Horizonte prohibido

Capítulo 9. Thalmira, la isla espejismo.

Fuera, el viento aullaba alrededor de la isla, con tal violencia que las rocas mismas gemían bajo su embate. Pedazos de piedra saltaban en estallidos secos, estrellándose contra los troncos de los árboles con un chasquido sordo que resonaba como un disparo. Las ramas no eran solo arrancadas: eran convertidas en proyectiles.

Pero ahí, en ese claro junto al bosque, todo estaba en una calma inquietante. Las hojas de los helechos gigantes goteaban agua turbia, y el suelo blando de musgo se hundía bajo sus pies descalzos con un sonido viscoso. Estaba en el ojo del tornado.

En el silencio, solo se oía el chapoteo lejano de alguna criatura escurridiza entre los charcos, y el gemido de un árbol a punto de colapsar en la distancia.

Lux abrió el saquito con manos temblorosas. Dejó caer un poco de las Arenas Preciosas en su palma, observando cómo brillaban bajo la luz de Sekh como un polvo rojizo y cristalino. Aunque se había mostrado decidida, todavía no estaba segura de lo que iba a hacer. Temía que su padre tuviera razón y que nadie se atreviera a ayudarla. Si eso ocurría, estaría arriesgando su vida por una misión condenada al fracaso. Quizá nunca volvería a ver a su padre, a sus vecinos, ni a la isla. Pero si no lo intentaba, Enkai ya estaba condenado de antemano de todos modos.

De repente, un sonido en los arbustos la sobresaltó. Era Byron. Había estado siguiéndolos hasta la entrada de la cueva, esperando el momento perfecto para arrebatarle las arenas. Sin mediar palabra, se abalanzó sobre ella.

—¡No! —gritó Lux.

Pero Byron ya había enclavado sus dedos de metal alrededor de su muñeca, torciéndola hacia atrás. El dolor le arrancó un jadeo; sintió cómo los tendones protestaban bajo la presión. El saquito estuvo a punto de escapar de sus dedos, pero en un acto desesperado, inclinó la palma y sopló.

Lux apretó los párpados con fuerza, como si al hacerlo pudiera arrancar de su mente la imagen de una isla segura. Una isla cualquiera, lejana, intacta, ajena al yugo de Enkai. Pero ¿cómo concebir lo que nunca se ha visto? Su imaginación se rebelaba, limitada a los confines de su mundo: las playas de arena negra que mordisqueaban el mar, el bosque cian donde los árboles se alzaban como pilares sosteniendo el firmamento. Sin embargo, Byron, parecía tener más claro dónde ir.

El polvo les envolvió y de repente, fueron lanzados al cielo, flotando sobre la isla. Lux contempló el tornado girando furioso alrededor de Enkai, como un anillo oscuro ceñido a su figura. Las arenas los impulsaron aún más alto, elevándolos sobre el propio Sekh. Desesperado, Byron extendió la mano hacia el fragmento, tratando de alcanzarlo, pero Lux se interpuso para evitarlo. Por lo que Byron solo logró rozarlo antes de que las arenas los arrastraran aún más lejos.

El viento silbaba en los oídos de Lux. Surcaban el cielo por encima de las islas, que emergían como pequeñas manchas verdes, blancas, incluso moradas sobre el basto azul del océano. De pronto, una bandada de aves rosadas, con alas ribeteadas de negro como pinceladas de tinta, se alborotó al descubrirlos cruzando su territorio y se deshizo en un remolino de plumas, dispersándose en todas direcciones.

—Debiste dejarme llevármelo —soltó Byron de repente. Su voz, vacía de emoción, no dejaba entrever si hablaba con enojo, decepción o mero desdén

Lux, con el estómago encogido por el vértigo, lo miró con furia.

—¿Para qué quieres a Sekh? —preguntó con la voz agitada por el viento.

—Una mente tan simple como la tuya no lo entendería.

—¡Maldito cacharro! ¡Es tu culpa que estemos metidos en estos problemas!

—Entonces uno más no hará diferencia.

Con un brusco empujón, él la lanzó hacia abajo. Lux gritó mientras caía, con el viento rugiendo en sus oídos. Aterrizó de golpe sobre la playa rojiza de una isla desconocida. El impacto la hizo rodar, dejándola boca arriba en la arena ardiente. Vio cómo Byron continuaba un poco más allá antes de caer también en la misma isla.

La arena, impregnada de sal del océano, se le incrustaba en los cortes y heridas de la caída, abrasándole la piel. Sin embargo, el dolor más feroz provenía de la Marca en su mano, que se había extendido hasta su muñeca, como si le devorara la carne desde dentro.

Un escalofrío recorrió su espalda al darse cuenta de su significado: solo tenía siete días para permanecer en la isla y encontrar ayuda, o la Marca la condenaría a muerte. Ella no era una diosa; no había poder en sus venas ni milagro que esperar.

—Odio a esa cosa —murmuró, pensando en Byron, mientras escupía arena con asco.

Se incorporó con dificultad, mareada y desorientada. Esperó a que su visión se estabilizara antes de ponerse de pie, moviéndose con cautela. Unos pasos más allá, vio su saquito abandonado en la arena. Por suerte, aún guardaba parte de su contenido. Apenas lo suficiente para regresar a Enkai. Un único viaje. Solo uno…pero no podía volver sin ayuda.

Apretó con fuerza el saquito de las Arenas Preciosas, asegurándolo a su cinturón junto a la hoz que aún pendía de su cadera.

El cielo carmesí parecía derretirse sobre el horizonte, mientras nubes anaranjadas, espesas y lentas se arrastraban por él. Ascendió la duna más cercana sintiendo la arena ceder bajo sus pies con cada paso. Vio a lo lejos un pequeño destello sobre una torre lejana. Debía ser el fragmento de aquella isla.

Miró a su alrededor, pero solo había extensiones de arena árida y rocas afiladas como huesos secos. Todo era tan distinto a su isla que el miedo se aferró a su pecho, opresivo e incontrolable. No conocía nada, no tenía a nadie y el calor allí le picaba en la piel. Sin más opciones, fijó la vista de nuevo en el resplandor y comenzó a avanzar, sin saber qué le aguardaba en el camino.




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