Con un solo movimiento de sus manos, Kael avanzó por el bosque sin perder velocidad. Las raíces despertaron bajo el suelo y respondieron a su llamado. Una de ellas, gruesa y cubierta de barro, emergió retorciéndose y lo lanzó hacia un tronco cercano como si fuera una catapulta. Las ramas se inclinaron para recibirlo, curvándose como dedos huesudos y trazaron camino para que continuará su carrera por encima de ellos.
Entre la maleza, docenas de ojos brillantes acechaban como destellos ámbar y esmeralda ocultos entre los troncos, las sombras y los repliegues del bosque. Lo animales lo seguían en silencio solo con la mirada.
Sin perder el ritmo, Kael continuaba saltando de una rama a otra. Los troncos y ramas se inclinaban para darle apoyo; las enredaderas se ofrecían como cuerdas para ayudarle a cruzar balanceándole en los vacíos demasiado anchos para un salto.
Era el dominio de la vida, un poder que solo él y Nhiabuk poseían.
Los dioses gobernaban sobre extremos de fuerzas gemelas manteniendo el equilibrio. Nhiabuk regía tanto sobre el primer brote verde que rompe la tierra como sobre el último estertor del moribundo. Pero a sus Vigilantes mortales solo les concedían un fragmento de ese poder.
Kael notaba el pulso de la savia como si fuera su propia sangre, y el eco de los bramidos, aullidos y rugidos de los animales resonaba en su interior, como si fueran su propia voz. En cambio, la muerte le estaba vedada. Y así era siempre: los Vigilantes no podían dominar más allá de su don, más allá de lo que su propio dios tenía poder.
Pero… ¿y si hubiera dos? Dos Vigilantes, cada uno dominando un extremo. A veces Kael lo pensaba, le vendría bien algo de ayuda, pero aquello era imposible. Porque mantener el equilibrio era tarea de los dioses, y dos Vigilantes con poderes opuestos eran más difíciles de controlar. Si se aliaban, su fuerza combinada rivalizaría con la de un dios, y eso sería una rebelión inevitable.
Los dioses no podían permitir que algo así sucediera. Por eso, un solo extremo era suficiente para proteger la isla o para gobernarla. No necesitaban más y no podían requerir menos.
Con un último salto, Kael descendió desde la copa de un árbol y aterrizó en cuclillas frente a la entrada de las minas, sobre la cual la tormenta formaba riachuelos que descendían con furia por las rocas que la sepultaban.
Entre los escombros, se abría una grieta irregular con las marcas de unas manos carbonizadas, como si hubieran desplazado las rocas con unas manos al rojo vivo. A través de ella, el agua se deslizaba hacia las sombras del interior como un susurro líquido y persistente.
El extranjero había escapado.
La respiración de Kael se volvió errática, y sus manos, tensas, apenas lograban mantenerse firmes. No sabía a qué se enfrentaba. Por la descripción de Lux se asemejaba a una máquina, pero no estaba seguro de que fuera así y le aterraba la incertidumbre de no saberlo.
Recordó entonces la Fragmentación en la que los propios dioses se alzaron unos contra otros por el dominio del mundo. Durante siglos, la batalla parecía no tener fin. Hasta que un meteorito cayó desde el cielo, y con él, llegaron criaturas mecánicas, ajenas a la voluntad de los dioses. Tanto imparables como letales.
Por primera vez, los antiguos rivales no tuvieron más remedio que unir sus fuerzas. Y en esa alianza forzada encontraron algo inesperado: una tregua. La victoria sobre aquellas máquinas fue el único instante de paz en milenios de rivalidad, y de aquella efímera calma nació el Tratado Frontera y sus leyes con el fin de evitar desatar otra guerra.
Kael sabía que, si realmente se trataba de una criatura de metal, él solo no tendría ninguna posibilidad de derrotarla. Pero anhelaba que no fuera así, que su hija se hubiera equivocado en su descripción, porque no lo hubiera visto con claridad.
El aire se espesó de repente con el olor acre de madera carbonizada. Kael apenas tuvo tiempo de girarse antes de que una sombra se abalanzara sobre él. Su instinto lo impulsó a saltar hacia una rama alta, esquivando por centímetros el zarpazo incandescente que hendió el aire donde su cabeza había estado un segundo antes.
Abajo, la máquina alzó sus ojos. Su brazo aún extendido brillaba al rojo vivo, como si el fracaso de su ataque la hubiera sorprendido. Lentamente, con una calma aterradora, cerró el puño y bajó el brazo. Kael sintió el crujir de raíces emergiendo a su orden, pero la máquina solo necesitó rozarlas con sus dedos llameantes para reducirlas a cenizas que se convirtieron en un espeso barro negro por la lluvia.
—¿De dónde vienes? ¿Y qué haces en mi isla?—pregunto Kael.
La máquina no respondió. Volvió a embestirlo, pero Kael, con un movimiento rápido, levantó las rocas de la mina con ayuda de las raíces de los árboles y las lanzó con fuerza contra la máquina, obligándolo a retroceder. Sin embargo, este no se detuvo. Con un zumbido chirriante, reajustó su ataque y extendió su mano hacia el bolsillo en la falda de Kael. Este lo esquivó saltando a otra rama. Entonces lo entendió. Quería las Arenas Preciosas.
Todos los Vigilantes poseían una pequeña reserva de esas arenas, exclusivas y limitadas a su orden. Eran su salvación en casos extremos, capaces de teletransportarlos al instante en situaciones de emergencia. Pero si la máquina las obtenía… No podía permitirlo.
Pero antes de que pudiera reaccionar, un vendaval brutal sacudió las copas de los árboles, tajándolas como si fueran hierba bajo una guadaña. Los troncos crujieron, quebrándose en seco, y Kael cayó al suelo, derribado. Sus piernas no respondían; solo logró arrastrarse clavando los dedos en la tierra húmeda mientras el dolor le recorría el cuerpo.