Horizonte prohibido

Capítulo 8. El último recurso.

Dentro de la cueva, el ambiente era húmedo y frío, con las paredes de piedra rezumando un brillo tenue bajo la luz mortecina de los faroles de insectos brillantes que colgaban de las protuberancias rocosas. Las antorchas, incapaces de resistir la lluvia y el viento que aún soplaba, habían quedado atrás, apagadas e inútiles

El aire olía a tierra mojada y a hojas marchitas, y aunque el refugio los protegía del vendaval que rugía afuera, no se libraban de alguna ráfaga que se colaba por las grietas.

Lux se acercó a una anciana desorientada y, con gesto amable, la ayudó a sentarse junto a un grupo de niños que se acurrucaban unos contra otros, buscando el calor compartido.

La anciana alzó su rostro surcado de arrugas, y sus ojos llenos de una gratitud profunda, se encontraron con los de la joven.

—Gracias, hija.

Lux asintió mecánicamente, pero sus ojos se desviaban hacia su padre, que yacía inmóvil sobre una esterilla improvisada con hojas sobre el suelo. Desde el momento en el que le trajo fue rodeado por sanadores de todos los poblados y así continuaba siendo atendido.

Kael permanecía con los ojos cerrados, mientras le vendaban las quemaduras con delicadeza. Lux notaba una terrible angustia en su pecho, cada vez más profunda, como si una mano invisible estuviera apretando su corazón. Cada jadeo de su padre le recordaba lo cerca que había estado de perderlo, y lo poco que pudo hacer para evitarlo. Sin magia no pudo defenderle mejor. Miró la hoz que todavía llevaba consigo. Era solo una hoz. Increíblemente afilada, sí, pero al final del día, seguía siendo solo eso. Un arma insignificante frente al poder de una diosa. Y la Marca de su mano tras mutilarla…prefirió no pensar en ella.

En cuanto terminaron de curar a su padre, Lux no pudo evitar acercarse, aunque le habían aconsejado que lo dejara tranquilo.

—¡Papá, lo siento! —exclamó con desesperación. Finalmente, su padre emitió un leve gemido y abrió los ojos lentamente, parpadeando para enfocar la vista.

—¿Lux? ¡Lux!, se llevará la isla, nos usará para mantener viva la suya y ni siquiera soy capaz de mantenerme en pie para evitarlo. He fracasado como vigilante

—Papá, no has fracasado, todavía podemos hacer algo, seguro. Ya se nos ocurrirá el qué.

—Debo informar a todos de lo que está sucediendo.

—Puedo encargarme yo, no hagas esfuerzos.

Kael asintió, pero antes de que Lux hablara con todos, le explicó las motivaciones de Galerna, la conversación que había tenido con ella y la aconsejó que hablara con cautela para evitar que todos entraran en pánico.

Kael asintió. Pero antes de que Lux pudiera dirigirse al grupo, lo tomó del brazo con urgencia.

—Galerna no actúa por capricho —murmuró—. Cuando hablé con ella me dijo que su isla se está muriendo, el extranjero le robó su fragmento de estrella y ahora planea usar Enkai como su último recurso. Revela la verdad con mesura o el caos se abrirá paso. Controla cada palabra. No podemos dejar que el miedo los detenga antes de actuar.

Lux tragó saliva; sintió la bola bajar lenta y dolorosamente por su garganta. Nunca había dado un discurso. Sería el primero, y temía equivocarse. Pensó en las palabras que debía usar, pero ninguna la convencía. Aun así, reunió a todos los poblados en el centro. Se preguntaban qué le había sucedido y qué ocurría en la isla, pero las voces se superponían unas a otras. Lux se enderezó, clavando la mirada en un punto lejano sobre las cabezas de la multitud. Sus manos temblaban ligeramente al entrelazarse frente a su cuerpo.

—¡Vecinos! —llamó, y el eco de sus palabras rebotó contra la roca—. Y no tan vecinos, también. Sé que tenéis muchas preguntas y las responderé todas. Pero primero os diré todo lo que sé. Galerna…

Una mujer de cabello canoso y brazos cruzados la interrumpió con impaciencia.

—¿Quién o qué es Galerna? —preguntó, arrugando la nariz como si el nombre le resultara repulsivo—. Solo gritas su nombre como si significara algo.

Lux cerró los ojos un instante, buscando las palabras adecuadas. Siempre había sabido que ella y su padre eran los únicos que dominaban la mitología de los otros dioses, como guardianes de un conocimiento que el resto no podía consultar para mantenerlo a salvo, o mejor dicho, para mantenerlos a salvo a todos. Nunca imaginó que llegaría el momento en que tendría que ser ella quien rompiera ese silencio y explicara aquello que durante años se había protegido con tanto celo. Al abrir los ojos, notó como sus dedos tamborilearon contra su muslo, incapaces de quedarse quietos.

—Una diosa extranjera —explicó—, la del caos y el orden, para ser exactos.

Hizo una pausa, sintiendo cómo las miradas se clavaban en ella; un leve sudor comenzó a perlársele en la frente.

—Su isla está en problemas y ahora… ¿cómo decirlo con delicadeza? —murmuró, buscando aire—. Se está llevando consigo a Enkai para alimentarse de nuestra isla.

Un murmullo creció como una marea entre la multitud. Algunos se apretujaron unos contra otros, como si el simple contacto pudiera protegerlos; otros, en cambio, fruncieron el ceño, indignados.

—Pero, si eso es cierto, Galerna está rompiendo las leyes —gritó un hombre de barba gris, golpeando el suelo con su bastón—. Sufrirá las consecuencias y tendrá que dejarnos.




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