El viento helado de la noche azotaba la cima del edificio con la fuerza de una navaja. Sobre la cornisa, Kendra y Terry intentaban recuperar el aliento. El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un rojo sangriento que proyectaba largas sombras deformes sobre la grava suelta de la terraza. El aire fresco oliendo a libertad y las bolsas viejas con comida rancia que habían devuelto algo de vida a sus estómagos destrozados les habían dado una falsa ilusión de victoria. Creían que lo peor había pasado, que salir de aquella pesadilla era solo cuestión de dar unos pasos más.
Sin embargo, al asomarse al abismo de concreto, la cruda realidad los golpeó como una losa: un precipicio de más de sesenta metros los separaba del suelo. Caer desde allí significaba una muerte instantánea y violenta.
—Tiene que haber algo... ¡Tiene que haber algo aquí, Terry! —gritó Kendra, dejándose llevar por la desesperación mientras registraba entre la basura, las tuberías oxidadas y los escombros olvidados de la terraza—. ¡No podemos estar a solo unos metros del aire libre y quedar atrapados como ratas en el techo! —Cálmate, Kendra, por favor. Si entramos en pánico no vamos a pensar con claridad —respondió Terry, aunque sus propios labios temblaban y la mirada traslucía un miedo primario—. Registremos cada esquina. Una cuerda, un cable grueso, una escalera de incendios... Cualquier cosa nos sirve.
Buscaron como dementes durante más de veinte minutos. Corrieron de un extremo a otro del tejado, removieron láminas de metal retorcidas y golpearon viejos tanques de agua vacíos. Pero la terraza estaba completamente desierta. No había un solo objeto que pudiera ayudarlos a descender. La impotencia comenzó a asfixiarlos.
De pronto, Kendra se detuvo en seco. Se llevó las manos al rostro cubierto de hollín y sangre seca, abriendo los ojos de par en par al recordar un detalle que casi se le escapa.
—¡El piso ocho! —exclamó, tomando a Terry violentamente por los hombros—. Terry, cuando íbamos subiendo por la escalera de servicio en el piso ocho, vi una escalera metálica de mano tirada cerca de los vestidores. ¡Estaba entre unos gabinetes destruidos! Tal vez esa escalera nos sirva.
A Terry se le encendió una chispa en la mirada. No había tiempo para dudar.
—Vamos por ella. Ahora mismo antes de que oscurezca por completo.
Volvieron a empujar la pesada puerta de hierro que daba acceso al cubo de las escaleras. El ambiente volvió a volverse denso, frío y pesado. Comenzaron a bajar los escalones uno a uno. Aunque la fuerza de voluntad los impulsaba con violencia, el físico comenzaba a fallarles gravemente. Cada paso era un martirio; los músculos de los muslos se tensaban hasta el límite, las rodillas les temblaban desfallecidas y las piernas les pesaban como si estuvieran hechas de plomo.
—Terry... no puedo más... —gemía Kendra, aferrándose con los dedos adoloridos al pasamanos carcomido por el moho—. Me queman las piernas... Sentir cada escalón es como si me clavaran agujas en los músculos. Ya no siento los pies. —Sujétate de mí, vamos, apóyate en mi hombro —suplicó Terry, deteniéndose para sostenerla mientras él mismo ahogaba un grito de dolor por el esfuerzo—. Ya falta muy poco, Kendra. Estamos a un paso de salir de este maldito hospital. Te lo pido por lo que más quieras, no te rindas ahora. No después de todo lo que hemos dejado atrás para llegar hasta aquí. —No me voy a rendir... —respondió ella, apretando los dientes y esforzándose por esbozar una pequeña y desgarradora sonrisa entre las lágrimas—. Aunque se me rompan las piernas y tenga que empezar a arrastrarme con las manos, voy a salir de aquí contigo. No te voy a dejar solo. —Esa es la actitud que necesito escuchar. Vamos, un esfuerzo más.
Continuaron el agónico descenso. Bajaron el noveno piso y finalmente pisaron los azulejos rotos del piso ocho. La penumbra allí era casi absoluta. Buscaron a tientas en el área de vestidores hasta que tropezaron con el marco de metal. La primera vez que habían visto la escalera, impulsados por la prisa y el miedo, les había parecido enorme. Pero ahora, al levantarla entre los dos y evaluar su tamaño real, el alma se les vino al suelo: no medía más de diez metros.
—¡No puede ser! ¡Maldita sea! —gritó Kendra, propinando una patada furiosa contra la pared de drywall que se desmoronó al impacto—. ¡Esto no nos sirve para nada, Terry! ¡No llega ni a los diez metros! ¿Qué carajos vamos a hacer con esta basura si el edificio mide sesenta? —Tranquila, piensa. Si encontramos una cuerda resistente en este piso, podemos atarla al extremo superior de la escalera y alargarla —dijo Terry, pasándose las manos por la cara, tratando de mantener la cabeza fría—. Busquemos en los cuartos de mantenimiento.
Ambos se dispersaron por el pasillo a oscuras, abriendo casilleros oxidados y revolviendo entre estantes caídos. Tras varios minutos de búsqueda frenética, Kendra encontró un tramo de soga gruesa en un depósito. Sin embargo, al extenderla junto a la escalera, comprobaron que apenas sumaba un par de metros más.
—Sigue sin ser suficiente... —dijo Kendra, dejando caer los brazos a los lados con los ojos llenos de lágrimas de desesperación—. Apenas cubrimos doce o trece metros. Aún nos faltan casi cincuenta metros de caída libre. ¿Y ahora qué hacemos? Dímelo, Terry, ¿qué hacemos?
Terry apoyó la espalda contra la pared, cerró los ojos y se llevó las yemas de los dedos a las sienes, presionando con fuerza para contener la jaqueca atroz que lo atormentaba. Pensó en la estructura del edificio, en las habitaciones, en lo que quedaba adentro.
—Sábanas... —murmuró de pronto, abriendo los ojos con una determinación renovada—. Las habitaciones de los pisos inferiores. Tienen camas de hospital. Si tomamos todas las sábanas, cobijas y toallas que encontremos, las cortamos en tiras gruesas y las atamos con nudos marineros bien apretados junto a la soga y la escalera, lograremos la longitud que necesitamos. —¡Dios mío, claro! ¡Esa es la solución! —exclamó Kendra, sintiendo cómo la adrenalina volvía a encender su cuerpo cansado—. Hay que bajar ya mismo y tomar todo lo que encontremos. ¡Absolutamente todo!