Las dunas se formaban y deshacían con cada ráfaga de viento, que arrastraba la arena como olas sobre un océano de polvo. Y entre estas se podían distinguir restos de antiguas máquinas de un metal cobrizo, oxidadas y despedazadas, como si fueran esqueletos de un pasado lejano.
A lo lejos atravesaban el horizonte dos figuras altas, montadas sobre bestias de largas patas, cuernos retorcidos y un pelaje dorado que brillaba bajo la anaranjada luz de Miraz, el fragmento de la torre del Vigilante.
Tafari , el más impetuoso de los dos, tensó las riendas con sus cuatro brazos musculosos, marcados por cicatrices de los entrenamientos. Los belamitas nacían con una fuerza explosiva, como el fuego que devora un bosque en segundos.
—¡Más rápido! —ordenó, golpeando los costados de su montura con los talones.
La bestia, un celatero de trompa gruesa y ojos negros como el azabache, barritó en protesta, agitando su larga nariz en el aire antes de acelerar el paso. Tafari se echó a reír disfrutando del miedo que imponía sobre su montura.
Pero Sirhan, su compañero, le recriminó con su mirada dorada. Su piel bronceada, cubierta de un brillo cristalino que parecía contener destellos de minerales, relucía bajo Miraz. Su cabello negro y largo ondeaba salvajemente al viento mientras guiaba a su montura con calma, usando solo dos brazos para no forzarlo, mientras mantenía los otros dos apoyados en sus piernas.
Hubiera seguido mirando al frente, como hasta entonces, no obstante, el timbre de la risa de Tafari le ponía nervioso y no pudo ignorarlo.
—Si sigues maltratándolo, le harás daño y no podrá llevarte—advirtió sin rodeos—. Y si eso pasa, no pienso cargar contigo.
Tafari ladeó la cabeza y le lanzó una mirada cargada de desdén. Ambos habían sido criados juntos, huérfanos bajo el mismo techo, entrenados para servir al dios Domino, protector del equilibrio entre el tiempo y el espacio. Pero donde otros hubieran forjado una hermandad, ellos habían alimentado una rivalidad.
El mismísimo Domino, eternamente presente y sin embargo intangible como el viento entre las dunas, les había encomendado su primera misión. Debían exterminar a los herejes de un poblado que había sido reportado y llevarse consigo a los niños para ser educados. Ya no eran aprendices sometidos a los más rigurosos entrenamientos; aquella era la tarea que marcaría su verdadero lugar como fieles guerreros. Y sus órdenes, como siempre, no admitían fracaso. Solo la obediencia garantizaba seguir respirando al amanecer. Y para desgracia de ambos, debían cumplirla juntos.
—Eres un aguafiestas, Sirhan. Preferiría mil veces tener a Kilara de compañera antes que a ti. ¡Ah, imagínatela sobre la montura, con ese cuerpo moviéndose al ritmo del galope… solo ella y yo.
—No quiero imaginar nada. Debemos enfocarnos en la misión.
—¿En serio? ¿Nunca piensas en ninguna?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Bueno, somos compañeros, quizá sea el momento de conocernos mejor, ¿no? Dime la verdad, siempre te veo tan centrado…Debe haber algo más en lo que pienses aparte de cumplir con nuestro deber.
—No tenemos permitido tener relaciones, menos con compañeros, ¿por qué pensar en algo imposible? Prefiero centrarme. Es lo que deberías hacer tú también.
—Cada vez me aburres más. ¿Por qué nos pondrían juntos? ¿Tanto nos odia Domino?
Sirhan se preguntaba lo mismo, aunque no lo admitiera en voz alta. Tafari era solo un estorbo, un insecto zumbando en sus orejas. Pero, maldición, por su culpa se le cruzó por la mente el deseo de conocer a una hembra que le gustara. Sacudió la cabeza para quitarse la seductora idea, no podía permitirse distracciones.
Tras cruzar unas cuantas dunas más encontraron el campamento nómada. Una docena de tiendas circulares, confeccionadas con telas blancas y ribeteadas con grecas doradas, se alzaban en medio del desierto, frágiles como flores en un páramo. El viento mecía las telas con suavidad, levantando remolinos de arena que flotaban un instante antes de disiparse.
En medio de aquella calma, una mujer ordeñaba un Rivone con movimientos pausados, mientras unos hombres curtían cuero y los niños corrían entre las tiendas, chillando y riendo. Pero de pronto, el bullicio se cortó en seco. Con los ojos muy abiertos, los pequeños se quedaron inmóviles al ver a los guerreros surgir imponentes desde lo alto de una duna.
El primer niño que alzó la vista dejó escapar un grito agudo, un sonido punzante que se clavó en los oídos de Tafari, obligándolo a cubrirse con una mueca de fastidio. En cambio, Sirhan ni siquiera se inmutó.
En segundos, el campamento entero se sumió en el caos. Los adultos dejaron caer sus herramientas, sus rostros se descompusieron en puro terror, y antes de que los guerreros pudieran siquiera desmontar, se refugiaron en las tiendas. Pero no todos se escondieron, algunos salieron de vuelta armados con lanzas, sables y hachas, preparados para defenderse.
Sirhan bajó el primero de su montura con su hacha de doble filo reluciendo, decidido a completar la misión. Sin embargo, su mirada tropezó con la bandera que ondeaba, verde y amarilla, en lo alto de un asta en el centro del campamento. Un recuerdo borroso le atravesó la mente como un relámpago. Se quedó inmóvil por un instante, aturdido, mientras su respiración se volvía más pesada.