Las horas transcurrieron lentas, pesadas, como sumergidas en un pantano de olvido. Kendra, Terry y Daniels dormían plácidamente, acurrucados contra la pared helada. Sus respiraciones, acompasadas y profundas, imitaban la fragilidad de tres recién nacidos sumidos en la nada. Por un breve instante, las mentes de los muchachos se desgajaron de la pesadilla que consumía aquel hospital maldito. Aquel sueño no era una simple tregua; era una rendición del alma, un refugio invisible que los mantenía a salvo del terror brutal que aguardaba al otro lado del pasillo.
El primero en emerger de las sombras del letargo fue Daniels.
Al abrir los párpados, el dolor en las sienes lo sacudió violentamente, pero al ver a sus dos amigos aún dormidos, una tibia sensación le atravesó el pecho. En sus labios desgastados y secos se dibujó una sonrisa genuina, cargada de una mezcla pura de esperanza, nostalgia y un amor fraternal que creía extinto tras la masacre que habían presenciado.
A los pocos segundos, Kendra dejó escapar un leve murmullo y abrió los ojos. Se quedó inmóvil por un instante, observando la silueta de Daniels, quien la contemplaba a ella y a Terry con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa dibujada en el rostro.
—¿Estás bien, Daniels? —preguntó ella con la voz rasposa, casi en un susurro, mientras se acomodaba sobre el frío suelo de granito—. Pareces cansado... pero tienes una cara diferente.
—Sí, no te preocupes, no es nada malo —respondió Daniels, soltando una pequeña risotada—. Es solo que... verlos a los dos así, tan tranquilos... No sé, parecen un par de bebés dormidos en medio del infierno.
Kendra dejó escapar una risa ahogada que resonó dulcemente en la estancia vacía. En ese mismo instante, Terry parpadeó con pesadez, desperezándose con lentitud mientras contemplaba a sus amigos estallar en carcajadas.
—A ver, a ver... ¿cuál es el chiste? —protestó Terry, pasándose una mano llena de mugre por la cara—. Yo también quiero reírme. Bastante calvario hemos pasado ya como para que se guarden los chistes entre ustedes.
—¡Jajaja! No es nada, Terry —dijo Kendra, secándose una lágrima de risa del párpado—. Es que aquí nuestro querido filósofo dice que nos veíamos como dos tiernos bebés descansando en sus cunas. ¿No te parece una imagen ridícula dada la situación?
—Jummm, ya veo —rezongó Terry con una pequeña sonrisa contagiosa—. Bueno, si me das a elegir, prefiero mil veces dormir como un bebé indefenso que tener que aguantarme los ronquidos de abuelito centenario que se gasta aquí el amigo Daniels.
—¿¡Qué?! ¿Roncar yo? —saltó Daniels, abriendo los ojos de par en par mientras la risa se apoderaba de su pecho—. ¡Pero si yo respiro como un ángel! ¡Eres un mentiroso, Terry!
Las risas se apagaron poco a poco, dejando que la atmósfera opresiva del edificio volviera a colarse por las rendijas. Terry adoptó un aire más serio, apoyando los codos sobre sus rodillas y mirando fijamente a sus compañeros.
—Hablando en serio, chicos... ¿cómo se sienten? —preguntó Terry con tono protector—. Me refiero a... si de verdad pudieron descansar. Si la mente les dio una tregua.
—La verdad es que sí —respondió Daniels, frotándose las manos para recuperar el calor—. Pude dormir un poco, y con lo poco que logramos comer hace rato, siento que la cabeza me dejó de dar vueltas. Me siento mucho mejor, físicamente al menos.
—Yo también logré pegar el ojo un rato —añadió Kendra, poniéndose de pie e impulsándose contra la pared—. Siento que el cuerpo me respondió de nuevo. Creo que ya estoy lista para lo que sigue. Es hora de buscar esa dichosa salida y largarnos de esta pesadilla de una vez por todas.
—Qué bien, chicos. Me alegra escuchar eso de verdad —dijo Terry, poniéndose en pie con determinación—. Eso es vital. Necesitamos estar más fuertes y unidos que nunca para todo lo que se nos pueda venir encima. Esta porquería de lugar no nos va a regalar nada.
—Estamos listos, mi capitán —bromeó Daniels, poniéndose de firme y haciendo un saludo militar caricaturesco que logró sacarle una nueva sonrisa a Kendra y a Terry.
—Y tú, Terry... ¿cómo te encuentras? —preguntó Kendra, clavando sus ojos oscuros en los de él—. ¿Tú pudiste descansar algo o solo estuviste velando nuestro sueño?
Terry bajó la mirada hacia sus botas cubiertas de polvo. La leve chispa de alegría desapareció bruscamente de su rostro, dejándolo marchito por la culpa.
—La verdad... solo un poco —confesó Terry, con la voz quebrada—. Siendo completamente sincero con ustedes, no puedo. No dejo de culparme por todo. Pienso en la muerte de Mónica... en cómo se la llevó la oscuridad. En Evelyn... y ahora en el pobre Andy. Siento que debí hacer algo más, que debí protegerlos...
—Pero Terry... Evelyn no está muerta —interrumpió Daniels con voz temblorosa, aferrándose desesperadamente a una chispa de esperanza—. Nosotros la vimos andar... ella sigue ahí fuera...
—¡¿Es en serio, Daniels?! —intervino Kendra, alzando la voz con una mezcla de pánico y firmeza desgarradora—. ¿De verdad piensas que esa cosa grotesca que anda acechándonos por los pasillos está viva? ¡Te equivocas! ¡Abre los ojos de una vez! Puede que esa abominación esté usando el cuerpo de Evelyn como un cascarón grotesco, ¡pero ella ya no está ahí! Evelyn murió en el momento en que esa maldición la tocó. ¡Ahora solo hay algo oscuro, monstruoso y hambriento viviendo en su piel!
—Ella tiene razón, hermano —sentenció Terry, colocando una mano pesada sobre el hombro de Daniels—. Kendra dice la pura verdad. Ahora solo quedamos nosotros tres. Somos lo único que nos queda en este lugar. Y escúchenme bien los dos: no voy a permitir que nada malo les pase. No a ustedes. Así tenga que dar mi propia vida para que crucen esa puerta, ¿me oyeron?
—No digas estupideces, Terry —replicó Daniels, mirándolo fijamente a los ojos mientras extendía su mano abierta en el aire—. La idea no es esa. Nos vamos a proteger entre todos. No dejaremos que esa mierda nos atrape a ninguno de los tres. Nos vamos juntos o no se va ninguno. ¿Me entendiste, hermano?
Terry contempló la mano de Daniels, sonrió levemente y la estrechó con fuerza.
—Entendido —asintió Terry.
—Vamos, tenemos que salir de aquí —dijo Kendra, ajustándose la chaqueta y mirando hacia la puerta semiabierta—. Hay que aprovechar que recuperamos algo de fuerzas y buscar la maldita salida antes de que la oscuridad se haga más oscura y se vuelva más densa.
—Pues no perdamos más el tiempo —sentenció Terry, empuñando un trozo de madera como arma—. Salgamos de aquí ya.
El Expediente Oculto
Nuevamente se adentraron en las fauces del pasillo oscuro del piso 7. La atmósfera era tan pesada que el aire quemaba al inhalarlo; el olor a humedad, moho y sangre seca saturaba sus pulmones. Avanzaron despacio, rebasando las hileras de habitaciones vacías por las que ya habían pasado antes. Sin embargo, esta vez, una puerta de madera podrida que antes no habían notado —o que el pánico primigenio les había impedido ver— llamó poderosamente su atención.
La pintura desconchada de la placa de bronce susurraba un título inquietante: **"Archivos y registros de pacientes"**.
Al verla, no dudaron ni un segundo. Movidos por una curiosidad hambrienta y la imperiosa necesidad de encontrar respuestas, empujaron la puerta para husmear un poco.
La habitación estaba sumida en una penumbra casi absoluta, débilmente iluminada por la luna que filtraba su luz a través de una ventana rota. El polvo flotaba en el aire como esporas venenosas. Frente a ellos se extendía un laberinto de gavetas metálicas y archivadores oxidados donde reposaban miles de historias clínicas de pacientes olvidados por el tiempo.
El trío de amigos comenzó a desordenar los papeles. Hojearon docenas de folios amarillentos y copias manchadas de humedad, pero ninguno contenía nada fuera de lo común. Nombres al azar, diagnósticos de fiebres o neumonías simples. Nada que explicara la abominación que habitaba el edificio.
Sin embargo, en el fondo de un cajón trancado, Daniels halló una carpeta de cuero negro. En la portada se leía una palabra en letras rojas y desgastadas: **CLASIFICADO**.
Al abrirla, una fotografía en blanco y negro pegada en la primera página les congeló la sangre. Era la imagen de una anciana de unos 80 años, con el rostro surcado por arrugas profundas, ajadas y una mirada de pavor puro desorbitada hacia la cámara.
—Esa... esa no es la vieja que torturaban en el video siniestro que vimos hace rato —dijo Daniels, sintiendo un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal.
—¡Sí, es ella! —confirmó Terry, acercando su linterna moribunda al documento—. Dios mío... miren cómo se llama.
—*Teodora Eleonora White* —leyó Kendra en voz alta, tragando saliva con dificultad—. Miren, aquí está todo el expediente completo.
> **REGISTRO MÉDICO — HOSPITAL GENERAL**
> **Fecha de ingreso:** 30 de marzo de 1984
> **Nombre de la paciente:** Teodora Eleonora White
> **Número de documento:** 3283421
> **Motivo del ingreso:** Demencia vascular grave / Episodios psicóticos severos
> **Exámenes anteriores:** Ninguno
> **Doctor encargado:** Dr. Francis Taylor
> **Habitación asignada:** 777
>
—Así que esa anciana tenía Alzheimer o algo parecido... —murmuró Terry, apretando los puños con rabia—. Pero, ¿por qué? ¿Por qué demonios esos malditos médicos le hacían semejantes atrocidades a una pobre señora indefensa? ¡Era una anciana enferma!
—Porque eran unos sádicos, unos auténticos miserables —escupió Kendra con indignación y lágrimas de coraje en los ojos—. Por eso la vieja los maldijo a todos. Los pudrió desde dentro. Pero la pregunta que me está carmiando el cerebro es... ¿por qué a nosotros? ¡Nosotros no le hicimos nada! ¡Ni siquiera habíamos nacido cuando esto pasó!
—Bueno, al menos ya sabemos un poco más sobre esa anciana —suspiró Daniels, dejando caer la carpeta sobre la mesa—. Lo que todavía no me entra en la cabeza es cómo carajos tuvo ella el poder negro para maldecir cada ladrillo de esta porquería de hospital.
Tras darle un último vistazo a los escalofriantes archivos, los tres amigos decidieron salir de allí antes de que el encierro les sofocara la cordura. Ahora caminaban cargando una porción de la terrible verdad.
La Pesadilla del Piso 8
Volvieron al pasillo con una sola meta fija en la mente: encontrar la escalera de servicio y buscar la salida definitiva. Avanzaron a paso firme a través de la oscuridad. Tras recorrer unos metros que se sintieron eternos, vislumbraron la pesada estructura de hierro de las escaleras. Decididos, comenzaron a subir escalón por escalón.
Nadie decía una sola palabra. El único sonido que rompía el aplastante silencio del edificio era el eco metálico y rítmico de sus botas contra los peldaños resbaladizos. Subieron y subieron, dejando atrás el escalofriante piso 7, hasta alcanzar el descanso del piso 8. Por primera vez desde que se desató la masacre, una ligera brisa pareció acariciarles el rostro; parecía que, finalmente, el calvario llegaba a su fin.
Al empujar la puerta de doble hoja para internarse en el nuevo pasillo, los muchachos aguardaban la misma escena de siempre: un pasillo interminable, oscuro y repleto de habitaciones lúgubres. Pero la sorpresa fue absoluta.
Al cruzar el umbral, se toparos con que allí no había nada. Era un abismo extraordinario, una estructura vacía sin paredes divisorias, sumida en una oscuridad total. En el suelo solo descansaban vigas expuestas, andamios y un par de herramientas de construcción devoradas por el óxido.
—Miren esto... no hay nada aquí —susurró Kendra, dando un paso atrás con aprensión.
—Parece que este piso apenas lo iban a construir cuando abandonaron el lugar —comentó Terry, escudriñando el inmenso vacío con la luz de la linterna—. Bueno, aquí no hay mucho que ver ni donde esconderse, así que sigamos subien...
No alcanzó a terminar la frase.
De repente, una sombra negra, deforme y veloz cruzó rápidamente por enfrente de los chicos, rasgando el aire a centímetros de sus rostros. Kendra soltó un grito de horror gutural que retumbó en la inmensidad vacía.
*Thump... thump... thump...*
Unos pasos pesados, húmedos y desarticulados comenzaron a escucharse. Al principio sonaban lejos, desorientadores; pero tras cada segundo, el sonido se volvía más estruendoso, más rápido, más cercano.
En un abrir y cerrar de ojos, la sombra se materializó a escasos diez metros de ellos. No tenía un rostro humano; era una masa grotesca de extremidades rotas y ojos vacíos que dejó emitir un alarido desquiciado y **se abalanzó en carrera pura contra los tres**.
—¡ATRÁS! —gritó Terry.
En un acto de pura lucidez y desesperación, Terry agarró el marco de la puerta de hierro y la cerró de un portazo brutal con todas sus fuerzas. Un milisegundo después, algo pesado e inhumano impactó al otro lado de la puerta con un golpe seco que hizo temblar el suelo bajo sus pies, seguido de garras metálicas arañando la estructura.
El terror impreso en los rostros de los tres era total. Respiraban sofocados, paralizados en la plataforma de las escaleras.
—¿Pero qué demonios fue eso? —chilló Daniels, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Esta mierda empeora a cada segundo! ¡Ese piso está maldito!
—Esa mierda nos quiere ver muertos —dijo Terry con la voz entrecortada, apoyando la espalda contra la puerta que aún temblaba por los golpes del monstruo—. No va a parar de atormentarnos hasta que nos destripe a los tres. Pero como ya dijimos abajo... ¡no le vamos a dar el gusto! Somos más fuertes que esa cosa si nos mantenemos juntos.
—Tienes razón, Terry... no podemos volvernos locos ahora —dijo Kendra, intentando dominar el temblor desgarrador de sus manos—. Sigamos subiendo. Por favor, sigamos.
—Por supuesto —sentenció Terry, haciendo una seña para continuar—. Hacia arriba. Ahora.
El Registro Médico en el Piso 9
Los chicos continuaron el ascenso, escalón por escalón, sintiendo cómo las piernas les quemaban por el esfuerzo acumulado y el pánico. Finalmente, alcanzaron el nivel del piso 9.
—Miren, otra puerta —señaló Kendra, señalando la entrada de metal—. Ojalá esta no sea otro piso en obra negra... o peor.
Terry empujó la puerta con cautela. Al otro lado, la escena era distinta. Ante ellos se abría una sala amplia equipada con hileras de casilleros metálicos oxidada, donde aún colgaban decenas de batas blancas de doctor gastadas por los años y varios uniformes de enfermeras manchados de polvo. En el centro de la habitación, sobre un escritorio abarrotado de papeles viejos, descansaba un monitor de computadora antiguo, con una pantalla curva y voluminosa.
—Oh, genial... Miren esto —ironizó Daniels, dejando caer los brazos con frustración—. Nos topamos con el piso donde el personal médico venía a cambiarse de ropa. Fantástico, hemos subido dos pisos para no avanzar absolutamente nada hacia la calle.
—Pero esperen... miren allí —dijo Kendra, acercándose al escritorio—. Hay una computadora.
—¿Y de qué diablos nos sirve una computadora en este lugar, Kendra? —preguntó Terry, mirando a su alrededor con desconfianza—. Aquí no hay corriente eléctrica desde hace por lo menos dosj décadas.
—No lo sé... pero la verdad, siempre quise ponerme una bata de doctora —dijo Kendra con una leve sonrisa nerviosa, tratando de aligerar la aplastante tensión mientras caminaba hacia los casilleros desgastados.
—Oye, espera. ¿Qué vas a hacer? —la detuvo Daniels, tomándola suavemente del brazo—. Kendra, no juegues.
—Solo quiero probarme una de estas batas, Daniels —respondió ella, zafándose con delicadeza y tomando una bata blanca que colgaba de un perchero lleno de telarañas—. Solo por ver cómo me queda...
—¡Estás completamente loca, Kendra! —exclamó Daniels, cruzándose de brazos—. Ni siquiera sabes a qué clase de médico depravado le pertenecía eso en el pasado. Podría estar infectada con Dios sabe qué.
—No pasa nada, amargado —se burló ella con ironía, descolgando una prenda azul del casillero contiguo—. Mira, si quieres te consigo un uniforme de enfermera a tu medida. Había unos divinos por aquí.
—Jajaja, qué chistosa eres... —respondió Daniels rodeando los ojos.
De repente, un **ZUMBIDO** eléctrico rasgó el aire, acompañado por un chasquido metálico que los hizo saltar a los tres.
*BZZZZZZZZT...*
—¿Q-Qué fue eso? —susurró Terry, empuñando su leño de madera y poniéndose en guardia.
—¡Miren! ¡La computadora! —gritó Kendra, dando dos pasos hacia atrás y señalando el escritorio con el dedo tembloroso—. ¡Se está encendiendo solo el monitor!
Un resplandor verde y fosforescente emergió de la pantalla de rayos catódicos, iluminando sus rostros horrorizados con un parpadeo intermitente.
—¿Pero cómo carajos es esto posible? —exclamó Daniels, echándose las manos a la cabeza mientras el pánico lo dominaba—. ¡Si en este maldito hospital no hay luz! ¡No hay generadores! ¡No hay nada conectado a la pared!
—Miren lo que está apareciendo en la pantalla... —murmuró Kendra, acercándose hipnotizada por la luz verdosa.
En el centro del monitor, unas letras de código antiguo parpadearon línea por línea hasta formar una sola frase:
SISTEMA DE CONTROL DE PERSONAL
INGRESE EL NOMBRE DEL CUIDADOR:
—¿"Nombre del cuidador"? —preguntó Daniels, mirando a Terry con perplejidad—. ¿Qué demonios quiere decir eso, Terry?
—No lo sé... —respondió Terry, sudando frío—. ¿Será acaso que pide el nombre del médico de guardia o de alguna enfermera encargada de las atrocidades de este piso?
Kendra, movida por un impulso irrefrenable, se acercó al teclado mecánico acumulado de mugre. Sus dedos temblorosos presionaron las teclas ruidosas, una a una:
A - N - N - I - E _ P - R - E - S - S
Al presionar *Enter*, la computadora emitió un pitido agudo. En la pantalla apareció una barra de carga pixelada que comenzó a llenarse lentamente a medida que el procesador procesaba los datos. Segundos después, la secuencia se completó y la información brotó en la pantalla verde:
> **REGISTRO DE PERSONAL — HOSPITAL GENERAL**
> **Nombre:** Annie Sophie Press
> **Cargo:** Jefe de Enfermeras de Pabellón Psiquiátrico
> **Fecha de ingreso:** 21 de abril de 1962
> **Logros destacados:** Servicial, estricta y con dudosa inclinación a prácticas invasivas en pacientes de alto riesgo.
> **Antecedentes disciplinarios:** Extremadamente dura y cruel al momento de comunicar diagnósticos. Múltiples quejas por desacato y maltrato verbal.
>
—Nada más... no dice absolutamente nada más de esa maldita perra —mordió Daniels cada palabra, con la voz cargada de una ira ciega al recordar los gritos del video de tortura.
—Esperen... tengo otro nombre grabado en la memoria —dijo Kendra, con los ojos clavados en la pantalla mientras sus dedos ya tipeaban en el teclado mecánico—. El médico del expediente del piso 7... *Francis Taylor*.
Nuevamente, el monitor parpadeó violentamente y la barra de carga volvió a recorrer la pantalla. El disco duro emitió un rasquido metálico estridente hasta que el archivo final fue desplegado por completo:
> **REGISTRO DE PERSONAL — EXPEDIENTE PRIVADO**
> **Nombre:** Francis Dewar Taylor
> **Cargo:** Jefe de Piso / Director de Tratamientos Experimentales
> **Fecha de ingreso:** 13 de enero de 1962
> **Logros destacados:** Ninguno.
> **Antecedentes disciplinarios:** Conducta sumamente violenta e inestable contra el personal médico subordinado y contra los pacientes del pabellón 7. Denunciado por abusos físicos y experimentos no autorizados.
> **Estatus actual:** CARTA DE RENUNCIA INMEDIATA Y ORDEN DE ARRESTO PENDIENTE.
>
—Así que este era el mayor hijo de puta que tenía este maldito hospital —sentenció Kendra, sintiendo cómo una repugnancia profunda le recorría el estómago mientras leía cada palabra del monitor—. Ni siquiera con su propio personal médico tenía un gramo de respeto o compasión.