Dos años
habían transcurrido desde aquella noche fatídica, pero para Kendra Thompson el tiempo parecía haberse detenido entre las ruinas del terror. La imponente entrada de la capilla local la recibía con un aire solemne; allí se conmemoraba el segundo aniversario del trágico suceso en el hospital abandonado de Cherry Vale, aquel infierno del que había sido la única superviviente.
La brisa helada le erizó la piel al recordar el horror, las sombras susurrantes y la pesadilla encarnada de la que apenas logró escapar. Desde esa noche, conciliar el sueño se había vuelto una batalla perdida. Las pesadillas la asaltaban en cuanto cerraba los ojos, arrastrándola de nuevo al abismo.
Aún recordaba el caos mediático tras su rescate. Periodistas y cámaras de todo el mundo acosaron al pueblo con el mismo titular desgarrador:
«Se devela finalmente la masacre oculta en el hospital abandonado de Cherry Vale. Un grupo de jóvenes que buscaba viralidad en redes sociales sacó a la luz más de 200 cadáveres acumulados durante décadas. Entre las víctimas se encuentran cinco de los exploradores: Terry, Mónica, Andy, Daniels y Evelyn. La única superviviente, Kendra Thompson, de 19 años, ha sufrido la amputación total de sus miembros inferiores debido al daño irreversible causado por un severo trauma pélvico».
—Querían ser virales, chicos... y lo lograron —susurró Kendra para sí misma, con la voz quebrada, mientras limpiaba una lágrima rebelde que resbalaba por su mejilla.
—Podéis pasar, hijos míos. Adelante, la misa está por comenzar —anunció el párroco con tono pausado desde el umbral.
Uno a uno, los familiares, amigos y vecinos fueron ocupando las bancas hasta llenar casi en su totalidad el recinto sagrado. El murmullo se extinguió cuando el sacerdote tomó su lugar en el presbiterio.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sean todos bienvenidos a la casa del Señor —inició el padre Ismael—. Hoy nos reunimos para honrar la memoria y celebrar la vida de nuestros hermanos: Andy, Terry, Mónica, Evelyn y Daniels. Recordamos a estos jóvenes valientes con el entusiasmo que siempre los caracterizó. Partieron prematuramente, pero hallan descanso en la presencia del Todopoderoso. Hoy también nos acompaña Kendra Thompson. Kendra, ¿te gustaría pronunciar unas palabras desde el atril?
La culpa la devoraba por dentro. Aunque amaba a todos sus amigos, la sombra de Terry la atormentaba de manera implacable. Se consideraba la responsable directa de su final. Sin embargo, apretando los puños sobre el apoyabrazos de su silla de ruedas, asintió. Necesitaba hablar.
Su madre, Martha, con los ojos anegados en llanto, empujó suavemente la silla por la rampa de acceso hasta el altar. Kendra contempló a la multitud, respiró hondo y tomó el micrófono:
—Hola a todos... Quiero empezar pidiendo perdón a cada una de sus familias. Lo intentamos todo. Luchamos con todas nuestras fuerzas para salir con vida, pero presenciamos horrores que, dos años después, continúan ardiendo en mi memoria como si hubieran ocurrido ayer. La pérdida de Terry, Andy, Daniels, Evelyn y Mónica destrozó nuestras vidas. Recuerdo a cada uno con una sonrisa; todos fueron valientes a su manera. Jamás olvidaré las risas en la cabaña ni sus sueños. Hoy debemos recordarlos con amor, orgullo y gratitud. El cielo tiene ahora a los cinco seres más nobles que me rodeaban. Muchas gracias.
Un silencio sepulcral envolvió el templo durante un instante eterno, roto de pronto por una conmovedora ola de aplausos. Era un homenaje tributado a los cinco jóvenes caídos y un reconocimiento al calvario de Kendra.
El padre Ismael continuó la liturgia con una homilía de unos treinta minutos, tras la cual impartió la bendición final:
—Podéis ir en paz. Que el Señor os acompañe. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Podéis ir en paz.
Los asistentes comenzaron a retirarse lentamente. Muchos se acercaban a la silla de Kendra para brindarle palabras de aliento y gestos de respeto. Para el pueblo, ella no era solo una víctima; era la valiente muchacha que había logrado volver del mismísimo infierno.
Sin embargo, no todos la veían con compasión.
A medida que avanzaba hacia la salida, Kendra sintió una mirada clavada en su nuca, cargada de una hostilidad punzante. Al levantar la vista, cruzó los ojos con la Sra. Ruth Andruw, la madre de Terry. Ruth conocía el reporte forense detallado: sabía que su hijo había muerto por heridas de proyectil de arma de fuego en el tórax y que había sido Kendra quien apretó el gatillo. Para ella, Kendra no era una víctima, sino la asesina de su hijo.
Ruth avanzó a paso firme hasta quedar frente a frente con la joven.
—Aunque todo este pueblo te aclamé como a una heroína, yo sé la verdad —le susurró con una voz fría y envenenada—. Eres una miserable. Mataste a mi Terry y jamás te lo voy a perdonar. Me encargaré de que cada día que te quede de vida sea un infierno peor que el que pasaste allá dentro.
Antes de que Kendra pudiera articular respuesta, Ruth se dio la vuelta y se perdió entre la multitud. Las palabras rebotaron en la mente de la joven como un eco ensordecedor. Se le oprimió el pecho y el llanto brotó sin control. El deseo de no seguir viviendo volvió a instalarse en su pensamiento.
Ya entrada la noche, Kendra yacía en su habitación. Observaba las sombras proyectadas en el techo, buscando en vano el descanso. Tras horas de agitación, el agotamiento la venció, sumiéndola en un sopor pesado.
De pronto, el hedor a humedad y sangre corrompida le llenó los pulmones. Se encontró de nuevo en los pasillos decrépitos y oscuros del hospital abandonado.
—¿Por qué estoy aquí otra vez? —gritó aterrada—. ¡No, por favor! ¡Yo ya había salido de este lugar!
—¿Kendra?... ¿Eres tú, amiga? —resonó una voz entre las penumbras.
Al darse la vuelta, vio a Terry. Su rostro lucía pálido, y su camiseta estaba empapada de sangre a la altura del pecho.