Horizonte prohibido

Capítulo 6. Entre la vida y la muerte.

Todos los ojos se clavaron en ella; algunos estaban entrecerrados por la irritación y con las orejas gachas, mientras que otros se abrían de sorpresa, las orejas erguidas. Su padre fue el primero en reaccionar:

—¿Qué insensatez es esta, Lux? —rugió, retrocediendo hacia el altar con el rostro crispado.

Pero Lux no se dejó intimidar; no bajó las orejas ni metió la cola entre las piernas. Con los garras apretadas y la voz temblorosa pero firme, insistió:

—¡Galerna viene por el extranjero! ¡Ya te lo dije! Nunca usaría de excusa algo así.

Un murmullo recorrió la multitud. Algunos rieron, pero sus carcajadas sonaron cortantes, incómodas. Otros intercambiaron miradas nerviosas, frotándose las manos o ajustándose las ropas con gestos inquietos. Entre ellos, Wedy se llevó los dedos a los labios con los ojos vidriosos de la preocupación. A su lado, Tami apretó con más fuerza a sus pequeños contra su regazo. Meluha refunfuñaba entre dientes. Movía la cabeza con brusquedad, como si ya hubiera decidido que todo aquello no era más que una tontería.

Y luego estaba Guni. El muchacho no podía evitar sonreír al ver a Lux, incluso ahora, incluso en medio del desconcierto general. Su sonrisa era amplia, descarada, como si la gravedad de la situación no pudiera con su devoción. Sus ojos brillaban con una admiración que no conocía de límites, y aunque los demás lo miraron con reproche, él no apartó la vista de ella. Lux prefirió no devolverle la mirada, le revolvía el estómago ver como no le importaba la seguridad de la isla.

Su padre se detuvo, estudiándola con una mezcla de furia y un atisbo de preocupación que empezaba a tambalear su compostura.

—¿Cómo estás tan segura? —preguntó, esta vez con un tono más bajo, cauteloso.

—¡El extranjero me lo dijo! Cayó como... como un destello. Es una cosa de metal, pero se mueve raro, muy raro, créeme. Y habla y nos entiende. Parece una locura, ya lo sé, pero es como una armadura viviente que chirría.

Una arruga más se sumó a las que ya surcaban su frente. Kael pasó la lengua por los dientes, ausente, como si luchara contra un recuerdo esquivo. Por la forma en que sus ojos se enfocaron de repente, casi como si algo hubiera encajado, debía de haber recordado algo.

—¿Una máquina? —musitó, más para sí mismo que para ella—. Todas desaparecieron al final de la Fragmentación. Es imposible que me describas una sin haberla visto de verdad.

—Claro, es lo que te quería decir. ¿Se le llama máquina?

Kael, entonces, tomó a su hija del brazo con firmeza, pero sin hacerla daño, y alzó la mano libre para calmar a la multitud.

—¡Que siga la celebración, por favor!

Pero las dudas ya habían germinado. Un vecino, un hombre de rostro ajado, se acercó unos pasos, arrugando su frente curtida por el trabajo en las cosechas.

—¿Ocurre algo con eso de una máquina? ¿Qué es una máquina? —preguntó, y su voz, áspera como la corteza de un árbol, dejó escapar un hilillo de preocupación.

—Nada, solo… Me encargaré personalmente. Seguid con la fiesta, insisto. No hay nada de qué preocuparse.

Sin esperar más preguntas, Kael se apartó de sus vecinos con Lux, tirando de ella hacia un saliente rocoso. La música renació a sus espaldas, primero tímida, luego vibrante, como si intentara retenerlos. Pero cada paso la hacía retroceder, pues se estiraba, se deshilaba, quedaba atrapada entre el crujido de la grava bajo sus botas y el bramido salvaje de las olas golpeando los negros dientes de piedra que custodiaban la costa. Cuando por fin alcanzaron el borde del acantilado, la melodía era ya apenas un eco perdido, demasiado lejos para que nadie pudiera escuchar lo que estaban a punto de decir.

—Lux, no podemos alertar a todos así. Si cunde el pánico será más difícil manejar la situación. Tenemos que ser prudentes.

—Y rápidos —dijo señalando el cielo.

El aire arrastraba gotas finas de la tormenta, los relámpagos volvían a iluminar bajo las densas nubes. El resplandor dorado de Tchezi se había ocultado por completo, dejando únicamente el frío azul de Sekh.

—Vayamos por partes. ¿Dónde está el extranjero?

—Lo dejé atrapado en las minas abandonadas. Creo que podemos usarlo para negociar con la diosa y evitar que se enfade más.

Su padre se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido para él. Los segundos se alargaron mientras sus ojos, profundos y claros, recorrían el horizonte. Finalmente, exhaló y su respuesta cayó con el peso de una losa sobre Lux:

—Deja que yo me encargue de esto.

Lux sintió como se le nublaba la vista por un instante. Otra vez. Siempre igual. Las yemas de sus dedos ardían de impotencia. Sus orejas se inclinaron hacia atrás, tensas; y su cola, normalmente inquieta, quedó rígida, pegada a su espalda.

—Pero yo puedo...

—¡No, no puedes! —la interrumpió él, con un tono tan cortante que Lux retrocedió con la cola entre las piernas. Su padre cerró los ojos, conteniendo algo que Lux no alcanzaba a entender, y cuando volvió a hablar, su voz era suave, pero cargada de dolor—: Lux, no quiero que te pongas en peligro. Ya perdí a tu madre y a tu hermana... No quiero perderte a ti también.




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