El aire seguía siendo el mismo: espeso, impregnado de esa humedad fría que se les pegaba a la piel desde que habían caído en aquel infierno subterráneo. No había viento que lo renovara, solo ese aliento estancado de la caverna. Las paredes rezumaban agua en algunas zonas, formando charcos que se escuchaban gotear lentamente. Ese pequeño sonido era el único que acompañaba al ruido de un seseo que se deslizaba hacia Lux, Sirhan y Byron.
“¿Qué sucede?”
“Debe ser un uraga. No te muevas. Yo me encargo de él”
“Pero yo no veo nada”
"Estos malditos lagartos se vuelven invisibles para cazar”
—Dime qué tú los ves con esos ojos tan raros que tienes, Byron.
—Galerna me destrozó los sensores infrarrojos y de ultrasonidos y no tengo recambios para repararlos. Quizá los hubiera encontrado si no me hubieras metido en este problema.
—Claro, como si yo hubiera escogido caerme aquí contigo.
De repente, una garra afilada como una cuchilla surcó el aire con un silbido siniestro. Sirhan apenas tuvo tiempo de reaccionar; se lanzó a un lado, sintiendo el roce del peligro a centímetros de su piel. Detrás de él, la roca estalló en mil fragmentos bajo la brutal fuerza del golpe.
Lux saltó hacia atrás buscando con la mirada el origen del ataque, pero seguía sin ver nada. Byron, en cambio, ni siquiera pestañeó. Con una calma casi insolente, sacudió el polvo de su hombro, como si la destrucción a su alrededor no mereciera más que su indiferencia. Sin prisa, se apoyó contra una pared distante, observando todo con el fulgor impasible de su mirada.
El uraga, aún invisible, seguía acechando, dejando marcas en el suelo y rocas que se rompían a su paso. Sirhan y Lux intentaban localizarlo, pero su velocidad y la capacidad para camuflarse lo hacían casi imposible de seguir.
Sirhan, tiró de Lux hacia él cuando otra garra pasó rozando su costado. El movimiento fue tan brusco que ella, que apenas le llegaba al pecho, chocó contra su torso. Sus miradas se encontraron. Él mantuvo la expresión impasible, sin apartar la vista ni un segundo. Lux fue quien rompió el contacto visual, apartándose con un movimiento brusco mientras tomaba la hoz en sus manos.
La aparente calma de él le resultaba desconcertante. Mientras su propio pulso acelerado resonaba en sus oídos y cada fibra de su cuerpo permanecía en tensión, Sirhan se movía con la tranquilidad de quien pasea por un jardín.
Era evidente que su entrenamiento como guerrero le permitía mantener la sangre fría. Lux sentía la adrenalina recorriéndole las venas, agriándole la boca, nublando sus pensamientos. Mientras, él esquivaba los ataques con la precisión mecánica de quien ha hecho eso mil veces antes.
Lo que más la perturbaba no era el peligro, sino esa diferencia abismal entre ellos. En medio del caos, mientras ella luchaba por mantener el control, Sirhan parecía no tener nada que controlar en primer lugar.
“No para de dar vueltas, está jugando con nosotros. Se burla porque no podemos verle.”
Lux escuchó un siseo cerca de su oreja y atacó al aire, pero no acertó salvo a la roca, levantando polvo. Ese error le permitió ver por un instante la piel traslucida del ugarta y se le ocurrió una idea. Rascó el polvo del suelo y lo sopló a su alrededor como una nube espesa. Byron parecía atento.
El ugarta se retorcía como si le hubiera entrado en los ojos, le cubrió entero. Lux distinguió por un instante su verdadera forma: una cabeza estrecha, con dos finas hendiduras en lugar de ojos, capaces de detectar el más mínimo cambio en la humedad del aire, advirtiéndole de presas o peligros mucho antes de que estos llegaran. Su cuerpo era alargado, casi serpentino, cubierto de piel escamada y blanquecina. Tenía patas palmeadas que terminaban en garras curvadas como anzuelos. Y al final de su cuerpo se extendía una larga cola.
Sirhan lanzó un golpe directo a la cabeza del ugarta, pero la criatura reaccionó con agilidad, esquivando el ataque en el último instante. Se sacudió el polvo y volvió a ser invisible.
Sin perder tiempo, Lux recogió más polvo del suelo y lo sopló alrededor, formando una densa nube en el aire. El lagarto emergió de la nada, abalanzándose directamente sobre ella.
Pero en el instante preciso, Byron pisó su cola con fuerza, haciendo que el ugarta cayera pesadamente contra el suelo. Sirhan no desperdició la oportunidad: levantó su hacha y, con un golpe preciso y contundente, terminó el enfrentamiento con un corte limpio al cuello de la bestia.
Byron dio un paso adelante, con calma, como si nada hubiera ocurrido.
—Felicidades —murmuró con su habitual indiferencia—. Solo os quedan unos cientos más.
Sirhan y Lux siguieron la dirección que señalaba Byron. El lagarto había abierto un agujero en la pared, revelando una cámara infestada de lagartos y, al otro lado, la ansiada salida. En un instante, comprendieron que aquella era la ruta por la que había llegado y ni siquiera lo habían advertido.
Se giraron hacia Byron, frunciendo el ceño por no haber enfocado antes la luz hacía el agujero.
—¿Qué? ¿También es mi culpa que se reproduzcan?