Las llantas de la patrulla chillarón con furia contra el asfalto húmedo al frenar en seco frente a la entrada de urgencias del hospital militar. El motor aún convulsionaba cuando las puertas se abrieron de par en par. Del vehículo brotó una atmósfera pesada, impregnada del hedor acre de la sangre fresca y el sudor frío.
—¡Una camilla, por favor! ¡Necesito una camilla urgente, se nos desangra! —gritó desesperado el oficial al mando, con los brazos temblando bajo el peso del cuerpo inerte e inconsciente de Kendra. Su uniforme estaba completamente manchado de rojo a la altura del pecho.
Dos enfermeros irrumpieron desde el vestíbulo empujando una camilla metálica cuyo rechinar resonó por todo el pasillo. Con una coordinación torpe pero frenética, acomodaron el cuerpo de la joven, que colgaba como una muñeca de trapo, pálida, con la piel congelada y la respiración reducida a un hilo imperceptible.
—¡¿Qué pasó?! ¡¿Qué tenemos aquí?! —preguntó uno de los enfermeros, manteniendo la presión sobre la garganta de la chica para verificar un pulso que apenas se sentía.
—La encontramos en la carretera, pidiendo ayuda a gritos antes de colapsar —respondió el policía, jadeando, con la mirada desorbitada por la adrenalina—. dice que se llama Kendra Thompson.
En ese instante, el médico de turno se abrió paso a través de las puertas batientes. Se inclinó sobre el rostro de Kendra y apartó bruscamente el cabello empapado de sangre pegado a su frente.
—Tiene una herida profunda en la región parietal... Hay demasiado sangrado y una clara fractura expuesta. ¡Está entrando en choque hipovolémico! Hay que llevarla ya mismo a trauma, ¡se nos va a morir en la camilla ! ¡A trauma, de inmediato! —ordenó el médico con la voz cortada por la angustia.
Al cruzar las puertas de la sala de trauma, el entorno se volvió un caos controlado. El monitor cardíaco comenzó a emitir un pitido intermitente y acelerado, anunciando el colapso inminente. El médico se colocó los guantes a toda prisa, mientras las tijeras de la enfermera cortaban la ropa ensangrentada de Kendra. La hemorragia cerebral era masiva; la presión intracraneal amenazaba con destruirlo todo. Cada movimiento del bisturí debía ser milimétrico, frío y meticuloso. Un milímetro fuera de lugar, un temblor en las pinzas o un segundo de duda significarían la muerte cerebral instantánea. El cirujano sudaba a mares bajo la luz incandescente, sabiendo que estaba disputándole esa vida directamente a las sombras.
Transcurrieron horas agónicas, largas, pesadas y desgastantes. El silencio en el quirófano solo era interrumpido por el sonido rítmico de los equipos médicos. Tras un último y delicado punto de sutura, el cirujano dio un paso atrás, se retiró la mascarilla con las manos temblorosas y dejó escapar un largo suspiro de agotamiento. La intervención había sido un éxito técnico, pero el verdadero desafío comenzaba ahora: solo quedaba esperar a que Kendra recobrará la conciencia para evaluar el alcance de los daños neurológicos y verificar si alguna función motora o cognitiva había quedado destruida para siempre.
Minutos después, la luz tenue de una habitación de cuidados intensivos rodeaba la cama donde Kendra yacía conectada a un suero rítmico. Fuera de peligro inmediato, su cuerpo permanecía inmóvil. Al lado de la cabecera, una enfermera ajustaba el goteo de la medicación.
De pronto, los párpados de Kendra temblaron. Sus ojos se abrieron con lentitud, borrosos, luchando contra la penumbra. Pero la anestesia y el trauma distorsionaron su realidad: la silueta de la enfermera, erguida sobre ella a la luz de las velas de la pared, se deformó en su mente. Creyó ver la misma figura espectral, alta y grotesca, que la había perseguido en la oscuridad del hospital maldito. Un ente malévolo que volvía para reclamar su alma.
Un grito de horror visceral y desgarrador brotó del fondo de sus pulmones, desgarrándole la garganta:
—¡AAAAAARRRRGHHH! ¡NO! , DÉJAME EN PAZ! ¡AAAAAHHH!
—Tranquila, tranquila por favor, ya estás a salvo —dijo la enfermera, dando un paso atrás con las manos levantadas para calmarla. En su pecho, prendido al uniforme blanco, resplandecía una placa metálica con el nombre "Norma".
Kendra hiperventilaba, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados, aferrándose con rabia a las sábanas.
—¿Dónde... dónde estoy? —articuló Kendra con la voz rota y seca como el esparto.
—Está en el hospital militar, señorita. Llegó aquí gracias a que una patrulla de la policía la trajo a tiempo. Cuando la encontraron los agentes, usted presentaba un severo traumatismo craneal. Producto de ello, perdió una cantidad crítica de sangre y se desplomó en la vía pública. Por pura suerte, el doctor Narváez la operó con éxito y, mire, aquí está... con vida, señorita Thompson. Ahora debo ir a avisarle de inmediato al médico y a los oficiales que usted ha despertado —explicó la enfermera Norma, intentando transmitir serenidad.
—¿A la policía? ¿Por qué... por qué la policía? —susurró Kendra, sintiendo que una punzada de pánico le atravesaba el sien.
La enfermera no respondió. Le dedicó una mirada llena de compasión y misterio antes de salir apresuradamente por el pasillo. No pasaron más de cinco minutos cuando la puerta volvió a abrirse. El chirrido de los bisagras precedió la entrada del doctor Narváez y un oficial de alta jerarquía, cuya presencia imponía un peso aplastante en la pequeña habitación.
—Señorita Thompson, no sabe cuánto me alegra ver esos ojos abiertos. Fue un susto monumental, ¿no le parece? Estuvo a milímetros de no contarlo —comentó el médico con un tono de alivio genuino.
Pero Kendra no escuchaba sobre su salud. Su mente estaba atrapada en la penumbra de donde acababa de escapar.
—Terry... ¿Y Terry? ¡¿Dónde está Terry?! —gritó, tratando de incorporarse, ignorando el agudo dolor en su cabeza.
—Señorita Thompson, mucho gusto. Soy el capitán de la policía Sergio Michelin —intervino el oficial, dando un paso al frente y quitándose la gorra—. Nos da un alivio enorme haberla encontrado con vida... luego de siete largos días de búsqueda e intensa investigación.