Inmóvil, paralizada por un frío helado que le recorría los huesos y le impedía mover un solo músculo, Kendra observó cómo aquel bebé le sonreía de una manera estremecedoramente tierna. El pequeño, tras regalarle esa mirada llena de una inocencia fuera de lugar, comenzó a alejarse lentamente en la penumbra.
—¿Estás bien, Kendra? —preguntó Daniels con el aliento agitado, colocándole una mano firme sobre el hombro para devolverla a la realidad.
—No... no, no lo estoy —susurró Kendra, temblando visiblemente y con la voz entrecortada—. Ya iba a llegar... estuve a un solo centímetro de alcanzar al bebé, pero algo me detuvo de golpe. Fue... fue como chocar contra una pared invisible, una masa densa e impalpable que me bloqueó el paso y no me dejó dar ni un solo paso más. Se los juro, no podía avanzar.
Terry, entrecerrando los ojos con incredulidad y cautela, extendió el brazo hacia el frente. Dio unos cuantos pasos cautelosos hacia adelante y agitó la mano en el aire para comprobar la zona.
—Mira, Kendra, aquí no hay nada —dijo Terry, señalando el pasillo vacío—. La barrera desapareció, el camino está totalmente libre otra vez. Se puede pasar sin problema.
—¡Te juro por Dios que sentí una pared sólida ahí! —exclamó Kendra, al borde de las lágrimas y albergando un profundo terror en su mirada—. ¡Tienen que creerme, no me lo estoy inventando! ¡Esa mierda no me dejaba avanzar!
Daniels suspiró pesadamente, observando la oscuridad del pasillo antes de fijar sus ojos cansados en ella.
—Kendra, escúchame bien —respondió Daniels con tono grave y sombrío—. Después de todo lo que hemos visto en este infierno... después de ver a nuestra propia gente morir desmembrada, de presenciar cómo las cosas aparecen y desaparecen de la nada, y de ver cómo los malditos aparatos médicos de este lugar se prenden solos sin tener una sola gota de electricidad... que tú me digas que no pudiste avanzar porque una pared invisible te cortó el paso es, con diferencia, lo más jodidamente "normal" que nos ha pasado hoy aquí. Claro que te creemos, maldita sea. No estamos en posición de dudar de nada.
—Es verdad, Kendra. Si tú dices que había una pared, te creemos —agregó Terry, forzando una pequeña y cálida sonrisa de apoyo que logró serenar un poco el rostro descompuesto de su amiga.
—Lo que no logro entender... —continuó Kendra, limpiándose el sudor frío de la frente— es cómo demonios puede haber un bebé en este hospital. ¡Este lugar lleva décadas abandonado, en ruinas, pudriéndose en el olvido! ¿De dónde salió?
—Tú sabes perfectamente que eso no es posible, Kendra —intervino Daniels con firmeza, cruzándose de brazos mientras miraba hacia las sombras—. Ese bebé que acabamos de ver no era más que una trampa macabra concebida por este maldito hospital. Este lugar nos quiere matar, pero primero quiere destruirnos la mente, doblegarnos desde el plano mental. Para mí es infinitamente más probable que Evelyn siga viva rondando por algún pasillo a que haya un recién nacido real respirando en esta pocilga.
—Pero si realmente era una trampa para acabar con nosotros... ¿por qué demonios no me hizo daño cuando estuve tan cerca? —cuestionó Kendra, con la voz ahogada por la confusión.
—¡Porque este lugar disfruta jugando con nosotros! —sentenció Daniels, alzando la voz con frustración y rabia—. ¡Nos conoce, Kendra! ¡Sabe exactamente quiénes somos y cuáles son nuestras debilidades! No sé de qué diablos se alimenta o cómo lo hace, pero a lo largo de todo este encierro nos ha hecho presenciar pedazos de nuestro pasado: viejos videos familiares, juguetes de nuestra infancia, dibujos... y ahora esto. Un bebé. Este hospital maldito te está manipulando directamente a ti, Kendra. Conoce tu deseo más profundo y desgarrador de ser madre, conoce tu vacío, y por eso mismo te está jugando esta trampa enferma para llevarte al límite.
—No podemos permitir que este edicto infernal siga jugando con nuestras mentes —continuó Daniels, clavando una mirada implacable en los dos—. Tenemos que ser más fuertes que esto, mantener la cabeza fría a toda costa. Porque si nos dejamos vencer por sus ilusiones, si caemos en sus juegos psicológicos, va a terminar matándonos a todos uno por uno. Y créanme, estoy demasiado joven y tengo demasiado por vivir como para morir en las garras de un hospital de mierda como este.
—Tiene toda la razón —asintió Terry, apretando los puños con determinación—. Hay que ser más inteligentes, más fríos y mucho más fuertes que las aberraciones de este lugar. Vamos, sigamos avanzando.
Sin más que buscar en el devastado piso 6, el grupo tomó el corredor central y decidió bajar por las penumbras hacia el siguiente nivel.
Al cruzar el umbral del piso 5, un llanto ensordecedor y desgarrador impregnó el ambiente, retumbando en las paredes de concreto descascarado:
—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda, no me dejen aquí! —gritaba una voz agónica desde el fondo del corredor—. ¡Tengo mucho miedo, me duele todo! ¡Ayúdenme, por favor! ¡Terry! ¡Daniels! ¡Kendra! ¡Si alguno me escucha, sálveme!
Kendra se congeló en el acto, llevándose las manos al pecho mientras su pulso se disparaba por completo.
—Esa... esa voz... ¡Es la voz de Evelyn! —gritó Kendra con el corazón en la mano y la respiración desbocada.
—¡Es ella! ¡Por fin la encontramos, está viva! —exclamó Terry, al borde del llanto por la emoción, casi brincando de alegría ante la esperanza.
—¡Vamos, no hay tiempo que perder! ¡Hay que ir ya mismo! —ordenó Daniels.
Los tres comenzaron a correr desesperadamente por el pasillo a oscuras, esquivando camillas rotas y escombros mientras gritaban a todo pulmón:
—¡Evelyn! ¡Evelyn, aguantas, ya vamos! ¡Evelyn!
—¡Aquí! ¡Aquí estoy, chicos, vengan rápido, no me dejen sola! —respondió la voz de "Evelyn", sonando cada vez más cercana.
—¡Ya vamos por ti, resiste! —gritó Terry con todas las fuerzas de su ser, impulsándose con más rapidez.