Horizonte prohibido

Capítulo 13. El fruto prohibido.

El viento rugía con furia mientras Galerna, erguida sobre un torbellino colosal, arrastraba a Enkai a través de los cielos. El tornado, una espiral de nubes grises y agua arrancada del océano, giraba con violencia contenida, sosteniendo la isla extranjera como si fuera una hoja atrapada en la corriente de un río.

Las raíces de los árboles, desenterradas por la furia del viento, pendían como venas abiertas de una tierra que goteaba polvo y fragmentos de roca.

Con gesto sereno y firme, Galerna extendió sus brazos, dirigiendo el tornado en un descenso calculado. El impacto nunca llegó a ser violento. A medida que la base de Enkai se aproximaba a las aguas, el océano se hundió bajo la presión del aire descendente, formando un valle líquido de olas rechazadas.

Espuma y salpicaduras estallaron en cortinas, mientras el tornado, convertido en un embudo inverso, canalizaba el mar hacia los lados, evitando que la tierra y el agua chocaran de frente.

Un olor a ozono y algas se esparció en el aire. Entonces, con un último suspiro de la tormenta, Enkai tocó la superficie con un gemido largo. Era el sonido del agua siendo expulsada, de sedimentos asentándose, de corrientes obligadas a rodear lo que antes no existía. El tornado se disolvió en ráfagas dispersas, y el océano aceptó el nuevo diseño del mundo.

Donde antes había dos orillas separadas, ahora solo existía una costa continua, un solo territorio unificado por la luz de Sekh que ya comenzaba a derramarse sobre Xishen.

Se desencadenó una ola que avanzó hacia la orilla de Xishen, pero Galerna la calmó con un sutil movimiento de su mano, disipándola antes de que pudiera penetrar más allá. El agua humedeció la tierra árida sin provocar estragos.

Los tahares, que habían contemplado todo desde sus hogares, atrapados entre el asombro y el temor, comenzaron a emerger con cautela ante la calma. Sus escamas eran pálidas y sus ojos reflejaban una fatiga que pesaba en sus almas. No obstante, al ver a su diosa de vuelta, una sonrisa imperceptible se dibujó en sus rostros demacrados, tenue y breve, pero lo bastante significativa para revelar la esperanza que aún, pese a todo, les quedaba.

Galerna, sin embargo, no pudo celebrar su triunfo. Un dolor agudo le atravesó el pecho, como si miles de agujas se clavaran en su corazón. Su cabello, antes oscuro como la noche que se cernía sobre su isla, se tiñó de un blanco fantasmal en un instante; sus escamas, otrora azules y brillantes, adoptaron un tono plateado y opaco. La sangre brotó de sus labios, manchando su túnica. Era el castigo por quebrantar las leyes.

Su descenso hacia las calles de la ciudad fue titubeante, como si la fuerza que la había sostenido se disipara poco a poco. Al tocar el suelo, sus piernas cedieron y terminó postrada de rodillas en el empedrado. Entonces escucho a los tahares corrieron hacia ella con los brazos extendidos, clamaban desesperados :"¡Diosa!", "¡Sangra!", "¡No puede ser!".

Por un instante, Galerna sintió algo peor que el dolor: vergüenza.

Vergüenza de que la vieran así, de rodillas, manchada de su propia sangre, incapaz de alzar la cabeza. Vergüenza de sentirse tan débil. Pero bajo ese sentimiento, notaba el calor de los suyos como un bálsamo que la reconfortaba.

Pero antes de que pudieran tocarla, el Vigilante Xion se interpuso, ya recuperado del ataque de la máquina.

—¡Atrás!— rugió—. ¡Necesita espacio, no que la agobiéis!

Él se acercó y le ofreció su flauta, su catalizador. Si usaba su magia sin canalizarla a través de ella, el riesgo de devastación era inmenso. Ahora que había regresado a Xishen, debía ser más cuidadosa. Ella extendió la mano, la tomó y, con esfuerzo, logró incorporarse.

—¿Por qué? —preguntó Xion, con voz ronca—. ¿Por qué ha hecho esto? Se está exponiendo al castigo del tratado.

—Porque no voy a dejaros morir. Necesitamos recursos urgentes y esta isla no es capaz ya de darlos, pero Enkai sí.

—Es una locura.

—¿Te importa lo que le suceda a unos sucios extranjeros?

—No. Me importa lo que le está pasando a usted. Esto es mi culpa. Si no hubiera caído ante esa máquina…

—Yo también fui derrotada —lo interrumpió Galerna, colocando una mano en su hombro—. Lo importante es que sigues con vida. Además no debes fustigarte, el fugitivo parece estar en algún punto de Enkai; daremos con él.

—Entonces si lo hallamos podremos restaurar Raimei; no era necesario traer Enkai.

—Te equivocas. No podemos estar seguros de que aún conserve nuestro fragmento. Quizá lo destruyó, quizá lo envió lejos. No me arriesgaré. Por eso traje toda la isla para asegurarnos. Ahora debo hablar con todos, explicárselo.

Galerna avanzó unos pasos, pero sus rodillas volvieron a ceder, debilitadas. Xion la sostuvo por los hombros, y solo entonces notó lo que hasta ese momento había pasado desapercibido y es que algunas de sus colas habían sido cortadas.

—Ya habrá tiempo para hablar con ellos. Yo mismo les transmitiré todo lo que usted me indique, pero por ahora no se esfuerce. Lo más importante es usted. Dígame qué le ha sucedido.

—Una mortal, la hija del Vigilante —murmuró, dejando que el viento le susurrara su nombre—. Lux. Sin embargo, ya la encontraré, se arrepentirá de haberme mutilado.




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