Seis personas. Ese era el número exacto de imprudentes que habían atravesado la puerta principal de aquel hospital abandonado con un único e idiótico objetivo en mente: volverse virales. Sin embargo, la vida de esos seis chicos dio un vuelco abismal al cruzar el umbral. El cambio fue tan drástico y sangriento que ya no eran seis; ahora solo quedaban dos. Terry y Kendra. Por alguna razón maquiavélica, seguían vivos. Con heridas profundas, traumatizados y al borde del colapso, pero vivos.
Ambos habían presenciado cómo cada uno de sus amigos moría de las maneras más desgarradoras, crueles y grotescas he imaginables. En medio de aquel pasillo helado, tendidos sobre el suelo mugriento, las pocas fuerzas y las ganas de salir de allí se habían esfumado. Durante su estancia en ese infierno, habían sobrevivido aferrándose a la diminuta esperanza de volver a ver la luz del sol. Pero con la muerte desgarradora de Daniels, esa fe se disipó como una estrella fugaz consumiéndose en la nada. El silencio reinaba sobre Kendra y Terry. Ya no existía entre ellos una sola palabra de consuelo que tuviera sentido. Aquel hospital no solo había ganado una batalla más; había ganado la guerra, porque ya no quedaba nadie con el alma entera para combatirlo.
Cada minuto transcurría lento, viscoso y doloroso. Aunque a sus cuerpos ya no les quedaban lágrimas que derramar, los rostros de Terry y Kendra reflejaban la tristeza más profunda que un ser humano pueda experimentar.
Sin embargo, el hospital no quería una victoria fácil. La entidad que habitaba esas paredes no deseaba una guerra sin soldados que pelearan; disfrutaba del quiebre paulatino de la voluntad humana. Así que decidió darles una última chispa de esperanza para podérsela arrebatar después.
Mientras Kendra y Terry permanecían inmóviles con el alma hecha pedazos, en una de las habitaciones contiguas un viejo televisor de tubo se encendió repentinamente, dejando escapar el chasquido de la estática seguido por una suave y anacrónica melodía de jazz.
Al principio, ninguno de los dos le prestó atención. No era la primera vez que el edificio jugaba con sus mentes de esa forma y ya no creían en sus trucos. Pero entonces, la voz distorsionada de Daniels comenzó a hablar a través del altavoz de la pantalla. Aunque la desconfianza los paralizaba, la curiosidad morbosa y el dolor los obligaron a ponerse de pie, arrastrando los pies sobre el frío piso de concreto hacia el origen del sonido.
Al entrar a la penumbrosa habitación, el televisor proyectaba imágenes grabadas en una cinta analógica. En ella aparecía el grupo completo: Terry, Kendra, Mónica, Daniels, Andy y Evelyn. Los seis estaban juntos, sonrientes, llenos de vida. Era el vídeo de aquel verano en que se fueron a acampar al lago de la ciudad. Kendra y Terry quedaron hipnotizados por el resplandor de la pantalla, mostrando una sonrisa trémula, casi forzada, eclipsada por la sombra del horror.
El vídeo continuó rodando, exhibiendo los momentos más puros de su amistad, hasta que la toma se enfocó en el rostro de Daniels mirando a la cámara.
—Hey, chicos... Si están viendo esto, solo quiero decirles que los amo un montón —decía la voz de Daniels desde el parlante, retumbando con un eco espectral—. Ustedes son lo más grande que me ha podido pasar en la vida. Son las personas más locas, imprudentes y valientes que existen sobre la Tierra. Por favor, pase lo que pase, nunca pierdan la esperanza ni las ganas de vivir. Tienen que resistir...
Un chasquido violento rompió el aire. Terry tomó una silla de metal oxidado que descansaba en un rincón y, sin pensarlo dos veces, la estrelló con toda la rabia de su cuerpo directamente contra la pantalla, destruyendo el aparato en una lluvia de chispas y cristales rotos.
—¡Mientes, maldito seas! ¡Mientes! —gritó Terry fuera de sí, respirando entrecortadamente mientras el humo salía del televisor—. ¡No me des esperanza para luego quitármela de la forma más vil! ¡Haz ya lo que tengas que hacer con nosotros, ente de mierda! ¡Mátanos de una vez, pero no me des esa porquería de recuerdos!
Kendra presenció la escena paralizada por la sorpresa. Llevaba conociendo a Terry desde hacía más de dos años y jamás lo había visto romperse de esa manera. Para ella, él siempre había sido el pilar: un tipo calmado, racional y paciente. Verlo maldecir, golpear las paredes con los nudillos ensangrentados y destrozar el televisor la dejó absorta. No era para menos tras la carnicería que habían atestiguado. La ira de Terry era evidente; su mirada era severa, amenazante, con las venas marcándose violentamente en su frente y el rostro enrojecido por la rabia ciega que lo consumía por dentro.
Observándolo temblar entre las sombras, Kendra finalmente rompió el tenso silencio que los había envuelto durante horas.
—¿Estás bien, Terry? —murmuró con la voz quebrada.
Terry se giró despacio. La observó por unos segundos, analizándola de pies a cabeza con ojos inyectados en sangre, antes de soltar una risotada amarga y responderle con veneno en las palabras.
—¿En serio? ¿De verdad me estás preguntando eso en este preciso instante? "¿Estás bien, Terry?" ¡¿Pero qué carajos te pasa por la cabeza, Kendra?! ¡¿Cómo demonios voy a estar bien?! ¡Siento que los pies me pesan mil kilos, tengo un maldito dolor de cabeza punzante desgarrándome el cráneo desde hace horas y no he podido pegar un solo ojo sin escuchar los gritos de los demás! ¡No me siento seguro aquí; siento que en cualquier segundo una de esas sombras va a salir del techo y me va a reventar la garganta! ¡He visto cosas que mi mente ni siquiera puede procesar, no sé qué es real y qué es una maldita alucinación de este lugar! ¡He visto cadáveres que aparecen y desaparecen en los pasillos, he visto cómo estas malditas paredes de concreto parecen volverse invisibles y podridas de la nada! ¡He visto morir a tres de nuestros mejores amigos de las formas más horribles que te puedas imaginar! ¡Vi a mi propia novia, a Mónica, ser arrastrada a la oscuridad mientras sus huesos se partían uno a uno! ¡Vi cómo Evelyn se deformaba hasta convertirse en un monstruo grotesco de tres metros con extremidades rotas! ¡Y vi las entrañas de Andy, mi mejor amigo, derramadas y esparcidas por todo el suelo de esa habitación maldita! ¡¿Y de verdad, después de todo este maldito infierno y de horas de silencio, lo único que se te ocurre preguntarme es si estoy bien?!