Horizonte prohibido

Capítulo 11. El tercer ojo.

Lux, con el cuerpo exhausto y la mente nublada por el calor, había arrancado un trozo de su falda y lo había anudado cubriendo su cabeza, en un último intento desesperado por protegerse de la abrasadora luz. Pero no la salvaba del aire cálido y seco que ardía sobre su piel.

Sus labios, agrietados y pálidos por la deshidratación, ardían cada vez que intentaba humedecerlos con una lengua que ya no producía ni una gota de saliva.

De pronto, su estómago gruñó por enésima vez, recordándole su descuido. Debería haber llevado provisiones, pero la máquina le había impedido prepararse antes de marcharse. La maldecía en silencio, pues su lengua, se pegaba al paladar con cada intento de quejarse en alto.

Tras ella, el viento borraba sus huellas con indiferencia, como si el mundo mismo quisiera negar su existencia. Avanzaba hacia la luz que titilaba en el horizonte, pero por más que caminaba, nunca parecía acercarse.

Entonces, cada vez más agotada, se preocupó de que la isla estuviera deshabitada. Llevaba horas interminables dando un paso tras otro, por pura inercia, sin encontrar nada. No había ciudades, no había poblados, no había nada, salvo rocas y más rocas, y lo que parecían restos de más dichosas máquinas.

Las horas parecían alargarse, como si el tiempo se hubiera detenido. Arrastraba los pies, y cada paso se le hacía más pesado, más doloroso hasta que, finalmente, sus rodillas cedieron. Pasaron más largas horas hasta que una sombra la cubrió por completo.

Lux entrecerró los ojos, tratando de enfocar su mirada, pero el brusco cambio de luz volvió su visión borrosa y no distinguía que podía ser. Lo único claro fue una voz grave que resonó en una lengua extraña, llena de sonidos guturales y cortantes.

Antes de que pudiera reaccionar, sintió unas manos firmes levantándola con facilidad, como si su cuerpo no fuera más que un peso liviano. La colocaron sobre un hombro ancho y musculoso, y aunque el instinto le gritaba que luchara, sus miembros no respondieron.

No era una buena situación para cerrar los ojos y dejarse llevar, pero Lux no podía aguantar mucho más tiempo despierta y terminó inconsciente de nuevo.

Sirhan la cargó con firmeza, ajustando su peso sobre la montura mientras Tafari, observaba con los labios torcidos en un gesto de repulsión.

—¿Cómo te atreves a tocar a ese animal? —Tafari escupió las palabras con asco—. No sabemos de dónde ha salido y qué enfermedades podría tener. Tíralo.

—No parece un animal —replicó Sirhan, sin apartar la mirada de ella.

—¿Y qué es sino? Tiene cola y orejas peludas.

—No lo sé. Pero no voy a dejar que muera, está débil.

Tafari bufó, claramente en desacuerdo, sin embargo, no le contestó.

Mientras avanzaban, Sirhan notó que la respiración de Lux era cada vez más superficial. Ignorando las protestas de Tafari, que quería continuar el viaje, detuvo la montura bajo la sombra de una roca colosal, lo suficientemente grande para albergar a un belamita adulto y desmontaron allí.

Con cuidado, sacó un odre de agua y acercó el líquido a los labios agrietados de Lux. También aprovechó para darle agua al niño que llevaban con ellos y que permanecía mudo.

—¿Vas a gastar toda nuestra agua en esos dos?

—Mi agua, Tafari. Mi agua. Si queremos llegar con Domino debemos mantener al niño vivo, ¿sabes? Es parte de la misión.

—¿Y esa cosa también?

Lux reaccionó de pronto, entreabriendo los ojos. Con manos temblorosas, arrebató el odre y bebió con avidez hasta la última gota. Por fortuna, el agua y el aire eran considerados elementos universales para las leyes, por lo que acabarse el agua no supuso castigo alguno para Lux. Sirhan lo recuperó demasiado tarde, agitándolo inútilmente en busca de algún resto.

—¿En serio? —murmuró, exasperado.

Lux, al darse cuenta de su error, sonrió con nerviosismo y balbuceó una disculpa que Sirhan no entendía. Fue entonces cuando el tercer ojo de Sirhan se abrió en su frente, negro como el vacío entre las estrellas, rompiendo toda barrera entre ellos.

“¿Qué decías?”, preguntó con un tono cortante.

Ella se sobresaltó, aturdida. Le escuchaba dentro de su cabeza, resonando como un eco y, lo más extraño todavía, le entendía.

Bajó con torpeza de la montura para alejarse de él, no obstante, no pudo huir, Tafari se interpuso para que no escapara. El corazón de Lux latía con tal fuerza que creyó que reventaría. Todo sonaba lejano, ahogado bajo el ritmo frenético de su sangre.

Entonces, Tafari vio la Marca en su mano. Con un gesto brusco, le agarró la muñeca y la levantó como un trofeo, exhibiendo el símbolo a Sirhan.

—¡Es una extranjera! Sabía que había algo repugnante en esta criatura.

Lux, por supuesto, no entendía ni una sola palabra; para ella, sonaba como una lengua áspera, llena de chasquidos secos, carente de la suavidad de las vocales, y con una brusquedad que la hacía sonar distante y muy poco amistosa.

De todos modos, ella quería explicarse, usar un tono meloso para que se apiadaran de ella, la entendieran o no. Quizá con un poco de suerte podría escapar sin tener que enfrentarse a ellos, ya que la superaban en número y, por supuesto, en fuerza.




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