Horizonte prohibido

Capítulo 14. Pura causalidad

Las últimas horas de las noche, Lux tuvo que pasarlas en vela para vigilar. Hasta que el destello azul de Miraz comenzó a volverse un fulgor anaranjado, cada vez más intenso. El aire, antes fresco, se volvió denso y sofocante.

Los árboles del bosque perdieron su rigidez bajo el embate del calor. Sus troncos se curvaron, agrietaron y, finalmente, se desmoronaron, transformándose en arena rojiza que el viento arrastraba en remolinos caprichosos, formando nuevas dunas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Lux, que había permanecido sentada en el suelo con las piernas cruzadas, se incorporó de un salto al notar cómo el mundo a su alrededor se deshacía. El corazón le latía con fuerza mientras corría hacia Sirhan, intentando advertirle antes de que las arenas los sepultaran. Pero ya era tarde. Los árboles que los rodeaban cedieron al mismo destino, desplomándose en una montaña de granos que los cubrió por completo.

Sin embargo, Sirhan no parecía perturbado. Con la calma de quien está acostumbrado a los caprichos de aquella isla, se incorporó con un movimiento fluido y estiró tres de sus brazos en un amplio arco, como si saludara al cielo despejado. Con el cuarto, hundió la mano en la arena y sacó a Lux con la misma facilidad con que se arranca una raíz del suelo.

Ella escupió con asco, intentando deshacerse de los granos que se le habían colado entre los dientes, y sacudió sus orejas puntiagudas con violencia, haciendo llover diminutas partículas rojizas. Su cola, normalmente inquieta, se agitó como un látigo para librarse del polvo que la cubría.

Lux sintió la mirada de Sirhan sobre ella, persistente y curiosa. Él observaba con detenimiento cómo la arena se había enredado entre sus rizos azules, dándoles un aspecto opaco y terroso. Antes de que pudiera reaccionar, él extendió una mano y hundió los dedos en su cabello con una suavidad que la tomó por sorpresa.

El contacto fue leve, casi imperceptible al principio, pero bastó para que su cuerpo reaccionara. Una oleada de calor le abrasó las mejillas, extendiéndose hasta las puntas de sus orejas, donde las finas venas azuladas brillaron con un tenue destello

Se apartó de golpe, como si el simple roce de sus dedos fuera una quemadura. El corazón le latía con fuerza, y por un instante, todo su cuerpo se tensó, preparado para huir.

No era el gesto en sí lo que la perturbaba, sino lo que significaba. En su tierra, ese acto no era casual, no era inocente. Y Sirhan, sin saberlo, había traspasado un límite que ella no estaba preparada para cruzar.

“Apenas nos conocemos”, murmuró, desviando la mirada hacia el suelo. Su cola se enroscó tímidamente entre sus piernas, como si buscara refugio.

Sirhan frunció el ceño, confundido. Bajó la mano lentamente.

“¿Te hice daño?”, preguntó con cautela.

“No… no es eso ” Lux jugueteó nerviosamente con un mechón de su pelo, evitando sus ojos. “Es solo que... en mi tierra no se acaricia el cabello de una hembra sin comprometerse primero. ¿No es así aquí?”

Sirhan parpadeó, quizá sorprendido por la pregunta, y luego esbozó una media sonrisa como si le pareciera divertido.

“Nunca había escuchado nada igual. En todo caso, aquí estaría mal visto tocar la frente no el cabello.”

Lux alzó las cejas, intrigada. Tras un instante de duda, dio un paso hacia él, estirando la cola detrás de sí.

“¿La frente? ¿Por qué?”

“Por el tercer ojo”, explicó Sirhan, como si aquello fuera lo más obvio del mundo. “Si alguien posa la mano en la frente de otro, significa que sus almas están conectadas.”

Lux guardó silencio. Aquello le parecía lo más hermoso del mundo, tener una conexión genuina con otro ser como si el destino los entrelazara. Como sus padres conectaron en su momento. No podía evitar sonreír pensando en ello.

Sus ojos se posaron con curiosidad en los iris dorados de Sirhan, que brillaban bajo la luz anaranjada. Y luego, tras un momento de vacilación, se atrevió a alzar la mirada hacia el tercer ojo en su frente, un abismo oscuro que al principio parecía vacío, pero que, al observarlo con atención, comenzó a revelar algo inesperado.

Dentro de aquella sombra, como si se tratara de un cielo nocturno, tornasoles sutiles comenzaron a agitarse: destellos azules, púrpuras y dorados danzaban en su profundidad, como nubes de polvo cósmico atrapadas en un remolino. Cuanto más lo miraba, más vívido se volvía, como si ese ojo oculto no mirara hacia fuera, sino hacia otro mundo.

“¿Cómo nosotros? Quiero decir, es como nos estamos comunicando.”

“Algo así, sí. Los belamitas podemos comunicarnos a través del alma gracias al tercer ojo. Puedo ver la tuya y entenderte gracias a eso y tú puedes escuchar la mía dentro de ti. No es algo muy discreto que digamos, pero mientras funcione…pues funciona”

"Claro, cuando algo funciona, funciona. Eso es innegable, sí.”

Decidieron continuar su camino. Lux no quería detenerse, a menos que fuera absolutamente necesario. De vez en cuando, miraba la Marca en su mano, notando cómo crecía muy despacio, extendiéndose hacia su brazo como una sombra bajo su piel, quemándole la carne con cada milímetro ganado.

No tenían agua. No tenían comida. El calor, sobre todo para Lux, era asfixiante, como si el mismísimo aire le robara el aliento. A su alrededor, solo había rocas agrietadas, arena infinita y restos metálicos oxidados que emergían de las dunas.




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