de piel ocre y rugosa, que desprendían un aroma embriagador entre dulce y picante; panes dorados, con costras brillantes marcados con los símbolos de los ancestros de sus clanes; raíces tuberosas de formas retorcidas que exudaban un jugo levemente luminiscente; pequeños peces de escamas iridiscentes, acomodados sobre hojas-barca; vainas curvilíneas que crujían al moverse, revelando en su interior una pulpa ámbar, y otros incontables manjares.
Todos destinados a aplacar el hambre insaciable de Nhiabuk, así como los que traían consigo las sacerdotisas y sacerdotes, que caminaban tras los vecinos.
Estos preparados en los sagrados fogones de la catedral de piedra negra que se alzaba, solitaria y majestuosa, en los acantilados del norte de la isla.
Lux caminaba entre ellos, acelerando el paso cada vez más, como si intentara escapar de algo invisible. Su sonrisa era frágil, un gesto forzado que se desvanecía en cuanto los demás volvían la espalda. El sudor le resbalaba por la frente. Sus garras, marcadas por arañazos y heridas superficiales, temblaban sin control, apretando y soltando el aire como si buscaran algo a lo que aferrarse.
—¿Te encuentras bien, Lux? —preguntó Wedy, una anciana de rostro amable, mientras se apoyaba en su bastón decorado con pequeños amuletos de hueso y cristal que tintineaban suavemente con cada movimiento, como campanillas que ahuyentaban los malos espíritus.
Lux parpadeó, como si despertara de un trance, y forzó otra sonrisa.
—Sí, Wedy, estoy bien. Es una noche hermosa —mintió, mientras sus ojos escapaban hacia el horizonte, donde las primeras nubes oscuras comenzaban a acumularse—. ¿Qué llevas esta semana?
Con un movimiento lento, levantó el paño bordado que cubría su canasto, revelando unos pasteles bronceados de miel y cáscara de oranja, cuyo aroma dulce se mezclaba con el salitre del mar cercano.
—¿Y tú, pequeña? ¿Qué llevas para la ofrenda?
Lux se rascó la nuca, evitando su mirada.
—Creo que… dejé las mías en la choza —musitó, sintiendo cómo el peso de la mentira le quemaba la garganta.
Justo en ese momento, un vecino que había escuchado la conversación se acercó con una sonrisa y un pequeño cesto lleno de frutas frescas.
—No puedes ir con las manos vacías, Lux —dijo, guiñándole un ojo por debajo de sus gruesas cejas—. Toma, estas te servirán.
Se escuchó un trueno lejano y Lux se estremeció.
—Gracias, pero no, no puedo —balbuceó, y antes de que pudieran detenerla, echó a correr, dejando atrás miradas de confusión y murmullos que se perdían entre el bullicio de la procesión.
Mientras se alejaba, Lux podía sentir las miradas de todos clavándose en su espalda. A su alrededor, la marcha continuaba; Los ancianos, con sus pasos lentos y seguros, guiaban a los más jóvenes de sus clanes con faroles llenos de insectos luminosos revoloteando en su interior. Mientras algunas madres ajustaban las coronas de flores sobre las cabezas de sus hijos y otras les entregaban pequeños amuletos para la ceremonia.
A medida que avanzaba corriendo, empezó a escuchar el estruendo de los tambores y flautas, que marcaba el ritmo en la vanguardia. No podían esperar a llegar a la playa; ya estaban tocando las primeras melodías y algunos incluso bailaban al ritmo. De repente, un joven musculoso con sonrisa perlada, se interpuso en su camino.
—¿Quieres bailar? —preguntó, extendiendo una mano—. Pensé que ahora que ambos somos adultos…
—No tengo tiempo, Guni —dijo, esquivándolo con un ágil salto por encima de su cabeza. No era su intención cortarle con tanta brusquedad, pero era verdad que no podía pararse a rechazarle formalmente.
Mientras se abría paso entre la multitud, notaba a algunos aldeanos observando con orgullo sus canastos repletos de frutas y flores. Otros, sin embargo, miraban con envidia, susurrando maldiciones por lo bajo al ver que sus ofrendas palidecían en comparación. Pero no había tiempo para interesarse por las rivalidades entre algunos clanes, siguió corriendo hasta que alcanzó la playa y el bullicio y la música se tornó en un murmullo distante.
La playa se extendía ante ella como un manto oscuro salpicado por el fulgor de decenas de antorchas clavadas en la arena. En el centro, cerca de donde las olas lamían la costa con avidez, se alzaba el altar de madera dorada, adornado con guirnaldas de flores y faroles de cristal que albergaban a los insectos luminosos. Sobre este halló a su padre esperando la llegada de todos.
Kael llevaba la xiripa ceremonial, una falda de fibras trenzadas teñidas con ocres y rojos profundos, que crujía suavemente con cada movimiento como hojas secas. Las tiras de cuero y hueso tallado colgaban de su cintura, marcando el ritmo de su respiración calmada.
Su torso desnudo estaba cubierto de espirales de ceniza, y sobre él colgaban pesados collares de dientes y semillas: los primeros representaban a los vigilantes que le precedieron; los segundos, los árboles que se plantarían en su memoria el día de su muerte.
Lux llegó jadeando, se acercó a él, agarrando su brazo con dedos temblorosos.