Horizonte prohibido

Capítulo 12. Sin más refugio que el fuego.

Miraz empezó a emitir una luz azulada que marcaba el inicio de la noche. Sin embargo, la criatura seguía persiguiendo a Lux y a los guerreros, sin importar cuántas horas pasaran. Estaba a punto de alcanzarlos; aunque su avance era lento debido al peso de su caparazón, sus pasos abarcaban grandes distancias sin problema, haciendo temblar la arena.

Y cuando la noche finalmente cubrió entera la isla, el desierto comenzó a transformarse. Del suelo, árboles gigantescos emergían con hojas rojizas y troncos oscuros, creciendo con una rapidez inaudita alrededor de ellos.

“Sujétate bien“, dijo Sirhan para que Lux le entendiera, mientras esquivaba con destreza un tronco que surgió de repente frente a ellos.

La montura, ágil pero nerviosa, serpenteaba entre las raíces que se enredaban bajo sus patas y los árboles que surgían sin cesar.

Lux apretó los dientes y se aferró con fuerza a Sirhan. Incluso tomó sus brazos, que hasta entonces descansaban sobre sus muslos, y los ajustó con fuerza alrededor de su cintura. Suspiró aliviada. Hasta los brazos de un extraño le parecían seguro frente al horror de acabar entre los colmillos de aquella criatura que no se frenaba ante nada. Los árboles que se interponían en su camino crujían y se partían como ramas secas bajo su cuerpo.

—¡Izquierda! —gritó Lux, señalando un camino estrecho entre dos árboles gigantes.

Sirhan entendió el gesto rápido y tiró con fuerza de las riendas, obligando a su montura a girar bruscamente. Pasaron al límite, raspando entre las cortezas rugosas que continuaban creciendo a su alrededor. La criatura intentó aplastar a Tafari de un pisotón, pero este se desvió hacia la derecha, esquivándolo por milímetros.

Entonces, la criatura rugió al cielo, y el sonido vibró en sus oídos como un dolor punzante. Lux apenas tuvo tiempo de taparse los oídos antes de que la bestia se irguiera sobre sus patas traseras y, con un movimiento deliberado, estampó su peso contra el suelo. La onda expansiva levantó una nube de astillas y hojas, arrojando a Sirhan y Lux lejos de la montura.

Aturdidos, se levantaron tambaleándose. El bosque, ahora denso y vivo, los rodeaba como una jaula. Entre jadeos ahogados, se arrastraron hacía unos matorrales espesos, donde se agazaparon, tapándose la boca para silenciar su respiración agitada. Los rugidos de la bestia se alejaron poco a poco, hasta un silencio abrupto.

Lux se apartó la mano de los labios y la apoyó en su pecho, como si pudiera contener los latidos desbocados de su corazón. Sirhan por su parte buscaba con la mirada a su montura, pero no había rastro de ella, habría escapado lejos del miedo. Ella tenía muchas preguntas dentro de su cabeza:

“¿Qué era esa cosa? ¿Por qué ahora esto es un bosque? ¿Qué sucede en esta isla?”

Sirhan no respondió de inmediato. En lugar de eso, se agachó y comenzó a recoger algunas ramas y hojas secas esparcidas por el suelo y, después de acomodarlas para una hoguera, tomó dos piedras con las que hizo saltar una chispa que prendió el fuego. Por la noche, el frío era más intenso, sobre todo para Sirhan, acostumbrado más a las horas de calor.

Se sentó frente a la hoguera y observó a Lux con sus tres ojos. Lux clavaba la vista en sus dos ojos dorados, haciendo todo lo posible por ignorar la inquietante presencia del tercer ojo negro que se abría en su frente, cuya sola mirada le erizaba la piel.

“Eso era el titán de Domino, Palerko respondió con calma, observando las llamas con una serenidad inquietante, como si ser perseguidos por una criatura gigante fuera lo más habitual. “Vaga por toda la isla en busca de comida; no hace distinciones: ser vivo que encuentra, ser vivo que quiere comerse.”

Lux entrecerró los ojos al escucharle, podía imaginárselo como si lo estuviera viviendo y le daba incluso arcadas. Se acercó al fuego, extendiendo sus manos temblorosas hacia el calor.

“¿Y la ciudad que lleva encima?”

Sirhan encogió los hombros antes de contestar, como si el tema no tuviera la más mínima relevancia.

“A veces se traga restos de ruinas y árboles para expurgarse, pero los habitantes dentro de su caparazón los utilizan para sobrevivir hasta que los digiera. Esa ciudad es suya.”

Lux abrió los ojos de par en par, la idea de personas atrapadas esperando ser digeridas por una criatura gigante le resultaba repulsivo.

—¿Cómo es que vuestro dios permite algo así? —dijo en voz alta, olvidando que su lengua era inentendible si salía de su cabeza, por lo que repitió lo mismo dentro. Solo así Sirhan logró entenderla de nuevo.

“El juicio de Domino no es algo que los mortales podamos entender por completo. Él no se mueve por bondad o maldad, sino por equilibrio. Lo que parece horrible para nosotros es parte de ese balance. Los que habitan en la ciudad han encontrado su lugar en el ciclo. Su sufrimiento no es en vano; es el precio por mantener el orden. No es nuestra tarea cuestionarlo, sino encontrar nuestro lugar en su plan.”

—¿Plan? —dijo ella en voz alta—. Es horrible.

Sirhan captó el desdén en su tono. También entendió el gesto de Lux alejándose de él y se interpuso frente a ella. Ella le esquivó, pero él no forcejeó; solo inclinó la cabeza, observándola con una mezcla de curiosidad y fastidio mientras ella trepaba por un tronco nudoso. Las ramas crujieron bajo sus pies hasta que alcanzó una bifurcación alta.




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